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El Trío de Mosqueteras Desenfrenadas

5294 palabras

El Trío de Mosqueteras Desenfrenadas

Éramos

el trío de mosqueteras

inseparables: yo, Ana, la más audaz; Lupe, la sensual con curvas que volvían locos a todos; y Carla, la traviesa de ojos verdes que siempre proponía locuras. Vivíamos en un depa chido en la Condesa, México, rodeadas de luces neón y el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Esa noche de viernes, después de unas cheves en el rooftop, el aire estaba cargado de ese calor pegajoso del verano, con olor a jazmín flotando desde el jardín abajo. Nosotras tres, sudadas y riendo, entramos al cuarto principal, con la música de Natalia Lafourcade sonando bajito en el Spotify.

Neta, ¿por qué no nos soltamos de una vez?

pensé mientras veía a Lupe quitarse la blusa, dejando ver su sostén negro de encaje que apenas contenía sus chichis firmes. Carla ya estaba recargada en la cama king size, con shorts cortitos que marcaban su culazo redondo. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas, pero de puro deseo. Siempre habíamos bromeado con esto, con ser mosqueteras no solo en las aventuras diarias, sino en la cama. "Todas para una, y una para todas", decíamos riendo, pero esa noche el juego se ponía serio.

—Wey, ¿qué pedo? —dijo Carla con esa voz ronca que me erizaba la piel—. ¿Ya se armó el desmadre o qué?

Lupe se acercó, su perfume a vainilla invadiendo el cuarto, y me jaló del brazo. Su piel tibia rozó la mía, y sentí el pulso acelerado en su muñeca. —Ana, nena, siempre eres la que inicia. ¿No te late?

Me mordí el labio, el corazón latiéndome en la garganta. Asentí, y sin pensarlo más, la besé. Sus labios suaves, con sabor a tequila y menta, se abrieron para mí. El beso fue lento al principio, explorando, con lenguas danzando como en un tango prohibido. Oí el jadeo de Carla desde la cama, y el sonido de su zipper bajando. El cuarto se llenó de ese aroma almizclado, nuestro sudor mezclándose con la excitación que ya humedecía el aire.

Nos fuimos tumbando en la cama, las sábanas frescas de algodón egipcio contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Lupe me quitó la playera, sus uñas rozando mis pezones ya duros como piedritas.

Chingado, qué rico se siente esto

, pensé mientras gemía bajito. Carla se unió, gateando como gata en celo, y empezó a besar mi cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro de saliva tibia que me hacía arquear la espalda.

—Mírenlas, mis mosqueteras favoritas —murmuró Carla, su aliento caliente en mi oreja—. Vamos a cogernos como se debe.

El medio tiempo se volvió un torbellino de manos y bocas. Yo me perdí en los senos de Lupe, chupando un pezón rosado mientras ella se retorcía, sus gemidos roncos llenando el cuarto como música prohibida.

Su piel sabía a sal y deseo

, salada por el sudor, dulce por su loción. Carla se coló entre mis piernas, bajándome los jeans con prisa juguetona. Sentí sus dedos trazando mi tanga empapada, el roce eléctrico enviando chispas por mi espina.

—Estás chorreando, Ana. Neta, qué mojada estás por nosotras.

Sus palabras me prendieron más. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos, chapoteando con cada embestida, se mezclaba con nuestros jadeos. Lupe se sentó en mi cara, su panocha depilada rozando mis labios. Olía a miel caliente, a mujer en llamas. Lamí despacio, saboreando cada pliegue, su clítoris hinchado palpitando contra mi lengua.

Nos rotamos como en una coreografía perfecta, mosqueteras en batalla de placer. Yo ahora entre las piernas de Carla, cuya chocha rosada brillaba de excitación.

Es tan suave, tan caliente

, pensé mientras la penetraba con la lengua, sintiendo sus muslos temblar a mis costados. Lupe nos lamía a las dos, su boca alternando, succionando con maestría. El aire estaba espeso, cargado de gemidos ahogados, del slap-slap de piel contra piel, del crujir de las sábanas bajo nuestros cuerpos enredados.

La tensión subía como volcán, mis nervios vibrando al límite. Carla gritó primero, su orgasmo explotando en olas, sus jugos inundando mi boca con sabor ácido-dulce. —¡Sí, cabronas, no paren! —rugió, clavándome las uñas en los hombros. Lupe vino después, montada en mis dedos, su coño apretándome mientras convulsionaba, sudor goteando de su frente a mi pecho.

Yo era la última, el clímax acechándome como fiera. Ellas dos se unieron: Lupe chupándome el clítoris con labios carnosos, Carla metiendo tres dedos, frotando mi G-spot sin piedad. Sentí el calor subir desde el estómago, explotando en mi centro.

Me vengo, chingado, me vengo fuerte

. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco, pulsos retumbando en mis oídos, el placer derramándose en chorros que mojaron sus manos.

Nos quedamos tiradas, jadeando, cuerpos entrelazados en un nudo sudoroso. El cuarto olía a sexo puro, a nosotras tres. Lupe me besó la frente, Carla acarició mi pelo revuelto. —Somos

el trío de mosqueteras

más chingonas —dijo Lupe, riendo suave.

En el afterglow, con el corazón calmándose, reflexioné. Esto no era solo cogida; era conexión profunda, confianza absoluta. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero nosotras habíamos encontrado nuestro propio paraíso. Mañana volveríamos a las calles, inseparables, pero con este secreto ardiente latiendo bajo la piel.

Neta, qué pedo tan padre

.

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