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Éxitos Ardientes del Trío Los Panchos

6214 palabras

Éxitos Ardientes del Trío Los Panchos

La noche en mi depa de la Condesa estaba perfecta, con el aire cargado de ese calor pegajoso de mayo en el DF. Yo, Ana, acababa de llegar de un trago con mis carnales de toda la vida: Marco y Luis. Habíamos crecido juntos en la colonia Roma, jugando futbol en la calle y soñando con conquistar el mundo. Ahora, ya grandecitos, con chambas chidas y cuerpos que el gym había esculpido, la química entre nosotros había cambiado. Se sentía en el aire, como un bolero susurrado.

Encendí el viejo tocadiscos de mi abuelita, ese que aún sonaba como los dioses. Órale, vamos a poner algo romántico, dije, mientras sacaba el vinilo de trio los panchos exitos. La aguja rasgó el silencio y "Contigo" llenó la sala con esas guitarras suaves y voces que te erizan la piel. Marco, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me derriten, se acercó bailando. Ven, nena, baila conmigo, murmuró, su aliento cálido con olor a tequila rozando mi cuello.

Luis no se quedó atrás. Alto, moreno, con tatuajes que asomaban por su playera ajustada, se pegó por detrás. Sus manos grandes se posaron en mis caderas, guiándome al ritmo lento. Esto es lo mejor de la noche, ¿neta? Sentí su pecho firme contra mi espalda, el calor de su piel traspasando la tela delgada de mi vestido negro. Mi corazón latía fuerte, como tambores en un carnaval. El deseo me picaba por dentro, un cosquilleo que subía desde el estómago hasta mis pechos, que se endurecían bajo el encaje del bra.

¿Qué chingados estoy haciendo? pensé, mientras me mecía entre ellos. Pero era tan natural, tan cabrón. Habíamos coqueteado antes, bromas calientes en las fiestas, pero esta vez el aire olía a promesa. A sudor fresco y perfume de hombre. Marco giró mi cara y me besó, suave al principio, sus labios carnosos saboreando los míos como si fueran miel. Luis besó mi hombro, su lengua trazando un camino húmedo que me hizo jadear.

La canción cambió a "Rayito de Luna", y el ambiente se volvió eléctrico. Mis manos exploraron: una en el pecho velludo de Marco, la otra en la nuca de Luis. Los quiero a los dos, weyes, confesé con voz ronca, el pulso acelerado. Ellos se miraron, sonriendo como lobos juguetones. Entonces, hagámoslo realidad, dijo Marco, y me cargó hacia el sofá de terciopelo rojo.

Ahí empezó lo bueno. Me senté en el borde, con las piernas abiertas, invitándolos. Marco se arrodilló primero, subiendo mi vestido hasta las caderas. Qué chula estás, Ana, gruñó, mientras sus dedos jugaban con el elástico de mis tangas. El olor de mi excitación flotaba, almizclado y dulce, mezclándose con el aroma ahumado del incienso que había encendido antes. Luis se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y esa V que baja a lo prohibido. Se acercó por el lado, besándome el cuello mientras desabrochaba mi sostén.

Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Luis los lamió, succionando uno con hambre, el sonido húmedo resonando sobre la música. Dios, qué rico, gemí en mi mente, arqueando la espalda. Marco bajó mis tangas, exponiendo mi sexo depilado y brillante. Su aliento caliente me rozó antes de que su lengua entrara en juego: un lametón largo, desde el clítoris hasta atrás, saboreándome como un postre. Sabía a sal y deseo puro. Mis caderas se movieron solas, empujando contra su boca experta.

No mames, qué sabrosa, murmuró Marco entre lengüetazos, sus manos apretando mis muslos suaves. Luis, mientras, se desabrochó el pantalón, sacando su verga gruesa, venosa, ya tiesa y goteando. La tomé en mi mano, sintiendo el calor palpitante, la piel sedosa sobre el acero. La masturbe despacio, al ritmo de "Sabor a Mi", mientras él gemía bajito en mi oído. Así, mami, qué chingón se siente.

El calor subía, el sudor perlaba nuestras pieles. Cambiamos posiciones: yo de rodillas en el sofá, Marco detrás, frotando su punta contra mi entrada húmeda. ¿Quieres que te coja? preguntó, voz grave. Sí, cabrón, métemela ya, supliqué, el vacío en mí insoportable. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer me recorrió como corriente, un ayyy escapando de mis labios. Luis frente a mí, su verga en mi boca, la chupé con ganas, saboreando el precum salado, mi lengua girando alrededor del glande hinchado.

El Trío Los Panchos seguía cantando éxitos, "Quizás, Quizás, Quizás", como si supieran de nuestras dudas pasadas, ahora disipadas en éxtasis. Marco embestía firme, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust, el sonido carnoso mezclándose con mis gemidos ahogados por la polla de Luis. Sudor chorreaba por su espalda, oliendo a macho puro. Toqué sus cuerpos, sintiendo músculos tensos, piel resbaladiza. Esto es el paraíso, neta, pensé, el orgasmo construyéndose como una ola.

Luis se tensó primero. Me vengo, Ana, avisó, y llenó mi boca con chorros calientes, espeso y abundante. Lo tragué todo, lamiendo limpio, el sabor intenso en mi lengua. Eso me empujó al borde. Marco aceleró, una mano en mi cadera, la otra frotando mi clítoris. Córrete para mí, preciosa. Exploté, el mundo blanco, músculos convulsionando, un grito ronco saliendo de mí mientras mi coño apretaba su verga como un puño.

Él no tardó: gruñó profundo, hundiéndose hasta el fondo, eyaculando dentro, caliente y potente, mezclándose con mis jugos. Nos quedamos unidos un rato, jadeando, el vinilo girando su último éxito, "El Trío Los Panchos éxitos" cerrando el círculo.

Caímos enredados en el sofá, cuerpos pegajosos, risas suaves rompiendo el silencio. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo revuelto. Esto fue épico, wey, dijo Luis, y todos reímos. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas de más noches así. Me sentía plena, empoderada, como si hubiéramos compuesto nuestro propio bolero ardiente.

Apagué el tocadiscos, pero la música seguía en nosotros. Los éxitos del Trío Los Panchos nunca sonaron tan calientes, pensé, acurrucándome entre mis amores. La noche no había terminado; solo era el principio de algo chingón.

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