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Trio con Colegialas Ardientes

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Trio con Colegialas Ardientes

La fiesta en la casa de mi carnal en Polanco estaba a todo lo que daba. Luces neón parpadeando, reggaetón retumbando en los parlantes y un chorro de chelas frías circulando. Yo, Alex, de veinticinco pirulos, andaba relajado con mis cuates cuando las vi entrar. Dos chavas de la uni, Lupe y Mari, ambas de veintiún años, vestidas con falditas plisadas cortísimas, blusitas blancas semitransparentes atadas al ombligo y moños en el pelo. Colegialas totales para la temática de la noche, pero con curvas de infarto que gritaban "adultas y listas pa'l desmadre". Lupe, morena chaparrita con tetazas que pedían guerra, y Mari, flaquita güerita con nalgas que rebotaban al caminar. Me miraron fijo, sonriendo con picardía.

¿Qué pedo con estas? Parecen salidas de mis sueños más cabrones. Un trio con colegialas así de ricas... ni en mis mejores noches de pendejo.
Pensé mientras me acercaba con una chela en la mano. "¡Órale, mamacitas! ¿Vienen a portarse mal o qué?", les solté juguetón. Lupe se rio, pegándose a mí con su perfume dulzón de vainilla invadiendo mis fosas nasales. "Pos claro, Alex, ¿tú aguantas?", contestó Mari guiñándome el ojo, su aliento mentolado rozándome la oreja.

Charlamos un rato, bailando pegaditos. Sus cuerpos rozaban el mío al ritmo de la música: el calor de sus pieles sudadas contra mi camisa, el roce de sus muslos contra los míos. Sentía mi verga endureciéndose poco a poco, latiendo con cada mirada lasciva que me echaban. "Estas chavas están en otra liga", me dije, mientras Lupe me susurraba al oído: "Oye, carnal, ¿nos llevas a tu depa? Aquí ya nos aburremos". El corazón me dio un brinco. ¿En serio? Asentí, y en mi Tsuru viejo pero chido, las tres rumbo a mi flat en la Condesa.

En el camino, las manos no paraban quietas. Mari en el asiento del copiloto me metía la mano por el pantalón, acariciando mi paquete con dedos suaves y expertos. "¡Qué vergota traes, pendejo!", exclamó riendo. Lupe desde atrás me besaba el cuello, su lengua húmeda dejando rastros calientes que me erizaban la piel. Olía a deseo puro, a feromonas mezcladas con su loción barata pero adictiva. Aparqué temblando, la verga ya a reventar.

Adentro, luces bajas, veladoras aromáticas de lavanda que yo había prendido antes. Las tres nos tiramos al sillón de piel sintética, crujiendo bajo nuestro peso. Empecé besando a Lupe, sus labios carnosos sabiendo a tequila y gloss de fresa. Su lengua danzaba con la mía, chupando suave, mientras Mari nos veía mordiéndose el labio.

Esto es real, cabrón. Un trio con colegialas en mi propia casa. No la cagues.

Le quité la blusa a Lupe despacio, revelando unas chichotas perfectas, pezones morenos duros como piedras. Las mamé con hambre, succionando fuerte, oyendo sus gemidos roncos: "¡Ay, sí, chúpamelas, Alex!". Mari se desnudó sola, su conchita lampiña brillando ya húmeda bajo la luz tenue. Se arrodilló y me bajó el pantalón, tragándose mi verga de un jalón. El calor de su boca, la saliva resbalando por mis huevos, el sonido chapoteante de su chupada... joder, era el paraíso. Lupe se unió, lamiéndome los huevos mientras Mari me la calaba hasta la garganta. Sentía sus lenguas compitiendo, calientes y babosas, oliendo a mi propio sudor mezclado con su excitación almizclada.

La tensión subía como fiebre. Las llevé a la cama king size, sábanas de algodón fresco contrastando con sus cuerpos ardientes. Puse a Lupe a cuatro patas, su culazo moreno meneándose invitador. Le metí dos dedos en la panocha, chorreando jugos que olían a mar y miel. "¡Métemela ya, cabrón!", suplicó. Empujé mi verga despacio, sintiendo cada centímetro de su carne apretada envolviéndome, pulsando. Mari se acostó debajo, lamiéndole el clítoris mientras yo la cogía. Gemidos triples llenaban el cuarto: el slap-slap de mi pelvis contra sus nalgas, los ahhs jadeantes, el crujir de la cama.

¿Cómo carajos llegué aquí? Sus cuerpos sudados pegándose al mío, el olor a sexo impregnando todo. Lupe aprieta como virgen, Mari lame como diosa. Esto es lo que necesitaba.
Cambiamos posiciones. Mari encima de mí, cabalgándome con furia, sus tetas pequeñas rebotando, pezones rosados rozándome el pecho. Sudor goteando de su frente a mi boca, salado y delicioso. Lupe se sentó en mi cara, su concha goteando en mi lengua. La chupé voraz, saboreando su esencia agria-dulce, mientras ella se retorcía gimiendo "¡Qué rico comes, pinche pervertido!". Mis manos amasaban sus nalgas, dedos hundiéndose en carne suave, uñas clavándose leve dejando marcas rojas.

La intensidad crecía. Sentía el orgasmo bullendo en mis huevos, pero aguantaba, queriendo alargar el éxtasis. "¡Córrete conmigo, Alex!", gritó Mari, su panocha contrayéndose en espasmos. Lupe se vino primero, chorros calientes empapándome la cara, su voz quebrándose en un alarido gutural. Yo no pude más: exploté dentro de Mari, chorros calientes llenándola, pulsos interminables mientras ella chillaba de placer. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, pechos subiendo y bajando agitados, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

Después, el afterglow fue puro relax. Nos bañamos juntos en la regadera, agua tibia lavando los restos, manos suaves enjabonándonos mutuamente. Jabón de coco perfumando el vapor, risas y besos lentos. Secos, nos metimos a la cama con chelas frías de la refri. Lupe acurrucada en mi pecho, su corazón latiendo calmado contra el mío. Mari jugando con mi pelo, sus dedos trazando círculos perezosos.

"Fue chingón, ¿verdad?", murmuró Lupe, su voz ronca de satisfacción. "El mejor trio con colegialas de mi vida", respondí riendo, besándole la frente. Mari asintió: "Y ni de chiste la última vez, carnal". Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el aroma a sexo desvaneciéndose en la noche fresca de la ciudad. Por primera vez en meses, me sentía completo, con el cuerpo saciado y el alma en paz. Mañana sería otro día, pero esta noche... esta noche era nuestra.

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