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Jimmy Lozano Fuera del Tri Desatado

6837 palabras

Jimmy Lozano Fuera del Tri Desatado

Jimmy Lozano pisó el asfalto caliente de Monterrey con un nudo en el estómago. Fuera del Tri, le habían dicho los seleccionadores, como si fuera un pendejo cualquiera. Después de años rompiendo redes con la Sub-23 y soñando con el Mundial, ahora estaba aquí, en su ciudad, sintiéndose como un fantasma en su propio equipo. El sol del norte quemaba sin piedad, y el aire olía a tacos de trompo y escape de camiones. Se metió al hotel de lujo en el centro, uno de esos con alberca infinita y vistas al Cerro de la Silla. Neta, necesitaba distraerse.

En la noche, el lobby bullía de morra bien prendida. Jimmy se puso una playera negra ajustada que marcaba sus músculos de futbolista, jeans que le quedaban como guante y unas botas chidas. Bajó al bar del hotel, donde la música electrónica retumbaba suave, luces neón bailaban en las paredes y el olor a whisky ahumado se mezclaba con perfume caro. Pidió un tequila reposado, puro, sin limón ni sal, y se sentó en la barra observando el movimiento.

Ahí la vio. Sofia, con su cabello negro largo cayéndole por la espalda como cascada de obsidiana, un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como segunda piel. Sus ojos cafés lo clavaron desde la pista de baile. Bailaba sola, moviendo las caderas con un ritmo que hacía que Jimmy sintiera un cosquilleo en la verga.

¿Qué chingados? Esta morra está cañón, carnal. Fuera del Tri o no, esta noche me la rifo
, pensó, mientras el pulso se le aceleraba.

Sofia se acercó a la barra, pidiendo un margarita frozen. Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa cuando lo reconoció.

¡Órale, Jimmy Lozano! ¿Qué pedo, güey? ¿No que andabas con el Tri? —dijo con esa voz ronca, juguetona, típica de regiomontana bien portada.

Él rio, extendiendo la mano. Su piel era suave, cálida, como terciopelo bajo sus dedos callosos de tanto patear balón.

—Ya ves, nena. Fuera del Tri por ahora. Pero aquí estoy, buscando acción en Monterrey. ¿Y tú? ¿Fan del Rayo o qué?

Fan de los chavos guapos que meten golazos —guiñó ella, rozando su brazo con el dorso de la mano. El toque fue eléctrico, como un chispazo que le subió por el espinazo.

Charlaron media hora, coqueteando con miradas que prometían más. Ella era diseñadora gráfica, soltera, con un departamento en San Pedro. Hablaba de fútbol con pasión, pero sus ojos decían que quería otro tipo de juego. Bailaron pegados, sus cuerpos sudados frotándose al ritmo del reggaetón. Jimmy sentía el calor de sus pechos contra su torso, el aroma de su perfume vainillado mezclado con el sudor salado de su cuello. Su verga ya estaba dura, presionando contra los jeans, y ella lo notaba, presionando más.

Vámonos de aquí, Jimmy. Quiero verte jugar de cerca —susurró al oído, mordisqueándole el lóbulo. Su aliento caliente le erizó la piel.

Salieron del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que les ardía adentro. Subieron a un Uber hasta su depa en una torre fancy, con vistas panorámicas. El elevador era un horno de tensión; él la acorraló contra la pared, besándola con hambre. Sus labios sabían a lima y tequila, su lengua danzaba con la de él, húmeda y ansiosa. Manos por todos lados: él apretando su culo firme, ella arañándole la espalda por debajo de la playera.

Adentro, el depa olía a incienso de lavanda y velas encendidas. Sofia lo jaló al sillón de piel, quitándole la playera de un tirón. Sus ojos devoraron el pecho lampiño, los abdominales marcados de horas en el gym.

Eres un pinche dios, Lozano —dijo, lamiéndole un pezón. La lengua áspera mandó ondas de placer directo a su entrepierna.

Mierda, esta morra me va a volver loco. Fuera del Tri, pero aquí soy el rey
, pensó Jimmy mientras le bajaba el vestido, revelando unos senos perfectos, pezones oscuros endurecidos. Los chupó con ganas, saboreando la sal de su piel, escuchando sus gemidos roncos que llenaban la habitación.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como nube. Ella le desabrochó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La miró con ojos lujuriosos.

Qué chingona está esta madre —murmuró, envolviéndola con la mano tibia, masturbándolo lento. Jimmy gruñó, el placer subiendo como marejada. Olía su aroma almizclado de excitación, ese olor a mujer lista.

Él le quitó las panties de encaje negro, mojadas ya. Su panocha depilada brillaba, labios hinchados invitándolo. La besó ahí, lengua hundiéndose en su calor húmedo, saboreando su jugo dulce y salado. Sofia arqueó la espalda, clavándole las uñas, gritando su nombre.

¡Ay, cabrón, no pares! ¡Chúpame más!

La tensión crecía como un partido empatado en el minuto 90. Jimmy se posicionó, frotando la punta de su verga contra su clítoris, lubricándola. Ella lo miró, jadeante.

Métemela ya, Jimmy. Quiero sentirte todo.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndolo como guante caliente. Ambos gimieron al unísono. Empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, llenaba el aire. Sudor perlando sus cuerpos, mezclándose. Él la besaba, mordía su cuello, mientras ella le clavaba las piernas en la cintura, urgiéndolo más profundo.

La intensidad subió. La volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, embistiéndola fuerte. Sus bolas chocaban contra su clítoris, ella se retorcía, panocha chorreando.

Esto es mejor que cualquier gol. Neta, Sofia me hace olvidar todo
. Jimmy sentía el orgasmo construyéndose, bolas tensas, verga hinchada al límite.

¡Me vengo, güey! ¡Dame todo! —chilló ella, temblando, coño apretándose en espasmos.

Él no aguantó más. Con un rugido gutural, se corrió dentro, chorros calientes llenándola, mientras su cuerpo convulsionaba. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo como tambores.

Después, en la penumbra, con el skyline de Monterrey titilando afuera, Sofia le acarició el pecho.

Estás fuera del Tri, pero conmigo entraste a otro nivel, carnal —rio suave.

Jimmy sonrió, besándole la frente. El peso de la noticia se había aligerado.

Quizá esto sea el empujón que necesitaba. Mañana regreso al Monterrey con todo, pero esta noche... esta noche fue épica
. Se durmieron enredados, el olor a sexo impregnando las sábanas, promesas de más rondas en el aire.

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