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La Triada Ecologica de la Influenza Pasional

6147 palabras

La Triada Ecologica de la Influenza Pasional

El aire de la selva chiapaneca era espeso como un jarabe caliente, cargado de ese olor terroso a tierra mojada y hojas podridas que te pegaba en la piel como una promesa sucia. Yo,

el pinche biólogo de la UNAM

, acababa de llegar al campamento ecológico en la reserva de la Biosfera Montes Azules, con mi mochila llena de equipo para estudiar la

triada ecológica de la influenza

. La agente viral, el huésped humano y el ambiente selvático que la propaga, todo eso me traía aquí, pero

neta

, no imaginaba que el verdadero virus iba a ser otra cosa.

Ahí estaban ellas, mis colegas de la expedición: Ana, la morena de ojos verdes como el dosel de la selva, con curvas que se movían como las raíces de un ceiba gigante, y Lupe, la güera del norte, flaca pero con tetas firmes que desafiaban la gravedad bajo su camiseta empapada de sudor. Ambas maestras en epidemiología, expertas en cómo la influenza salta de murciélago a humano en estos parajes húmedos.

«Órale, carnal, ¿ya vienes a infectarnos con tus teorías?», me soltó Ana con una risa ronca, su voz vibrando como el rugido lejano de un jaguar.

Lupe solo sonrió, lamiéndose los labios resecos, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el aire ya estuviera cargado de algo más que humedad.

El primer día lo pasamos armando el laboratorio improvisado bajo una lona que chorreaba gotas gordas cada vez que el viento arreciaba. El sol se colaba en rayos dorados, pintando sus pieles con brillos aceitosos. Hablamos de la

triada ecológica de la influenza

: el virus acechando en las cuevas de murciélagos, los cuerpos humanos vulnerables por el estrés del viaje, y el entorno selvático con su calor sofocante que acelera todo contagio. Ana se agachó a conectar un microscopio, y su short se tensó sobre su culo redondo, oliendo a sudor fresco y loción de coco.

Pinche tentación

, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar bajo los pantalones cargo.

La noche cayó como un manto negro, con grillos chillando y ranas croando en un coro obsceno. Nos juntamos alrededor de la fogata, chelas frías en mano, el humo del leño de cedro mezclándose con el aroma almizclado de nuestros cuerpos. Lupe se recargó en mi hombro, su pelo rubio rozándome la mejilla, suave como plumas de quetzal. «La triada es perfecta, ¿no? Agente, huésped, ambiente. Como nosotros aquí, ¿qué onda?», murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza y menta. Ana se acercó por el otro lado, su mano rozando mi muslo accidentalmente —o no—. Sentí el pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes como tambores mayas.

¿Qué chingados estoy pensando?

Me dije, pero el deseo ya era un virus incubando. La tensión crecía con cada mirada, cada roce casual. Al día siguiente, una tormenta nos encerró en la cabaña principal. El trueno retumbaba, la lluvia azotaba el techo de palma como dedos impacientes. Estábamos revisando muestras de saliva de monos araña, pero el ambiente se cargaba de electricidad. Ana dejó caer un tubo, y al agacharse, su blusa se abrió, dejando ver sus pezones oscuros endurecidos por el fresco repentino. Lupe rio: «

Pendeja

, siempre tan torpe», pero sus ojos brillaban con hambre.

Yo no aguanté más. «La

triada ecológica de la influenza

nos enseña que el contagio es inevitable en el ambiente correcto», solté, mi voz grave. Ana levantó la vista, mordiéndose el labio inferior. «¿Y cuál es nuestro agente,

güey

? ¿Este calor que nos tiene sudando como marranos?» Lupe se acercó, su mano deslizándose por mi pecho, sintiendo mis músculos tensos bajo la camisa. «Yo digo que el huésped somos nosotros, listos para la infección». El aire olía a tierra húmeda, a feromonas, a sexo inminente.

Nos besamos primero ella y yo, Lupe presionando sus labios suaves contra los míos, su lengua danzando con sabor salado y dulce. Ana nos vio, sus ojos ardiendo, y se unió, su boca caliente en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que ardían como picaduras de jejenes.

Esto es la triada perfecta

, pensé, mientras mis manos exploraban. Desvestí a Lupe primero, su piel pálida contrastando con la penumbra, tetas pequeñas pero perfectas, pezones rosados que lamí hasta que gimió, un sonido gutural que se mezcló con la lluvia. Olía a vainilla y excitación, su coño ya húmedo cuando metí los dedos, resbaloso y caliente como miel de maguey.

Ana no se quedó atrás. Se quitó la ropa con movimientos felinos, su cuerpo moreno reluciendo, curvas generosas que temblaban al toque. La acosté en la mesa del lab, abriéndole las piernas anchas, su vello púbico negro y rizado enmarcando labios hinchados y jugosos. «

Métemela ya, cabrón

», gruñó, y obedecí, mi verga dura como tronco de árbol deslizándose en su calor apretado. El slap-slap de carne contra carne ahogaba los truenos, su olor almizclado llenando la cabaña. Lupe se montó en su cara, cabalgando su lengua experta, gimiendo «¡Sí,

mamacita

, así!» mientras yo embestía más profundo, sintiendo las contracciones de Ana ordeñándome.

Cambiábamos posiciones como en un ritual ancestral, sudor perlando nuestras pieles, el sabor salado en cada beso. Lupe encima de mí, sus caderas girando como danzarinas de son jarocho, su coño estrecho apretándome hasta el delirio. Ana detrás, lamiendo mis huevos, su aliento caliente en mi culo.

«Somos la triada, el virus de la pasión propagándose sin control», jadeó Lupe, sus uñas clavándose en mi pecho.

El clímax llegó en oleadas: Ana gritó primero, su orgasmo convulsionándola alrededor de mi polla, jugos calientes chorreando. Lupe se vino segundos después, temblando, su leche dulce en mi lengua. Yo exploté dentro de Ana, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un rayo.

Después, yacimos enredados en las colchonetas, el aire fresco post-tormenta trayendo olor a ozono y hojas frescas. Sus cuerpos pegados al mío, piel contra piel, pulsos calmándose al unísono. Ana trazó círculos en mi pecho: «La

triada ecológica de la influenza

nunca fue tan chida». Lupe rio bajito: «Contagio total, carnal. ¿Repetimos?»

Neta, esta selva nos cambió

, pensé, sabiendo que el verdadero ambiente era este lazo ardiente, eterno como la jungla misma.

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