Yoda Dont Try Do En La Noche Caliente
La brisa del mar en Playa del Carmen me acariciaba la piel como un amante juguetón, cargada de ese olor salado mezclado con el humo de las fogatas en la playa. Estaba sentada en la barra del chiringuito, un trago de tequila reposado en la mano, sintiendo cómo el líquido ámbar bajaba ardiente por mi garganta. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por el sudor de la noche tropical, y mis sandalias de tiras dejaban ver las uñas pintadas de rojo fuego. ¿Por qué carajos vine sola? me preguntaba, pero la verdad era que necesitaba esa vibra, esa libertad mexicana que te hace sentir viva hasta los huesos.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba wey chingón. Su camiseta negra ajustada marcaba unos pectorales duros como rocas, y en el pecho, estampado grande en letras blancas: Yoda Dont Try Do. Me reí por lo bajo, pensando en el viejo Yoda de las películas, pero él se acercó con paso seguro, oliendo a colonia fresca y a algo más, como a deseo crudo.
Órale, este pendejo trae onda, pensé, mientras él pedía una cerveza al barman.
"¿Qué pedo con Yoda?" le solté, girándome en el taburete para que viera bien mis piernas bronceadas. Él se rio, una carcajada grave que vibró en mi pecho como un tambor ta galmán.
"Es mi mantra, mija. Yoda dice do or do not there is no try, pero yo lo simplifiqué: Yoda dont try do. No intentes, hazlo nomás. Así vivo, sin pendejadas." Sus ojos cafés me recorrían despacio, deteniéndose en mis labios, en el escote donde el sudor brillaba como perlas. Me mordí el labio inferior, sintiendo un cosquilleo en el vientre.
Nos llamábamos Ana y Diego. Él era de la CDMX, pero pasaba temporadas en la Riviera Maya trabajando en un resort de lujo. Charlamos de todo: del pinche tráfico de la capital, de cómo el mar te limpia el alma, de tatuajes y sueños locos. Su voz ronca me erizaba la piel, y cada roce accidental de su brazo contra el mío mandaba chispas directas a mis chichis. El tequila fluía, y pronto estábamos bailando salsa en la arena, sus manos firmes en mi cintura, mi culo presionando contra su paquete que ya se notaba duro como fierro.
La música retumbaba, tambores y güiros que latían al ritmo de mi pulso acelerado. Sudábamos juntos, el olor de nuestros cuerpos mezclándose con el salitre: salado, almizclado, excitante. "Yoda dont try do, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. "¿Quieres que hagamos algo o nomás intentamos?" Su mano bajó un poco más, apretando mi nalga con permiso implícito, y yo gemí bajito, asintiendo.
Acto seguido, salimos del bar tomados de la mano, riendo como chavos. Caminamos por la playa desierta, la luna llena pintando el agua de plata. El hotel boutique donde él se hospedaba estaba a dos cuadras, un lugar chulo con palmeras y piscinas infinitas. En el elevador, no aguantamos: lo empujé contra la pared, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y menta. Manos por todos lados, mi vestido subiéndose, sus dedos explorando mis bragas ya empapadas.
"Estás cañón, wey", jadeé, sintiendo su verga tiesa contra mi muslo. Él gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada, y entramos a la suite. La habitación olía a sábanas frescas y a jazmín del balcón abierto al mar. Me tiró en la cama king size, pero suave, mirándome con ojos de lobo.
Este cabrón sabe lo que quiere, y yo también. Yoda dont try do, pinche Diego.
Me quité el vestido despacio, provocándolo, quedando en tanga roja y nada más. Mis tetas grandes se mecían libres, pezones duros como balines por el aire fresco. Él se desvistió en segundos: torso marcado, abdomen de six pack, y esa verga gruesa, venosa, apuntando al techo. Chingao, medía fácil 20 centímetros, con un glande rosado reluciente de precum.
Se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, lamiendo el sudor salado. Su aliento caliente me hacía arquear la espalda. "Te voy a comer viva, corita", dijo con voz ronca, y hundió la cara en mi coño. Su lengua era mágica: chupaba mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Gemí fuerte, agarrando sus cabellos negros, el sonido de mis jugos chapoteando llenando la habitación. Olía a sexo puro, a mi excitación dulce y almizclada mezclada con su sudor masculino.
El placer subía como ola, mis caderas moviéndose solas contra su boca. "¡Más, pendejo, más!" grité, y él obedeció, succionando hasta que exploté. Mi orgasmo fue brutal: temblores en todo el cuerpo, chorros calientes salpicando su barbilla, el grito ahogado en mi garganta. Me dejó jadeante, pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mi cachete mientras untaba lubricante en mi ano virgen.
"¿Quieres, mami?" preguntó, siempre atento. "Simón, Yoda dont try do, métemela", respondí, empoderada, caliente. Empujó despacio, centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis pleno. Su verga me llenaba, estirándome deliciosamente, mientras sus bolas peludas chocaban contra mi clítoris. Me follaba rítmico, profundo, una mano en mi clítoris, la otra jalando mi pelo suave. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne resonando como aplausos obscenos.
Cambié de posición: lo monté como amazona, cabalgando su pija con furia. Mis tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. "¡Eres una diosa, Ana!" rugió, y yo aceleré, sintiendo su verga palpitar dentro. El olor de nuestros fluidos era embriagador, el mar rugiendo afuera como banda sonora. Mi segundo orgasmo llegó en avalancha, contrayendo mi coño alrededor de él, ordeñándolo. Él no aguantó: "¡Me vengo!" gritó, llenándome de leche caliente, chorro tras chorro, hasta que desbordó y corrió por mis muslos.
Colapsamos juntos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas. Su corazón latía fuerte contra mi oreja, su mano acariciando mi culo posesiva pero tierna. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas de más noches. "Yoda dont try do, ¿eh?" murmuré, riendo bajito. Él me besó la frente. "Así es, reina. No intentamos, lo hicimos chingón."
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de la vida, de volver a vernos. No era solo un polvo; había conexión, esa chispa mexicana de pasión real. Al salir, el sol pintaba el cielo de rosas y naranjas, y supe que esa noche había cambiado algo en mí. Ya valió, Yoda tenía razón: dont try do.