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Vamos A Probarlo (1)

6934 palabras

Vamos A Probarlo

El sol del atardecer en Cancún se colaba por las cortinas de la terraza pintando todo de naranja y rosa. Tú y yo estábamos en esa cabaña frente al mar, el sonido de las olas rompiendo suave como un susurro constante. Habíamos llegado esa mañana desde la Ciudad de México, escapándonos del pinche tráfico y el estrés del jale. Yo, con mi piel morena brillando por el sudor del día en la playa, me recargaba en tu pecho mientras tomábamos unas chelas frías. Neta, carnal, pensé, este wey me pone como nunca.

"Órale, amor", te dije, rozando mi mano por tu brazo tatuado, sintiendo los músculos tensos bajo la piel cálida. "Hemos hecho de todo en la cama, pero ¿y si hoy vamos a probarlo? Algo nuevo, pa' que no se nos haga rutina". Mis ojos se clavaron en los tuyos, juguetones, mientras el olor a sal del mar se mezclaba con tu aroma a protector solar y hombre sudado. Tú sonreíste, esa sonrisa pícara que me hace derretir las rodillas.

"¿Qué traes en mente, mi reina?", me preguntaste, tu voz ronca como el rugido lejano de un motor.

Me incorporé, dejando que mi blusa holgada se abriera un poco, mostrando el encaje negro de mi brasier. "Pues... anal. Nunca lo hemos hecho. Pero con calma, con lubricante y todo. ¿Qué dices? Va a estar chido". El corazón me latía fuerte, una mezcla de nervios y excitación. No era pendeja, sabía que tenía que ser mutuo, que tú estabas igual de encendido por la idea.

Tú me jalaste hacia ti, tus labios capturando los míos en un beso salado y profundo. El sabor de la cerveza en tu lengua se fundió con el mío, dulce por el limón que le habíamos echado. "Si tú quieres, yo lo quiero más", murmuraste contra mi boca, tus manos grandes bajando por mi espalda hasta apretar mis nalgas. Sentí tu verga endureciéndose contra mi muslo, dura como piedra, y un calor líquido se extendió entre mis piernas.

Nos levantamos de la terraza, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. Adentro, la habitación olía a sábanas frescas y velas de coco que encendí antes. Te quité la playera con prisa, admirando tu pecho ancho, los vellos oscuros que bajaban hasta el ombligo. Tus dedos temblorosos desabrocharon mi short, bajándolo despacio, dejando que el aire fresco rozara mi piel expuesta. Chingao, cómo me mira este cabrón, pensé, mientras me quitaba la blusa yo misma, quedando en tanga y brasier.

Te tumbé en la cama king size, el colchón hundiéndose suave bajo tu peso. Me subí encima, cabalgándote con las rodillas a los lados de tus caderas, sintiendo el calor de tu piel contra la mía. "Primero lo de siempre, pa' calentar motores", susurré, besando tu cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba ahí. Tus manos exploraron mis tetas, amasándolas por encima del encaje, pellizcando los pezones hasta que gimí bajito. El sonido de mi propia respiración agitada llenaba la habitación, mezclándose con las olas afuera.

Bajé besando tu torso, mordisqueando los abdominales marcados por el gym. Llegué a tu short, lo desabroché con los dientes, oyendo tu jadeo ronco. Tu verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La olí primero, ese olor almizclado a macho que me vuelve loca, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal. "Así, mi amor, chúpamela rico", gruñiste, enredando tus dedos en mi pelo largo. La chupé despacio, succionando, dejando que la baba corriera por el eje, mis labios estirándose alrededor de tu grosor.

Pero la tensión crecía. Yo quería más. Me enderecé, quité mi tanga de un tirón, exponiendo mi panocha depilada, ya mojada y hinchada. Me unté lubricante en los dedos, el gel frío contrastando con mi calor interno, y te lo mostré. "Mira cómo me preparo pa' ti". Metí un dedo en mi culo, gimiendo por la presión inicial, luego dos, abriéndome despacio. Tú mirabas hipnotizado, tu verga palpitando.

"Estás preciosa así, abierta pa' mí"
, dijiste, tu voz quebrada por el deseo.

Me posicioné a gatas, el colchón mullido bajo mis rodillas, el aire fresco besando mi piel expuesta. Tú te arrodillaste atrás, untándote lubricante generoso en tu verga, el sonido chapoteante excitándonos más. Tus manos separaron mis nalgas, el pulgar rozando mi ano lubricado. "Dime si duele, ¿eh?", murmuraste, siempre atento, siempre cuidadoso. Asentí, mordiéndome el labio. La cabeza de tu verga presionó contra mi entrada, lenta, insistente. Sentí el estiramiento, un ardor dulce que se convirtió en placer cuando entraste un centímetro. "¡Ay, cabrón!", gemí, pero empujé hacia atrás, queriendo más.

Entraste poco a poco, el sonido de piel contra piel húmeda, el lubricante chorreando. Cuando estabas todo adentro, nos quedamos quietos, jadeando. Tu calor llenándome por completo, pulsando dentro de mí, era de la verga. "Muévete ya", supliqué, y lo hiciste. Empujones lentos al principio, saliendo casi todo y volviendo a hundirte, cada roce enviando chispas por mi espina. Mis tetas se mecían con el ritmo, mis dedos bajaron a mi clítoris, frotándolo furioso. El olor a sexo saturaba el aire, sudor, lubricante, nuestra esencia mezclada.

La intensidad subió. Tú aceleraste, tus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, el slap-slap-slap como un tambor primitivo. "¡Más fuerte, pendejo!", grité, perdida en el éxtasis, el placer construyéndose como una ola gigante. Tus manos me jalaron del pelo, arqueándome la espalda, mientras me penetrabas profundo. Sentía cada vena de tu verga rozando mis paredes sensibles, el orgasmo acechando. "Me vengo, amor... ¡me vengo!", aullé, mi cuerpo convulsionando, el culo apretándote como un puño mientras chorros de placer me atravesaban.

Tú no aguantaste más. "Yo también... ¡ah, chingado!", rugiste, corriéndote dentro de mí, chorros calientes inundándome, el pulso de tu verga extendiendo mi clímax. Colapsamos juntos, tú encima de mí, tu peso protector, nuestros cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El corazón tronando en mi pecho como un tamborazo, el olor a semen y lubricante impregnando las sábanas.

Nos quedamos así un rato, respirando pesado, las olas afuera calmándose como nosotros. Te saliste despacio, un chorrito escapando, y me volteaste para abrazarme. Tus labios besaron mi frente, mis mejillas, mis labios hinchados.

"¿Estuvo chido? ¿Quieres que lo probemos más seguido?"
, preguntaste con una risa suave.

Yo sonreí, acurrucándome en tu pecho, sintiendo tu verga semi-dura contra mi muslo. "Neta, fue la neta. Vamos a probarlo siempre que queramos". El sol ya se había ido, la luna iluminando la habitación con luz plateada. Nos dormimos así, envueltos en el afterglow, sabiendo que Cancún nos había regalado una noche inolvidable. Mañana, playa y más aventuras, pero esta... esta fue nuestra.

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