Relatos Eroticos
Inicio Trío El Ardiente Trio Mexicano Cogiendo El Ardiente Trio Mexicano Cogiendo

El Ardiente Trio Mexicano Cogiendo

7485 palabras

El Ardiente Trio Mexicano Cogiendo

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín floreciendo en el jardín de la villa. Yo, Ana, había llegado con mis carnales para una escapada de fin de semana, pero lo que no esperaba era terminar envuelta en un torbellino de deseo. Carlos, mi amigo de la uni, moreno como el café de olla, con ojos que brillaban como el tequila bajo la luna, me presentó a Javier, su compa del gym. Javier era más alto, con brazos tatuados que contaban historias de aventuras en la sierra, y una sonrisa pícara que me hacía sentir cosquillas en el estómago.

Estábamos en la terraza, con la brisa del Pacífico rozando nuestra piel sudada por el calor del día. El sonido de las olas rompiendo en la playa de fondo, y rancheras sonando bajito desde los altavoces. Qué chido todo esto, pensé mientras tomaba un sorbo de michelada, el limón fresco explotando en mi lengua y la sal picando en los labios. Carlos se acercó, su mano grande y cálida posándose en mi cintura,

"Ana, wey, estás cañona esta noche con ese vestido rojo que se te pega al cuerpo como segunda piel."
Su aliento olía a cerveza y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Javier se unió, su pierna rozando la mía accidentalmente, pero nada era accidental en esa mirada que compartimos. Sentí un calor subiendo por mis muslos, mi corazón latiendo como tambor en fiesta. Neta, estos dos me van a volver loca. Hablamos de tonterías, de lo padre que era el mar, pero el aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta. Carlos me besó primero, suave al principio, sus labios carnosos saboreando los míos con hambre contenida. Javier observaba, su respiración acelerada, y cuando me giré, su boca ya estaba ahí, reclamando su turno. El sabor de sus lenguas mezclándose en mi boca, salado y dulce, me hizo gemir bajito.

Nos movimos adentro, a la recámara principal con vista al océano. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas crujiendo bajo nuestros cuerpos impacientes. Me quité el vestido despacio, dejando que lo vieran todo: mis curvas mexicanas, pechos firmes con pezones endurecidos por el aire fresco, mi piel morena brillando con un leve sudor. Ellos dos se devoraban con la mirada, Carlos quitándose la playera para mostrar su pecho velludo y definido, Javier desabrochando su jeans con urgencia, liberando una verga gruesa que palpitaba ya lista.

En el centro del colchón, me recosté, invitándolos con las piernas abiertas. Carlos se arrodilló entre ellas, su nariz inhalando mi aroma, mujer en celo, panocha húmeda y caliente.

"Órale, Ana, hueles a puro vicio, neta me tienes bien puesto."
Su lengua lamió mi clítoris despacio, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda, el placer como electricidad subiendo por mi espina. Javier se acercó a mi rostro, su verga rozando mis labios. La tomé en la mano, piel suave sobre dureza de acero, y la chupé con ganas, saboreando el precum salado, mi lengua jugando en la cabeza hinchada. Gemí alrededor de ella, las vibraciones haciendo que Javier gruñera, su voz ronca como gravel en la garganta.

El ritmo se aceleró. Carlos metió dos dedos en mi interior, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras lamía mis labios mayores, succionando con fuerza. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y los resoplidos de ellos. Javier follaba mi boca con cuidado, pero profundo, sus bolas peludas golpeando mi barbilla. Esto es un trio mexicano cogiendo de los que queman la sangre, pensé en medio del éxtasis, el olor a sexo impregnando el aire, sudor y fluidos corporales.

Cambiaron posiciones como en un baile bien ensayado. Javier se acostó y me monté en él, su verga abriéndose paso en mi coño empapado. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, un dolor placentero que se convertía en olas de placer. Reboté despacio al principio, mis tetas saltando, pezones rozando su pecho. Carlos se paró detrás, escupiendo en mi ano para lubricar, su dedo entrando primero, abriéndome con ternura.

"Relájate, ricura, te vamos a hacer volar."
Cuando su verga empujó adentro, grité de puro gozo, el estiramiento dobleme hacía temblar. Estaban los dos dentro, moviéndose en sincronía, uno entrando cuando el otro salía, fricción infernal que me llevaba al borde.

El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de carne contra carne como música primitiva. Olía a mar y a nosotros, a ese almizcle animal que enloquece. Carlos mordía mi cuello, dejando marcas rojas que dolían rico, Javier apretaba mis caderas, uñas clavándose lo justo para recordarme quién mandaba en ese momento. Mis paredes internas se contraían alrededor de sus vergas, ordeñándolas, mi clítoris frotándose contra el pubis de Javier con cada embestida. No aguanto más, cabrones, me vengo. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando, mojando todo.

Ellos no pararon, prolongando mi clímax hasta que rogué por más. Javier se corrió primero, su leche caliente llenándome el coño, derramándose por mis muslos cuando salí de él. Carlos me volteó boca abajo, follándome el culo con furia contenida, sus bolas golpeando mi panocha aún sensible.

"¡Ah, pinche Ana, qué rico aprietas!"
Se vació dentro de mí con un rugido, su semen lubricando más, goteando caliente.

Colapsamos en un enredo de extremidades, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El ventilador del techo movía el aire cargado de nuestro olor, la luna filtrándose por las cortinas iluminando nuestros cuerpos exhaustos y satisfechos. Carlos me besó la frente, Javier acarició mi cabello revuelto. Qué pedo con este trio mexicano cogiendo, pero qué chingón, reflexioné mientras el sueño me vencía, sabiendo que esto no era el fin, solo el principio de noches locas.

Al amanecer, el sol pintaba el cielo de rosas y naranjas, reflejándose en el mar. Desperté entre ellos, mi cuerpo adolorido pero vivo, cada músculo recordando las embestidas. Preparamos desayuno en la cocina abierta: huevos rancheros humeantes, olor a chilaquiles y café de olla. Nos reímos de la noche, toques casuales que encendían chispas nuevas. Javier me guiñó un ojo,

"¿Listos para round dos, carnales?"
Carlos rio, su mano en mi nalga. Sentí el pulso acelerarse otra vez, el deseo renaciendo como el sol.

Pero esa mañana fue de ternura. Me senté en la barra, Javier entre mis piernas lamiendo miel de mis pechos, dulce pegajosa en su lengua. Carlos desde atrás, dedos explorando mi humedad renovada. No hubo prisa, solo caricias lentas, besos que sabían a frutas tropicales y promesas. Cuando volvimos a la cama, fue un cogiendo suave, misionero con Javier mientras chupaba a Carlos, luego alternando, cuerpos entrelazados en un vaivén hipnótico. El clímax llegó compartido, suspiros en lugar de gritos, semen en mi piel tibia como bendición.

Al partir, abrazos fuertes en el aeropuerto. Este trio mexicano cogiendo nos unió para siempre, pensé mirando el avión despegar. La vida en la CDMX seguiría, pero con recuerdos que calentarían noches solitarias, promesas de más encuentros. El deseo no se apaga, solo espera el próximo latido.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.