Al Menos Él Lo Intentó
La noche en el antro de Polanco estaba que ardía, con luces neón parpadeando como estrellas locas y el reggaetón retumbando en el pecho de todos. Yo, Carla, acababa de terminar una semana de puro estrés en la oficina, y lo único que quería era soltarme el pelo, bailar hasta que me dolieran los pies y quizás encontrar a alguien que me hiciera olvidar el mundo. Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, y el olor a tequila y perfume caro flotaba en el aire húmedo.
Allí lo vi, en la barra, con una cerveza en la mano y una sonrisa torpe que no pegaba con el lugar. Se llamaba Diego, un güey de unos treinta, con barba de tres días, camisa a cuadros y ojos cafés que brillaban cuando me miró. No era el típico galán de gimnasio, pero había algo en su forma de moverse, como si intentara encajar pero sin forzar. Charlamos un rato, riéndonos de tonterías. Órale, carnala, ¿vienes mucho por acá?
me dijo, y su voz ronca me erizó la piel. Le conté de mi pinche jefe, él de su chamba en una agencia de diseño. La química fluía, neta, como el sudor que empezaba a perlar mi cuello.
Al rato, bailamos pegaditos. Sus manos en mi cintura eran firmes pero cuidadosas, y sentí su aliento cálido en mi oreja mientras me susurraba Eres bien chida, Carla
. Mi cuerpo respondía solo: el roce de su pecho contra mis tetas, el calor de sus palmas bajando despacito por mi espalda. Lo besé ahí mismo, en la pista, con sabor a sal y cerveza en su boca. Este güey me prende, pensé, mientras su lengua jugaba con la mía, suave al principio, luego más hambrienta.
Acto uno: La chispa
Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó como una caricia. Mi depa estaba cerca, en la Roma, así que lo invité sin pensarlo dos veces. ¿Vienes a tomar algo más?
le dije, y él asintió con esa sonrisa nerviosa. En el taxi, no paramos de tocarnos: sus dedos en mi muslo, subiendo poquito a poco bajo el vestido, y yo mordiéndome el labio para no gemir. Olía a su colonia barata mezclada con el mío, algo dulce y sudoroso que me ponía caliente.
Llegamos y cerré la puerta de un portazo. Lo empujé contra la pared del pasillo, besándolo con furia. Sus manos temblaban un poco al bajarme el vestido, revelando mis pechos libres, los pezones ya duros como piedritas. ¡Qué mamadas tan ricas!
murmuró, y se lanzó a chuparlos, torpe pero entusiasta. Lamía y succionaba como si fuera su última cena, y yo arqueé la espalda, sintiendo el cosquilleo bajar directo a mi entrepierna. Al menos él lo intentó desde el principio, me dije, riendo por dentro mientras sus dientes rozaban suave mi piel sensible.
Lo llevé a mi cuarto, la cama king size con sábanas de algodón fresco esperándonos. Me quité el vestido entero, quedando en tanga negra, y él se desvistió rápido, mostrando un cuerpo normalito, con algo de panza pero verga tiesa y lista, gruesa y venosa. Me tiré en la cama, abriendo las piernas, y él se arrodilló entre ellas, mirándome con ojos de perrito hambriento.
Acto dos: La escalada
¿Y si no le sale bien? Nah, su esfuerzo ya me moja toda, pensé mientras él besaba mi interior de muslos, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua llegó al tanga, lamiendo por encima de la tela, y yo empujé sus hombros para que me lo quitara.
Quítamelo con los dientes, pendejo, le ordené juguetona, y lo hizo, raspando suave mi piel con los labios. El aire fresco tocó mi coño depilado, húmedo y palpitante.
Diego se lanzó de lleno. Primero besó mis labios mayores, suaves y jugosos, chupando como si probara un mango maduro. Gemí bajito, el sonido de mi propia voz mezclándose con su respiración agitada. ¡Así, güey, no pares!
Su lengua encontró mi clítoris, ese botoncito hinchado, y lo rodeó en círculos lentos. No era experto, se desviaba a veces, lamía demasiado rápido o muy plano, pero al menos él lo intentó, probando ángulos nuevos, succionando con más fuerza cuando yo jadeaba. Sentía cada roce como electricidad: el calor húmedo de su boca, el roce áspero de su barba en mis pliegues sensibles, el sabor salado que él gemía al tragar.
Lo jalé del pelo para que subiera. Cógete, cabrón, ya quiero sentirte adentro
. Se puso condón rápido, temblando de nervios, y se posicionó. Entró despacio, centímetro a centímetro, su verga abriéndome, llenándome con un estirón delicioso. ¡Pinche rico! grité, mis uñas clavándose en su espalda sudorosa. Empezó a bombear, irregular al principio: thrusts profundos pero descoordinados, saliéndose un par de veces. Reí suave, Tranquilo, amor, siente el ritmo
, y le guié las caderas con mis manos.
Ahí escaló la cosa. Se sincronizó conmigo, follándome más hondo, el slap-slap de piel contra piel llenando el cuarto, mezclado con nuestros jadeos roncos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo invadiendo todo: mi jugo en sus bolas, su precum filtrándose. Cambiamos de posición; yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos amasaban mis tetas rebotando, pellizcando pezones hasta que dolió rico. ¡Sí, Carla, muévete así!
gritaba él, y yo aceleraba, mi clítoris frotando su pubis, ondas de placer subiendo por mi espina.
Lo volteé a perrito, mi posición fav. Se paró atrás, agarrándome las nalgas, y metió con fuerza. Cada embestida me hacía gritar, el sonido obsceno de su verga chapoteando en mi coño empapado. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente y salado. Este wey no sabe pero lo da todo, pensé, mientras mi orgasmo se acercaba, tenso como un resorte. Él gruñía, ¡Me vengo, nena!
, pero aguantó, follándome más rápido, sus bolas golpeando mi clítoris.
Exploté primero: un grito gutural, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Olas de éxtasis me sacudieron, visión borrosa, pulso latiendo en oídos. Él se vino segundos después, empujando profundo, su cuerpo temblando contra el mío mientras llenaba el condón con chorros calientes.
Acto tres: El eco
Nos derrumbamos, enredados en sábanas revueltas y pegajosas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón galopando como tambor. Olía a nosotros: sexo, sudor, paz. Lo besé suave en el cuello, saboreando la sal. Fue chingón, Diego
, le dije, y él rio bajito, ¿Neta? Pensé que la iba a cagar
.
Al menos él lo intentó, y vaya que valió la pena, reflexioné mientras trazaba círculos en su piel con el dedo. No era perfecto, pero su entrega cruda, esa hambre genuina, me había llevado a las nubes. Me acurruqué más, sintiendo su brazo rodeándome protector. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí adentro, en el afterglow, todo era calma tibia.
Al amanecer, con sol filtrándose por las cortinas, nos besamos perezosos. ¿Repetimos?
preguntó él, y yo sonreí. Sí, güey, porque al menos él lo intentó... y lo hará mejor. El deseo ya latía de nuevo, prometiendo más noches así.