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Cancion de Amor El Tri en la Piel Desnuda

7193 palabras

Cancion de Amor El Tri en la Piel Desnuda

El bar La Condesa rockeaba esa noche con el sonido crudo de El Tri retumbando en los parlantes. Tú, con tu falda ajustada que rozaba tus muslos al caminar, empujaste la puerta de madera gastada y el aire cargado te golpeó de inmediato: olor a cerveza fría, sudor fresco de cuerpos bailando y ese toque ahumado de tabaco que siempre te ponía la piel de gallina. Luces neón parpadeaban en rojo y azul, pintando sombras sensuales en las paredes de ladrillo visto. Neta, necesitaba esto, pensaste mientras tus ojos barrían el lugar, buscando algo que acelerara tu pulso.

Allá, en la barra, él estaba. Moreno, con playera negra ceñida que marcaba los músculos de sus brazos tatuados con calacas estilizadas, y una sonrisa pendeja que te hizo apretar los labios. La guitarra rasgaba el aire con Cancion de Amor El Tri, esa rola que habla de amores que queman por dentro, y justo en el coro él giró la cabeza. Sus ojos oscuros te clavaron como un trago de tequila puro. Tú sentiste el calor subirte desde el estómago, un cosquilleo que te erizó los vellos de la nuca. Caminaste hacia él, caderas balanceándose al ritmo, el suelo vibrando bajo tus tacones.

—Órale, güeyita, ¿vienes a rockear o nomás a posar? —te dijo con voz grave, ronca como la de Alex Lora gritando en el escenario.

Tú reíste, apoyando el codo en la barra, tu pecho rozando apenas su brazo. Olía a colonia barata mezclada con hombre puro, ese aroma que te hace mojar sin permiso. —Pos a las dos, carnal. Pero si me invitas un chela, te cuento cuál es mi rola favorita de El Tri.

Se llamaba Marco, 32 años, mecánico de motos en la colonia Roma, con manos callosas que prometían caricias expertas. Charlaron de rock mexicano, de cómo Cancion de Amor siempre les recordaba amores que duelen rico. La canción terminó y otra empezó, pero el fuego ya estaba encendido. Sus rodillas se tocaron bajo la barra, un roce casual que mandó chispas por tu espina.

Chingado, este pendejo me trae loca con solo mirarme así. Quiero sentir esas manos en mi culo ya
, pensaste mientras bebías tu michelada, el limón ácido explotando en tu lengua.

La tensión creció como la batería building up en una rola de El Tri. Bailaron pegados cuando sonó otra pieza, su pecho duro contra tus tetas, el sudor de su cuello goteando hasta tu escote. Sus manos bajaron a tu cintura, dedos fuertes apretando la carne suave por encima de la falda. Tú arqueaste la espalda, presionando tu pubis contra el bulto que crecía en sus jeans. El olor a deseo se mezclaba con el humo: almizcle caliente, piel húmeda. Sus labios rozaron tu oreja. —Estás cañón, mija. Vámonos de aquí antes de que te coja en la barra.

Salieron tambaleándose de risa y lujuria, el aire fresco de la noche mexicana golpeándolos como una cachetada. Caminaron tres cuadras hasta su depa en un edificio viejo pero chido de la Roma, con balcón que daba a las luces de la ciudad. Adentro, todo era caos masculino: posters de rock, una guitarra en la esquina, chelas en el refri. Él puso de nuevo Cancion de Amor El Tri en el estéreo, volumen bajo, como banda sonora privada. Tú te sentaste en la cama king size, sábanas revueltas oliendo a él, y lo jalaste por la playera.

—Ven, pendejo —susurraste, voz temblorosa de anticipación–. Muéstrame por qué esa canción te prende tanto.

Acto dos: la escalada. Marco se arrodilló frente a ti, manos subiendo por tus muslos, apartando la falda despacio. El roce de sus callos en tu piel suave era eléctrico, como arena caliente en la playa de Acapulco. Tú gemiste bajito cuando sus dedos encontraron tus panties empapados. Sí, cabrón, justo ahí. Él sonrió malicioso, oliendo tu excitación, ese olor dulce y salado que inunda el aire. Te quitó la ropa pieza por pieza: falda deslizándose como seda, bra negro cayendo al piso con un thud suave. Tus pezones se endurecieron al aire, rosados y ansiosos.

Sus labios capturaron uno, lengua girando lento, succionando con fuerza que te arqueó. Mordisqueó suave, dientes rozando lo justo para doler placer. Tú enredaste dedos en su pelo negro revuelto, tirando, guiándolo más abajo. Él obedeció, besos mojados bajando por tu vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar al triángulo húmedo.

Mi clítoris palpita como batería de rock, neta voy a explotar
. Su lengua se hundió en ti, plana y caliente, saboreando tus jugos como tequila añejo. Lamidas largas, círculos precisos en el botón hinchado. Tú gritaste, caderas buckeando contra su boca, el sonido de chupeteo obsceno mezclándose con la guitarra de la rola.

Pero querías más. Lo empujaste a la cama, desabrochaste sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen que olía a macho puro. La tomaste en mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamiste desde la base, lengua plana saboreando sal y musk. Él gruñó, —Chingada madre, qué rica boca tienes, caderas empujando. La chupaste profundo, garganta relajada, bolas pesadas en tu mano. El ritmo de la canción marcaba tus movimientos: up and down, succiones fuertes.

La intensidad subía. Él te volteó, te puso a cuatro patas, nalgas altas. Sus dedos exploraron tu culo, untando tus jugos, un dedo entrando suave mientras la lengua volvía a tu coño. Doble placer, gemidos ahogados en la almohada. No aguanto, córrete conmigo. Finalmente, su verga presionó tu entrada, resbalosa y lista. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. El sonido de piel chocando empezó: slap slap slap, con el bajo de El Tri de fondo.

Follaron como animales en celo. Él embistiendo profundo, manos en tus caderas dejando marcas rojas. Tú empujabas hacia atrás, clítoris frotando sus bolas. Cambiaron: tú encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando, sudor goteando de tu frente a su pecho. Sus manos amasaban tus nalgas, dedo en tu ano apretado, building más fuego. El olor era puro sexo: jugos, sudor, semen próximo. Tus paredes lo ordeñaban, pulso acelerado latiendo en tu clítoris.

—¡Ya, Marco, córrete adentro! —gritaste, uñas clavadas en su pecho.

El clímax llegó como un solo de guitarra explosivo. Tú primero, olas de placer rompiendo, coño convulsionando, chorros calientes mojando sus muslos. Él rugió, verga hinchándose, chorros espesos llenándote, caliente y pegajoso. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, respiraciones jadeantes mezclándose con el fade out de la canción.

Afterglow: yacían enredados, piel pegajosa enfriándose al aire del ventilador. Él te besó la frente, suave ahora, manos trazando círculos perezosos en tu espalda.

Cancion de Amor El Tri no miente, este amor carnal quema y sana a la vez
. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro todo era paz húmeda, olores persistiendo, promesas de más noches rockeras. Tú sonreíste, sabiendo que esa rola sería su himno privado, tatuado en la piel desnuda de ambos.

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