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Posiciones para Trios que Encienden el Alma

6286 palabras

Posiciones para Trios que Encienden el Alma

Era una noche calurosa en mi depa de la Roma, con el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana abierta. Yo, Ana, estaba recargada en el sillón de piel sintética, sintiendo el sudor pegajoso en mi espalda baja mientras Marco, mi viejo, me masajeaba los hombros con esas manos callosas que tanto me volvían loca. Llevábamos tres años juntos, neta, y la química entre nosotros era como chile en nogada: dulce, picante y adictiva. Pero últimamente, las pláticas en la cama se ponían calientes con fantasías que nos hacían jadear.

—¿Y si probamos algo nuevo, mi reina? Como posiciones para tríos, ¿has pensado en eso? —me susurró Marco al oído, su aliento caliente rozándome la oreja.

Mi corazón dio un brinco. Neta, la idea me ponía la piel chinita. No era pendeja, sabía que en México la gente habla mucho de eso, pero hacerlo... ay, wey. Le contesté con una sonrisa pícara:

—Órale, carnal, pero solo si es con alguien chido. ¿Qué tal Raúl, tu compa del gym? Ese moreno con ojos de diablo.

Marco rio bajito, su risa vibrando en mi pecho. Llamamos a Raúl esa misma noche. Llegó media hora después, con una botella de tequila reposado y esa sonrisa que derretía panties. Alto, musculoso, con vello oscuro en el pecho que asomaba por su playera ajustada. Nos sentamos en la sala, sirviendo shots, el limón fresco explotando en mi lengua y el chile picando justo donde dolía rico.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Nuestras miradas se cruzaban, piernas rozándose "accidentalmente" bajo la mesa de centro. Marco puso música, un reggaetón suave con bajo que retumbaba en mis tripas. Bailamos los tres, cuerpos pegándose, sudor mezclándose. Sentí la mano de Raúl en mi cintura, firme pero suave, y la de Marco en mi nalga, apretando con esa posesión juguetona que me hacía mojarme al instante.

Nos fuimos al cuarto, la luz tenue del foco de lava pintando sombras rojas en las paredes. Me quitaron la blusa despacio, besos lloviendo en mi cuello. Olía a colonia masculina barata y a deseo crudo, ese aroma almizclado que te hace cerrar los ojos. Marco me chupó los pezones, duros como piedras, mientras Raúl me bajaba los jeans, sus dedos rozando mi tanga empapada.

Qué chingón se siente esto, pensé, mi mente nublada por el tequila y el calor.

Empezamos suave, explorando posiciones para tríos como si fuéramos estudiantes aplicados. Primero, la clásica: yo de rodillas en la cama king size, Marco atrás embistiéndome con su verga gruesa, dura como fierro caliente, mientras chupaba a Raúl de frente. El sabor salado de su prepucio en mi lengua, el slap-slap de Marco contra mis nalgas resonando como tambores. Gemía con la boca llena, vibraciones que lo volvían loco. Raúl me agarraba el pelo, no fuerte, sino guiándome, sus ojos clavados en los míos con esa hambre pura.

El sudor nos chorreaba, gotas cayendo en las sábanas revueltas. Cambiamos: yo encima de Marco en vaquera invertida, sintiendo su polla llenándome hasta el fondo, rebotando con ritmo que hacía crujir la cama. Raúl se paró frente a mí, metiéndomela en la boca mientras me pellizcaba los pechos. ¡Ay, cabrón! El roce de sus bolas contra mi barbilla, el olor a sexo impregnando el aire, espeso como niebla. Marco gemía debajo, sus manos en mis caderas marcando el paso, acelerando hasta que mis muslos temblaban.

Pero queríamos más. Recordé un artículo que leí sobre posiciones para tríos avanzadas. Propuse la del doble misionero: Marco debajo de mí en misionero, penetrándome vaginal mientras Raúl se acomodaba atrás, lubricante fresco y resbaloso chorreando entre mis nalgas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí la presión doble, sus vergas rozándose separadas solo por esa delgada pared, pulsando al unísono. Grité, no de dolor, sino de puro éxtasis, mis uñas clavándose en los hombros de Marco.

—Neta, Ana, estás tan chingona... apriétanos más —gruñó Raúl, su voz ronca como gravel.

El cuarto olía a lubricante vainillado mezclado con jugos, el slap de piel contra piel más rápido, mis pechos bamboleándose. Marco me besaba, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y lujuria. Mi clítoris rozaba su pubis con cada embestida, chispas subiendo por mi espina. Sudor goteaba de sus frentes a mi piel, salado en mis labios cuando lamí.

La intensidad subía como volcán. Cambiamos a la pinza erótica, yo de lado con una pierna en alto, Marco frente follándome profundo, Raúl atrás en mi culo, sincronizados como pistones. Sentía cada vena, cada pulso, el estiramiento ardiente convirtiéndose en placer eléctrico. Mis gemidos se volvían aullidos, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Internalmente, luchaba: ¿Esto es demasiado? No, wey, esto es libertad, es nuestro.

Marco susurraba guarradas mexicanas: —Métetela toda, pinche reina, haz que explote. Raúl respondía con gruñidos, su aliento caliente en mi nuca, mordisqueando mi oreja. El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose, ordeñándolos. Primero explotó Raúl, caliente semen llenándome atrás, chorros que me empujaron al borde. Marco siguió, su verga hinchándose, eyaculando profundo mientras yo rompía en orgasmos múltiples, olas que me dejaban temblando, visión borrosa, gusto a sangre de morderme el labio.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose. El aire pesado con olor a semen y piel satisfecha. Me acurruqué entre ellos, mano de Marco en mi vientre, Raúl besando mi hombro. No hubo celos, solo sonrisas cansadas y promesas de más noches así.

—Posiciones para tríos como estas... neta, cambian todo —murmuró Marco, su voz perezosa.

Me quedé pensando en el afterglow, el cuerpo pesado pero liviano, empoderada. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro mundo, habíamos encendido fuego eterno. Raúl se fue al alba con un beso, prometiendo volver. Marco y yo nos dormimos pegados, sabiendo que nuestra conexión era más fuerte que nunca. Qué chido, wey, la vida en pareja puede ser un pinche paraíso si te atreves.

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