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Sexo Casero en Trío con Mi Mujer y Su Amiga

6261 palabras

Sexo Casero en Trío con Mi Mujer y Su Amiga

Todo empezó una noche de viernes en nuestro depa chido en la Condesa. Ana, mi vieja, andaba de buenas con su carnala Luisa, que acababa de llegar de un viaje por la playa. Las dos se la pasaban riendo con un tequila reposado que saqué del bar, el aire cargado de ese olor ahumado que me pone de buenas. Yo, sentado en el sofá de piel, las veía mover las caderas al ritmo de unos corridos tumbados que pusimos de fondo. Ana, con su blusita escotada que deja ver el nacimiento de sus chichis firmes, y Luisa, más flaca pero con un culo que no le pide permiso a nadie, en shorts ajustados que marcan todo.

¿Qué pedo con esta química?, pensé mientras les servía otro trago. Ana me guiñó el ojo y dijo:

—Órale, carnal, ¿por qué no nos cuentas de esas aventuras locas que tenías antes de casarte?
Luisa se rio, acercándose más, su perfume dulzón invadiendo el espacio. Olía a coco y sal, como si trajera la playa pegada a la piel. Sentí un cosquilleo en la verga, que empezó a despertar bajo mis jeans.

La plática fluyó hacia lo caliente. Ana, siempre la más desinhibida, soltó:

—Yo digo que hoy probamos algo nuevo, ¿no? Sexo casero en trío, como en esas pelis que vemos a escondidas.
Me quedé pasmado, pero Luisa no se achicó:
¡Simón! ¿Por qué no? Somos adultos, güeyes, y se nota que hay tensión en el aire.
Mi corazón latió fuerte, el pulso retumbando en mis oídos como tambores. ¿De veras iba a pasar? Las miré, sus ojos brillando con picardía mexicana, esa que te calienta hasta los huesos.

Acto uno: la chispa. Ana se paró, se quitó la blusa despacio, dejando ver su brassier negro de encaje. Sus pezones ya se marcaban, duros como piedritas. Me jaló del brazo y me plantó un beso que sabía a tequila y menta. Luisa se unió, rozando mi cuello con sus labios suaves, su aliento caliente contra mi piel. Esto es real, pendejo, no lo arruines, me dije. El sofá crujió cuando nos echamos los tres, cuerpos enredándose. Toqué las nalgas de Luisa, firmes y calientes, mientras Ana me desabrochaba el cinturón.

El ambiente se cargó de gemidos suaves y risas nerviosas. Olía a sudor fresco, a deseo que se cocina lento. Bajé los shorts de Luisa, revelando su tanguita mojada.

—Mira cómo está de húmeda, amor,
murmuró Ana, metiendo la mano para confirmar. Luisa jadeó, arqueando la espalda, y yo no pude más: saqué la verga, ya tiesa como poste, venosa y palpitante.

Pasamos al cuarto, la cama king size nos esperando con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Acto dos: la escalada. Ana se arrodilló primero, chupándome la punta con lengua experta, ese slurp húmedo que me eriza la piel. Luisa la miró, mordiéndose el labio, y se quitó todo, quedando en pelotas. Sus chichis medianas, con areolas oscuras, subían y bajaban con su respiración agitada.

—Déjame probar,
pidió, y Ana se hizo a un lado. La boca de Luisa era un horno, succionando con fuerza, mientras Ana lamía mis huevos, el roce de su lengua enviando chispas por mi espina.

Esto es el paraíso, carnal, pensé, viendo cómo se besaban entre ellas, lenguas danzando, saliva brillando bajo la luz tenue de la lámpara. El sonido de sus labios chocando, húmedo y obsceno, me volvía loco. Metí los dedos en la panocha de Ana, empapada, resbalosa como miel caliente. Ella gimió contra la boca de Luisa:

¡Ay, cabrón, qué rico!
Luisa se subió a mi cara, su coño depilado rozando mi nariz, oliendo a almizcle dulce y excitación pura. Lamí despacio, saboreando sus jugos salados, mientras ella se mecía, gimiendo bajito, ¡Sí, así, chingón!

La tensión crecía como tormenta. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, verga lista. Ana se puso en cuatro, culo en pompa, invitándome. La penetré lento, sintiendo cómo su carne me envuelve, apretada y caliente.

—Fuerte, mi amor,
rogó. Embestí, el plaf de piel contra piel llenando el cuarto, mezclado con sus gritos. Luisa se acostó debajo de Ana, lamiéndole el clítoris mientras yo la taladraba. Ana temblaba, sus muslos vibrando contra los míos, sudor perlando su espalda.

Intercambiamos. Luisa quería su turno:

—Métemela ya, no aguanto.
La puse boca arriba, piernas abiertas como alas. Entré de un jalón, su coño más estrecho, succionándome. Ana se sentó en su cara, y Luisa lamió con ganas, el sonido de lengüetazos obscenos. Yo aceleré, sintiendo el orgasmo subir como lava. No tan rápido, aguanta, me ordené, pero era imposible. Sus paredes internas me ordeñaban, calientes y resbalosas.

El clímax se acercaba. Ana se bajó y se unió, frotando su clítoris contra el de Luisa mientras yo las follaba alternando. Gemidos en coro: ¡Ah! ¡Sí! ¡Chíngame! El aire espeso de feromonas, pieles chocando, sabores mezclados en besos. Sentí el primer espasmo en Luisa, convulsionando alrededor de mi verga, gritando ¡Me vengo, pinche rico! Ana la siguió, arqueándose, jugos chorreando. No pude más: saqué la verga y eyaculé sobre sus panzas, chorros calientes y espesos, el placer explotando como fuegos artificiales en mi cabeza.

Acto tres: el afterglow. Nos echamos los tres, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo puro, a satisfacción mexicana bien hecha. Ana me besó la frente:

—Eso fue sexo casero en trío de lujo, ¿verdad?
Luisa rio, acurrucándose:
Chido total, carnales. Repetimos pronto.
Yo, con el corazón calmándose, sentí una paz profunda. Esto nos unió más, pensé, acariciando sus espaldas suaves. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, habíamos creado nuestro propio mundo de placer consensual y puro desmadre.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos, risas y caricias suaves. En la cama, envueltos en las sábanas revueltas, nos quedamos dormidos, sabiendo que esa noche había cambiado todo para bien. Un trío casero que nos dejó con ganas de más, pero con el alma llena.

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