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El Trio Fantasma Desnuda Mi Alma

6579 palabras

El Trio Fantasma Desnuda Mi Alma

La noche en la hacienda de San Isidro olía a tierra húmeda y a jazmín silvestre que trepaba por las paredes de adobe. Habías llegado esa tarde desde la Ciudad de México, con el corazón latiendo fuerte por la emoción de reclamar esta herencia familiar en las afueras de Tepoztlán. El sol se había puesto rápido, dejando un cielo estrellado que parecía susurrar secretos antiguos. El cuidador, un viejo morelense con ojos pícaros, te había contado la leyenda mientras te entregaba las llaves.

Neta, patrona, no se quede sola esta noche. El trio fantasma ronda por aquí. Tres amantes de los tiempos de la Revolución, unidos en la muerte como en la vida. Dicen que buscan almas con fuego en las venas para compartir su pasión eterna.

Le reíste, pensando que era puro cuento de wey para asustar turistas. Pero ahora, metida en la cama king size de la habitación principal, con sábanas de algodón egipcio que rozaban tu piel desnuda como una caricia prohibida, sentías un cosquilleo en la nuca. El viento ululaba fuera, golpeando las contraventanas de madera tallada. Tu cuerpo, todavía tibio por la ducha caliente, se erizaba. ¿Y si es verdad? ¿Y si vienen por mí? El pensamiento te aceleró el pulso, y entre tus muslos notaste una humedad traicionera. Apagaste la luz, dejando solo el brillo de la luna filtrándose por las rendijas.

Al principio fue un roce leve, como plumas fantasmas en tus tobillos. Abriste los ojos de golpe. La habitación estaba fría, pero no helada; un aroma a vainilla y sudor fresco flotaba en el aire. Tres figuras se materializaron al pie de la cama: él, alto y moreno con ojos de carbón y torso musculoso marcado por cicatrices antiguas; ella, curvilínea con cabello negro cayendo en cascada y labios rojos como granadas; y el otro, rubio de ojos verdes, con una sonrisa lobuna y manos grandes que prometían placer. Transparentes al principio, pero sólidos cuando se acercaron. El trio fantasma, neta, en carne y hueso... o lo que fuera.

No corras, mi reina, susurró ella, su voz como miel caliente derramándose en tu oído. Su aliento olía a tequila añejo y deseo. Tú te incorporaste, el corazón tronándote en el pecho, pero no de miedo. De pura adrenalina. Queremos darte lo que anhelas. Únete a nosotros. Di que sí.

Tú tragaste saliva, sintiendo cómo tus pezones se endurecían bajo su mirada hambrienta. , murmuraste, y fue como desatar una tormenta. Ella se subió a la cama primero, sus tetas firmes rozando tu pecho mientras te besaba. Sus labios eran suaves, calientes, sabían a frutas maduras y pecado. Tú gemiste, abriendo la boca para su lengua juguetona que danzaba con la tuya, chupando, mordisqueando. El moreno se colocó detrás, sus manos ásperas —¡qué chido, ásperas como las de un jinete!— masajeando tus hombros, bajando por tu espalda hasta apretar tus nalgas. Estás mojada para nosotros, ¿verdad, preciosa? ronroneó él, y tú asentiste, arqueándote.

El rubio se arrodilló entre tus piernas, separándolas con gentileza. Su aliento caliente te erizó la piel de los muslos. Mírame, dijo, y cuando lo hiciste, lamió tu panocha despacio, desde el clítoris hinchado hasta el ano, saboreando tu néctar salado. ¡Ay, cabrón! gritaste, agarrando las sábanas. Su lengua era mágica, girando, succionando, metiéndose adentro como si quisiera devorarte viva. Ella no se quedó atrás: se sentó en tu cara, su coño depilado rozando tus labios. Chúpame, mi amor, ordenó con voz ronca, y tú obedeciste, lamiendo su humedad dulce, oliendo su aroma almizclado que te volvía loca. Tus caderas se movían solas, follando la boca del rubio mientras él gemía contra tu carne.

El moreno observaba, acariciándose la verga enorme, venosa, que palpitaba como viva. Es hora de llenarte, gruñó, y te volteó boca abajo con facilidad sobrenatural. Ella se movió a tu lado, besando tu cuello, pellizcando tus chichis mientras el rubio se colocaba debajo de ti, guiando tu entrada a su polla dura. Bajaste despacio, sintiendo cómo te abría, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso que te hacía jadear. ¡Qué rica estás, tan apretada! jadeó él, sus manos en tus caderas marcando el ritmo.

Entonces el moreno se pegó a tu espalda, escupiendo en tu culo para lubricar. Relájate, reina, susurró ella, metiendo un dedo en tu ano para prepararte. Tú temblabas, el placer subiendo como lava. La verga del moreno empujó, lenta, llenándote por completo. ¡Sí, pendejos, fóllenme! gritaste, perdida en la plenitud doble. Se movían en sincronía perfecta, como si hubieran practicado por siglos: el rubio embistiendo desde abajo, rozando tu punto G; el moreno profundo en tu trasero, sus bolas golpeando tu piel. Ella se masturbaba viéndolos, luego se unió, frotando su clítoris contra tu muslo, besándote hasta que mordiste su labio.

El sudor —tuyo y de ellos, imposible pero real— chorreaba, oliendo a sexo crudo, a pasión desbocada. Los sonidos llenaban la habitación: slap-slap de carne contra carne, gemidos guturales, tu voz rompiéndose en ¡Más, cabrones, más! Tus paredes internas se contraían, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Vente con nosotros, jadeó el moreno, acelerando. El rubio te pellizcó el clítoris, ella chupó tu teta. Explotaste primero, un grito ahogado saliendo de tu garganta mientras tu cuerpo convulsionaba, chorros de placer empapando al rubio. Ellos te siguieron: el moreno llenándote el culo con su leche caliente, fantasma pero espesa; el rubio pulsando dentro de tu panocha, gritando tu nombre.

Se derrumbaron a tu alrededor, cuerpos entrelazados en un montón jadeante. Ella te acariciaba el cabello, besando tus lágrimas de éxtasis. Eres nuestra ahora, murmuró el moreno, su voz un ronroneo satisfecho. El rubio lamió el sudor de tu cuello, saboreando. Permanecieron así un rato, el aire cargado de afterglow, corazones latiendo al unísono. Tú te sentías poderosa, deseada como nunca, el alma en llamas.

Al amanecer, se desvanecieron como humo, dejando solo un aroma persistente y la promesa en tu mente: Volveremos, mi reina. Cada luna llena. Te levantaste, piernas temblorosas, sonriendo al espejo. La hacienda ya no era solo un lugar; era tu templo de placeres eternos. Y neta, no veías la hora de la próxima noche con el trio fantasma.

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