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Trío en el Baño Ardiente

7414 palabras

Trío en el Baño Ardiente

La fiesta en la casa de mi carnala en Polanco estaba en su mero mole esa noche. Luces tenues bailando al ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba desde los parlantes, olor a tacos al pastor recién hechos flotando en el aire y el fresco de las chelas Corona sudando en las manos de todos. Yo, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa chingona, me movía entre la raza, sintiendo las miradas clavadas en mis curvas. Neta, esa vibra de fin de semana en la CDMX me tenía con el ánimo por las nubes.

Ahí fue cuando los vi: Marco y Luis, dos weyes guapísimos que acababa de conocer en la terraza. Marco, alto y moreno con esa sonrisa pícara que te derrite, y Luis, más delgado pero con unos ojos verdes que te desnudan con solo una mirada. Estábamos platicando de tonterías, riéndonos de un chiste sobre el tráfico en Insurgentes, cuando sentí esa electricidad en el aire. ¿Qué pedo con estos dos? pensé, mientras mi piel se erizaba con cada roce accidental de sus brazos contra el mío.

Estos cabrones me traen loca, neta. ¿Y si les sigo la corriente? Nadie se va a enterar en medio de este desmadre.

Marco se acercó más, su aliento cálido con sabor a tequila rozando mi oreja. "Oye, güeyita, ¿vamos por más chela o qué?", me dijo con voz ronca. Luis soltó una carcajada y me guiñó el ojo. "Mejor algo más fresco, ¿no?". Mi corazón latió como tamborazo zacatecano. Sin pensarlo dos veces, los jalé de la mano hacia el pasillo. "Vengan, conozco un lugarcito privado".

Entramos al baño principal, ese de visitas con azulejos blancos relucientes, espejo enorme y una regadera que parecía de hotel cinco estrellas. Cerré la puerta con seguro, el clic del cerrojo sonando como una promesa. El vapor del agua caliente que alguien había dejado corriendo empezaba a empañar el vidrio, y el aroma a jabón de lavanda se mezclaba con el sudor fresco de nuestros cuerpos. Marco me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a limón y deseo puro. Luis se pegó por detrás, sus manos grandes deslizándose por mis caderas, apretando mi culo con esa fuerza que me hacía gemir bajito.

Acto uno completo: la chispa ya ardía.

Mis manos temblaban de anticipación mientras desabrochaba la camisa de Marco, revelando su pecho moreno y duro, cubierto de un vello suave que olía a colonia barata pero adictiva. "Qué chingón estás, wey", murmuré contra su piel, lamiendo un pezón que se endureció al instante. Luis no se quedaba atrás; su boca devoraba mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi entrepierna. Sentí su verga tiesa presionando contra mis nalgas, gruesa y caliente a través del pantalón. Puta madre, esto va a estar de poca madre, pensé, mientras el calor entre mis muslos crecía como lava.

Nos quitamos la ropa a tirones, risas nerviosas mezclándose con jadeos. Mi vestido cayó al piso con un plop húmedo, quedando yo en tanga de encaje negro. Marco gruñó al verme, sus ojos devorándome. "Eres una mamacita, ¿eh?". Luis me volteó, besándome con lengua profunda, su saliva dulce invadiendo mi boca mientras sus dedos jugaban con mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolían rico. El espejo reflejaba todo: tres cuerpos entrelazados, piel contra piel, el vaho subiendo como niebla erótica.

Me arrodillé en el piso fresco de mármol, el tacto frío contrastando con el fuego de sus vergas frente a mí. Marco era más gruesa, venosa, con un glande rosado que palpitaba; Luis, larga y curva, goteando precum que olía a macho puro. Las tomé en mis manos, sintiendo su pulso acelerado, el calor irradiando. "Chúpala, reina", suplicó Marco, y obedecí, metiéndomela hasta la garganta. El sabor salado me inundó, su gemido ronco retumbando en el baño pequeño. Luis se unió, frotando su verga contra mi mejilla, y alterné, chupando una mientras pajeaba la otra. Sus manos en mi pelo, guiándome suave, me hacían sentir poderosa, como la chingona que soy.

Esto es el trío en el baño que siempre soñé, carajo. Sus vergas tan duras por mí, neta me moja toda.

La tensión subía como el agua de la regadera que ahora abrí a tope. El chorro caliente nos salpicó, empapándonos, el vapor espeso cargado de nuestro aroma: sudor, sexo, jabón. Marco me levantó, pegándome a la pared resbalosa. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, hurgando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, puta rica", dijo, y metió dos dedos adentro, curvándolos justo en mi punto G. Grité, el placer explotando en oleadas. Luis se pegó a mi espalda, su verga deslizándose entre mis nalgas, lubricada por el agua y mi propia humedad.

Escalada total: mis piernas temblaban, el mundo se reducía a sus toques.

Marco me penetró primero, lento, su verga abriéndome centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, wey, qué grande!", jadeé, clavando uñas en sus hombros. Luis besaba mi espalda, mordiendo suave, mientras sus dedos jugaban con mi ano, untando jabón espumoso. "Relájate, mami", murmuró, y empujó la cabeza de su verga adentro, despacio. El estiramiento ardía delicioso, doble penetración en ese baño resbaloso. Me movían al unísono, uno entrando mientras el otro salía, sus pelvis chocando contra mí con plaf húmedos. El agua caía como lluvia tropical, mezclándose con mis jugos que chorreaban por mis muslos.

El sonido era una sinfonía guarra: jadeos entrecortados, pieles palmoteándose, el chorro incesante. Olía a sexo crudo, a testosterona y mi esencia dulce. Marco me besaba feroz, lengua guerreando con la mía, mientras Luis me apretaba las tetas desde atrás. Mi clítoris palpitaba, rogando más. Cambiamos posiciones: yo contra el lavabo, Marco en mi boca, Luis cogiéndome de perrito. Su verga golpeaba profundo, sacándome grititos ahogados alrededor de la de Marco. "¡Córrete para mí, cabrona!", ordenó Luis, y no pude más. El orgasmo me partió en dos, mi panocha contrayéndose como puño, chorros calientes salpicando sus bolas.

Ellos no pararon. Marco salió de mi boca, gimiendo, y se corrió en mi culo, chorros espesos calientes resbalando por mi piel. Luis me siguió segundos después, llenándome adentro con su leche tibia, gruñendo como animal. Colapsamos bajo el agua, cuerpos enredados, risas exhaustas saliendo entre besos suaves.

Apagamos la regadera, el silencio repentino roto solo por nuestras respiraciones pesadas. Nos secamos con toallas suaves, mirándonos con complicidad. "Eso fue un trío en el baño de antología, weyes", dije, riendo. Marco me abrazó, besándome la frente. "Eres increíble, güeyita". Luis asintió, sus ojos aún hambrientos pero satisfechos.

Neta, esto me cambia la vida. Dos machos que me hicieron sentir reina, en un baño cualquiera que ahora es sagrado.

Salimos del baño como si nada, volviendo a la fiesta con sonrisas picas. Pero dentro de mí, el calor perduraba: piel sensible, coño palpitante, el sabor de ellos en mi lengua. Esa noche, en mi depa en la Roma, me masturbé recordándolo, sabiendo que el trío en el baño ardiente sería el secreto que me calentaría por meses. Empoderada, satisfecha, lista para más aventuras en esta jungla de concreto y deseo llamada México.

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