Trios XX Caseros que Encienden el Fuego
Era una noche calurosa en el depa de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Luis, estaba tirado en el sillón con mi morra Ana, esa chava de curvas que me volvía loco desde el día uno. Llevábamos cinco años juntos, neta, y la química entre nosotros era pura dinamita. Pero últimamente hablábamos de trios xx caseros, de esas fantasías que ves en videos caseros bien calientes, grabados con el cel en la intimidad de la casa, sin poses ni weyadas de porno profesional.
Ana se acurrucó contra mí, su piel suave rozando mi brazo, oliendo a vainilla y a ese perfume que me ponía la verga dura al instante. Órale, carnal, ¿y si lo hacemos de verdad? me dijo con esa voz ronca que me derretía. Sus ojos cafés brillaban con picardía, y sentí su mano bajando por mi pecho, juguetona. Le conté que siempre me había jalado la idea de un trío en casa, algo nuestro, casero, como esos trios xx caseros que nos poníamos a ver para calentarnos antes de chingarnos como animales.
Entonces llegó Carla, la carnala de Ana del gym, esa morrita de pelo negro largo y un culazo que no pasaba desapercibido. La invitamos a unas cheves y platicar, pero las dos sabían que había más en el aire. Carla era pura onda, divorciada hace rato, con ganas de aventura. Se sentó entre nosotras en el sillón, su falda corta subiéndose un poquito, dejando ver esos muslos firmes que olían a loción de coco. El ambiente se cargó de tensión, como antes de una tormenta. Ana le sirvió una chela fría, y mientras charlábamos de pendejadas, sus manos empezaron a rozarse accidentalmente.
¿Ya vieron esos trios xx caseros que andan por ahí? Neta, me dan unas ganas...soltó Carla de repente, riendo nerviosa, y nos miramos los tres, sintiendo el pulso acelerarse.
La cosa escaló poquito a poquito. Ana se inclinó y le dio un beso suave a Carla en los labios, probando el terreno. Yo las vi, con el corazón latiéndome como tambor, el calor subiendo por mi cuello. Carla respondió, abriendo la boca, y sus lenguas se enredaron con un sonido húmedo que me puso la piel de gallina. Olía a sus respiraciones mezcladas, a chela y deseo crudo. Me acerqué, besando el cuello de Ana, sintiendo su pulso rápido bajo mi lengua, salado y caliente. Wey, esto está chido, pensé, mientras mis manos exploraban las curvas de Carla por primera vez, su piel tersa como seda bajo mis dedos.
Nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. El colchón king nos recibió mullido, con las sábanas frescas oliendo a suavizante. Ana se quitó el top, dejando ver sus chichis perfectos, pezones duros como piedras. Carla la imitó, gimiendo bajito cuando yo le desabroché el bra, liberando esas tetas grandes que rebotaron suaves. Las chupé una por una, saboreando el gusto dulce de su piel, mientras ellas se besaban encima de mí, sus gemidos llenando el cuarto como música prohibida. Sentí la verga a reventar en mis shorts, palpitando con cada roce.
¿Quieres que te cojamos los dos, amor? me susurró Ana al oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Asentí, perdiendo la cabeza. Carla se bajó mis shorts, liberando mi verga tiesa, y la miró con hambre. ¡Qué chingona! dijo, antes de metérsela a la boca, chupando despacio, con la lengua girando en la cabeza, saboreándome entero. El sonido era obsceno, succiones húmedas y mis jadeos roncos. Ana se sentó en mi cara, su panocha mojada rozando mis labios, oliendo a miel y excitación pura. La lamí con ganas, metiendo la lengua profundo, sintiendo sus jugos calientes corriendo por mi barbilla mientras ella se retorcía, clavándome las uñas en los hombros.
La tensión crecía como olla a presión. Cambiamos posiciones, yo de rodillas detrás de Carla mientras ella se ponía a cuatro, su culazo alzado invitándome. Ana debajo de ella, lamiéndole las tetas. Empujé despacio, sintiendo su concha apretada envolviéndome centímetro a centímetro, caliente y resbalosa. Neta, qué rico, gruñí, empezando a bombear, el slap slap de mi pelvis contra sus nalgas resonando en el cuarto. Carla gemía fuerte, ¡Sí, pendejo, así, chíngame duro! y Ana se masturbaba viéndonos, sus dedos hundiéndose en su propia humedad con sonidos chapoteantes.
El sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Olía a sexo puro, a pieles calientes y fluidos mezclados. Sentí las bolas apretándose, el orgasmo acechando, pero quise alargar el juego. Saqué la verga de Carla, brillante de sus jugos, y la metí en la boca de Ana, que la chupó con deleite, probando a su amiga en mí. Luego, las puse a las dos de rodillas, mamándome alternadamente, sus lenguas uniéndose en mi punta, lamiendo como gatitas hambrientas. El toque de cuatro manos en mis muslos, uñas arañando suave, me volvía loco.
El clímax se acercaba imparable. Puse a Ana boca arriba, abriéndole las piernas anchas, y la penetré fuerte, sus paredes apretándome como puño. Carla se sentó en su cara, frotándose contra su lengua, las tres conectados en un enredo de cuerpos. Los gemidos se volvieron gritos: ¡Me vengo, cabrón! chilló Ana primero, convulsionando debajo de mí, su concha ordeñándome. Carla la siguió, temblando, chorros de placer mojando la cara de Ana. No aguanté más; saqué la verga y exploté sobre sus tetas, chorros calientes salpicando pieles, el olor a semen fresco llenando el aire mientras jadeábamos exhaustos.
Nos quedamos tirados en la cama, pegajosos y satisfechos, el ventilador secando el sudor de nuestras pieles. Ana me besó, probando el gusto salado de todo, y Carla se acurrucó al otro lado, su mano aún rozándome la verga floja.
Esto fue mejor que cualquier trío xx casero que hayamos visto, ¿verdad?dijo riendo bajito. Neta, sí. Fue nuestro, íntimo, casero al cien. Sentí una paz chida, como si hubiéramos cruzado una línea y todo estuviera bien. El deseo se calmó, pero el fuego seguía latente, prometiendo más noches así. Mañana quizás grabemos uno nuestro, solo para revivirlo.