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Cada Cuando Debo Inyectarme Bedoyecta Tri En Tus Labios

6685 palabras

Cada Cuando Debo Inyectarme Bedoyecta Tri En Tus Labios

El sol de la tarde en Guadalajara te pega fuerte cuando entras a la clínica privada en la Zona Rosa. El aire acondicionado te recibe como un beso fresco, y el olor a desinfectante mezclado con jazmín te hace suspirar. Llevas semanas jodido de cansancio, el trabajo en la oficina te tiene hecho mierda, y un carnal te recomendó Bedoyecta Tri para recargar pilas. "Es lo chido, carnal, te pone como toro", te dijo. Así que aquí estás, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.

La recepcionista te pasa a la sala de consultas, y de pronto, ella aparece. Ana, dice su placa. Enfermera con curvas que no mienten, bata blanca ceñida que deja ver el escote justo lo necesario para que imagines el resto. Pelo negro suelto, ojos cafés que te clavan como si ya supiera todos tus secretos. "Pásale, guapo", te dice con esa voz ronca, mexicana de pura cepa, que te eriza la piel. Te sientas en la camilla, y ella se acerca, guantes puestos, la jeringa lista con la Bedoyecta Tri brillando bajo la luz.

—Tranquilo, no duele nada —murmura, su aliento cálido rozándote el cuello mientras te sube la manga de la camisa—. Respira hondo.

Tú obedeces, inhalando su perfume, dulce como mango maduro. La aguja pica un segundo, un ardor chiquito que se expande como fuego lento por tu vena. Pero sus dedos, ay sus dedos, te aprietan el brazo suave, masajeando después para que el suero se esparza. Sientes el calor subir, no solo del medicamento, sino de su roce. ¿Qué pedo con esta morra?, piensas, mientras tu verga da un brinco traicionero en los pantalones.

—Listo. ¿Cómo te sientes? —pregunta, quitándose los guantes despacio, como si quisiera que vieras sus uñas rojas.

—Mejor ya, gracias —respondes, voz ronca—. ¿Cada cuándo debo inyectarme Bedoyecta Tri para que dure?

Ella sonríe, labios carnosos que se curvan pícaros. "Una vez por semana, mi rey. Pero si sientes que necesitas más... ya sabes dónde estoy". Te guiña el ojo y te despide con una palmada en el hombro que quema más que la inyección.

Esa noche, en tu depa en Providencia, el efecto te pega cabrón. Energía pura, como si hubieras tomado un litro de café con tequila. Te masturbas pensando en ella, en cómo sus tetas se movían al inyectarte, en el olor de su piel.

Pinche enfermera, me va a volver loco
, te dices, corriéndote fuerte con su nombre en la mente.

Una semana después, regresas. No por cansancio, sino por ella. La clínica huele igual, pero ahora percibes su esencia en el aire. Ana te espera, misma bata, pero hoy con un escote más profundo. "Volviste rápido, ¿eh? ¿Tan mal estabas?" te provoca, mientras prepara la jeringa.

Te recargas en la camilla, camisa desabotonada hasta el pecho. Ella se acerca más, su cadera roza tu muslo accidentalmente. O no tan accidental. La aguja entra suave, el pinchazo es placer puro ahora, porque sus ojos no te sueltan. Masajea más tiempo, dedos bajando por tu bíceps, rozando el pezón. Sientes su calor entre las piernas, el pulso acelerado latiendo en tu verga dura como piedra.

Bedoyecta Tri es lo máximo, ¿verdad? Te pone a full —dice, voz baja, como secreto entre amantes.

—Sí, pero tú lo haces mejor —te atreves a soltar, y ella ríe, un sonido gutural que te moja los huevos.

Los días siguientes son tortura. Le mandas mensajes por WhatsApp, fingiendo dudas médicas. "¿Cada cuándo debo inyectarme Bedoyecta Tri si el estrés no para?", le preguntas. Ella responde con emojis de fuego: "Ven cuando quieras, papi. Te espero". La tensión crece, sueñas con arrancarle la bata, lamer su sudor salado, hundirte en ella hasta el fondo.

Al tercer regreso, la puerta se cierra con clic definitivo. Nadie más en la clínica, turno tarde. Ana te mira diferente, hambrienta. "Ya no aguanto, cabrón. Desde la primera vez te quiero", confiesa, tirando la jeringa a la mesa. Sus manos te desabotonan la camisa, uñas arañando tu pecho. Tú la jalas por la cintura, sintiendo sus curvas blandas contra ti. Huele a vainilla y deseo, su boca sabe a chicle de tamarindo cuando la besas.

La camilla cruje bajo su peso mientras la sientas encima. Le quitas la bata, tetas perfectas saltan libres, pezones duros como balas. Los chupas, mordisqueando suave, oyendo sus gemidos roncos: "¡Ay, sí, muerde, pinche rico!". Sus manos bajan tu zipper, sacan tu verga palpitante, la aprietan con maestría. Qué chingona, sabe lo que hace, piensas, mientras ella se la mama entera, lengua girando en la cabeza, saliva caliente chorreando.

La volteas, poniéndola a cuatro patas sobre la camilla. Su culo redondo te llama, panocha mojada brillando, olor almizclado que te enloquece. Le metes dos dedos, siente lo apretada y caliente que está. "Cógeme ya, no seas pendejo", ruega, meneando las nalgas. Empujas despacio, centímetro a centímetro, su coño te aprieta como guante de terciopelo húmedo. Gimes los dos, piel sudada chocando con palmadas rítmicas, el slap-slap llenando la sala.

La coges fuerte, profundo, sus paredes contrayéndose alrededor de tu verga. Ella gira la cabeza, ojos vidriosos: "¿Cada cuándo debo inyectarme Bedoyecta Tri? Todos los días si es contigo", jadea entre thrusts. Ríes, la volteas boca arriba, piernas en tus hombros. La miras a los ojos mientras la revientas, clítoris hinchado frotándose contra tu pubis. Sus uñas te clavan la espalda, olor a sexo puro invadiendo todo.

El clímax se acerca como tormenta. Sientes sus contracciones primero, ella grita "¡Me vengo, cabrón, no pares!", coño ordeñándote. Tú explotas dentro, chorros calientes llenándola, pulsos interminables. Colapsan juntos, sudor pegajoso, respiraciones entrecortadas. Su piel sabe a sal cuando la besas el cuello, el corazón latiéndole contra tu pecho.

Después, recostados en la camilla deshecha, ella acaricia tu brazo donde va la inyección. "En serio, una vez por semana. Pero para lo nuestro... todos los días si quieres", susurra, dedo trazando tu verga semi-dura. Tú sonríes, sabiendo que volverás. No por vitaminas, sino por esta adicción nueva, más potente que cualquier Bedoyecta Tri.

El sol se pone afuera, tiñendo la ventana de naranja. Sales de la clínica con piernas flojas, pero alma recargada. Pinche vida chida, piensas, silbando rumbo a casa, ya planeando la próxima "dosis".

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