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Almetec Tri Plm la Pasión Prohibida

7002 palabras

Almetec Tri Plm la Pasión Prohibida

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón parpadean como promesas susurradas, conocí a Almetec. Ella era una morena de curvas que hipnotizaban, con ojos negros como el café de olla recién colado y una sonrisa que prometía pecados dulces. Trabajaba en una farmacia chic de Polanco, rodeada de frascos relucientes y aromas a limpio y misterio. Yo, un tipo común de treinta y tantos, pendejo por las tentaciones, entré esa tarde buscando algo para el estrés del día a día. Pero lo que encontré fue ella.

"¿Qué se te ofrece, guapo?", me dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, mientras sus dedos jugaban con un paquete de Almetec Tri Plm, un medicamento que juraba controlar la presión, pero que en sus manos parecía un elixir de deseo. Olía a vainilla y jazmín, un perfume que se colaba por mis fosas nasales como una caricia prohibida. Su blusa blanca se ajustaba a sus pechos generosos, y el roce de la tela contra su piel me hacía imaginar sabores salados.

¿Qué carajos me pasa? Pienso, mientras mi pulso se acelera más que mi presión arterial. Esta mujer es fuego puro, y yo solo un pendejo con ganas de quemarme.

Conversamos. Ella se llamaba Almetec, nombre raro heredado de su abuela, me contó riendo, y Tri era su apodo por ser la tercera de tres hermanas. Plm, decía juguetona, era su firma secreta, como "Pura Lujuria Mexicana". Compré el Almetec Tri Plm sin necesidad real, solo por tener una excusa para volver. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora, y sentí el calor subiendo por mi entrepierna, un cosquilleo que me hacía apretar los muslos.

Acto uno: la chispa. Volví al día siguiente. La farmacia estaba casi vacía, solo el zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano rompiendo el silencio. Almetec me sonrió con picardía, sus labios carnosos brillando con gloss de cereza. "Volviste, ¿eh? ¿Ya te subió la presión o qué?", bromeó, inclinándose sobre el mostrador. Su escote dejó ver la curva suave de sus senos, piel morena oliendo a crema de coco. Mi corazón latía fuerte, thump-thump, como tambores de mariachi en fiesta.

Le invité un café en la terraza cercana. Caminamos juntos, su cadera rozando la mía accidentalmente –o no–, enviando ondas de electricidad por mi espina dorsal. Hablamos de todo: de tacos al pastor que chorrean grasa deliciosa, de noches en el Zócalo bailando cumbia, de deseos reprimidos. Ella confesó que su vida era rutina de farmacéutica, pero soñaba con aventuras que la hicieran sentir viva. Yo, con mi trabajo de oficina, anhelaba lo mismo. La tensión crecía, invisible pero palpable, como el calor antes de la lluvia.

La invité a mi depa en la Roma, un loft modesto con vistas al skyline. "Solo para platicar", mentí. Ella aceptó con un guiño. En el elevador, el espacio cerrado amplificaba su aroma, su respiración cálida cerca de mi cuello. Mis manos sudaban, el deseo me picaba como chile en la piel.

Acto dos: la escalada. Entramos. Puse música de Natalia Lafourcade, suave y sensual. Le serví un mezcal con sal y limón, el humo del copalito impregnando el aire. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, que crujió bajo su peso. Sus piernas cruzadas rozaron las mías, seda contra denim, un roce que encendió mi verga como antorcha.

"Sabes, este Almetec Tri Plm que me vendiste... me hace pensar en ti", le dije, mi voz ronca. Ella rió, una carcajada gutural que vibró en mi pecho. "Es para la presión, pero contigo, la mía sube al carajo". Se acercó, su mano en mi muslo, dedos trazando círculos lentos. Sentí el calor de su palma a través de la tela, mi polla endureciéndose, palpitando con necesidad.

Nos besamos. Sus labios suaves, sabor a mezcal y miel, lengua danzando con la mía en un tango húmedo. Gemí contra su boca, manos en su cintura, atrayéndola. Ella se montó a horcajadas, su coño caliente presionando mi erección a través de la ropa. "Te quiero, cabrón", susurró, mordiendo mi labio inferior. Olía a sudor dulce, a excitación femenina que me mareaba.

¡Puta madre, esta mujer es un volcán! Cada roce es fuego, cada jadeo música que me enloquece.

La desvestí despacio. Su blusa cayó, revelando brassiere de encaje negro abrazando tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. Los lamí, saboreando sal y vainilla, succionando hasta que arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, chingao!". Mis manos bajaron su falda, encontrando tanga empapada. La froté, sintiendo su humedad caliente, clítoris hinchado bajo mis dedos. Ella jadeaba, uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas ardientes.

La recosté en la cama, sábanas frescas contrastando su piel caliente. Besé su vientre, ombligo, bajando a muslos temblorosos. La penetré con la lengua, lamiendo su coño jugoso, sabor almizclado y dulce como mango maduro. "¡Más, pendejo, no pares!", gritó, caderas moviéndose contra mi cara, jugos cubriendo mi barbilla. Mi verga dolía de ganas, pre-semen mojando mis boxers.

Me desnudó, su boca en mi pecho, mordisqueando pezones, bajando a mi abdomen. Tomó mi polla dura, venosa, acariciándola con manos expertas. "Qué rica verga, güey", murmuró antes de chuparla. Su boca caliente, lengua girando en la cabeza, succionando profundo hasta la garganta. Gemí fuerte, manos en su pelo, follando su boca suavemente. El sonido húmedo, slurp-slurp, mezclado con mis gruñidos, llenaba la habitación.

La tensión era insoportable. La puse boca arriba, piernas abiertas. Entré en ella despacio, su coño apretado envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. "¡Sí, métemela toda!", rogó. Empujé profundo, sintiendo cada centímetro, paredes contrayéndose. Ritmo lento al principio, piel contra piel slap-slap, sudores mezclándose, olores de sexo crudo y pasión.

Aceleramos. Ella arriba, cabalgando como jinete en rodeo, tetas rebotando, uñas en mi pecho. "¡Me vengo, cabrón!", chilló, cuerpo convulsionando, coño ordeñándome. Yo resistí, volteándola a perrito, azotando nalgas firmes, rojo marcado. Entré duro, bolas golpeando su clítoris, gruñendo como animal.

Acto tres: la liberación. El clímax llegó como tormenta. "¡Me corro!", rugí, eyaculando dentro, chorros calientes llenándola, su orgasmo segundo apretándome. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando. Besos suaves, caricias perezosas. El aire olía a semen, sudor, mezcal.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, como si el Almetec Tri Plm de su mundo y el mío se fusionaran en éxtasis puro.

Nos quedamos abrazados, hablando bajito de futuros encuentros. Ella se fue al amanecer, prometiendo volver. Yo, con la presión baja pero el alma alta, supe que Almetec Tri Plm había cambiado mi vida para siempre. Un sabor a más, a noches eternas de placer mexicano.

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