Es Malo Hacer un Trio Pero Tan Sabroso
Estás recostado en el sofá de tu depa en la Roma, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Sofia, tu morra, se acurruca a tu lado, su piel tibia rozando la tuya bajo la playera holgada que se le sube un poco por el muslo. Llevan meses juntos, y esta noche, después de unas chelas frías, la plática se pone calientita. Ella te mira con esos ojos cafés que brillan como luces de neón en Insurgentes, y suelta una risita nerviosa.
¿Es malo hacer un trío, amor? Solo lo digo porque... no sé, siempre lo he imaginado.
Sus palabras te caen como un balde de agua fría y caliente al mismo tiempo. Sientes un cosquilleo en el estómago, el corazón latiéndote más rápido. No mames, piensas, ¿en serio? Sofia es la típica chilanga preciosa: curvas que matan, cabello negro largo y una sonrisa que te desarma. Han probado cositas en la cama, pero un trío... eso es otro nivel. El aroma de su perfume, mezclado con el sudor ligero de la noche húmeda de la ciudad, te envuelve. Le das un beso en el cuello, saboreando la sal de su piel, y murmuras:
—No es malo si los dos lo queremos, mi reina. ¿Con quién lo harías?
Ella se sonroja, pero no se echa para atrás. Nombra a Pedro, tu cuate de la uni, el wey alto y atlético que siempre anda con su vibe relajada y un tatuaje en el brazo que dice carpe diem. Pedro es buen onda, soltero y discreto. Le mandas un mensajito rápido: Wey, ¿vienes pa'cá? Trae tequila. Diez minutos después, el timbre suena, y ahí está él, con una botella de Don Julio en la mano y una sonrisa pícara.
La noche arranca tranquis. Ponen cumbia rebajada en el Spotify, el ritmo suave llenando el depa como una caricia. Se sientan en el piso, sobre una alfombra mullida, pasando el trago. El tequila quema la garganta, dulce y ahumado, mientras las risas fluyen. Sofia se relaja, su pierna rozando la tuya y luego la de Pedro accidentalmente. Sientes la tensión en el aire, espesa como el humo de un cigarro olvidado. Tus dedos juguetean con el borde de su falda corta, subiéndola un poquito, y ella no se queja. Pedro lo nota, sus ojos se clavan en sus muslos bronceados.
—Es malo hacer un trío, dice ella de repente, como si leyera tu mente, pero su voz sale ronca, cargada de deseo. —Pero chingado, se siente bien pensarlo.
Te ríes, el pulso acelerado. La música sube de volumen, y Sofia se para a bailar, moviendo las caderas como en un antro de Polanco. Tú y Pedro la miran, hipnotizados. Su blusa se pega a sus tetas por el calor, los pezones marcándose apenas. Te levantas, la abrazas por detrás, tu verga ya medio dura presionando contra su culo firme. Pedro se acerca por el frente, y ella no retrocede. Sus manos en su cintura, las tuyas en sus hombros. El roce de pieles es eléctrico, sudor mezclándose, el olor a arousal empezando a perfumar el cuarto.
La besas en la boca, profundo, lengua explorando su sabor a tequila y menta. Pedro besa su cuello, y ella gime bajito, un sonido que te pone a mil. Esto está pasando de veras, piensas, el corazón retumbando en tus oídos. Sus manos bajan a tu pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos de excitación. Pedro hace lo mismo, y pronto están los tres semidesnudos, respiraciones agitadas sincronizándose con la cumbia.
La llevas al cuarto, la cama king size esperando con sábanas frescas de algodón egipcio. Sofia se tumba, abriendo las piernas invitadora. Su coño depilado brilla húmedo bajo la luz tenue de la lámpara. Tú te arrodillas primero, lamiendo despacio, saboreando su jugo salado y dulce, como mango maduro. Ella arquea la espalda, gimiendo ¡ay, cabrón!, sus uñas clavándose en tu cabeza. Pedro se pone al lado, chupando sus tetas, los labios rojos succionando pezones duros como piedras.
El cuarto huele a sexo puro: sudor, lubricante natural, un toque de colonia de Pedro. Sientes su verga dura rozando tu brazo mientras cambias turnos. Sofia te jala hacia arriba, montándote como una amazona. Su coño apretado te envuelve, caliente y resbaloso, subiendo y bajando con ritmo experto. Cada embestida hace un sonido chapoteante, piel contra piel, sus nalgas rebotando contra tus muslos. Pedro se arrodilla frente a ella, y ella lo mama con ganas, labios estirados alrededor de su pija gruesa, saliva goteando.
—¡Sí, así, weyes! No paren, jadea ella, voz entrecortada.
Cambian posiciones, la tensión subiendo como el volcán en erupción. Pedro la coge por atrás, doggy style, mientras tú estás debajo, lamiendo su clítoris hinchado. Sientes su verga entrando y saliendo cerca de tu lengua, el roce accidental mandándote chispas. Sofia tiembla, sus muslos apretando tu cabeza, el olor de su excitación embriagador. Grita, un orgasmo la sacude, coño contrayéndose, jugos chorreando por tu barbilla.
Aún no terminas. La pones de lado, tú por delante follándola lento, profundo, sintiendo cada vena de tu verga rozando sus paredes internas. Pedro entra por atrás, lubricados con su propio saliva y el gel que trajiste. Doble penetración, ella en el medio como reina. Gime descontrolada, ¡me van a partir, pendejos deliciosos! El estiramiento la vuelve loca, cuerpos sudados pegándose, el slap-slap-slap resonando. Tus bolas chocan contra las de él, ritmo perfecto, como si hubieran ensayado.
El clímax se acerca. Sientes el calor subiendo por tu espina, bolas tensas. Sofia se aprieta más, otro orgasmo la hace convulsionar. Pedro gruñe primero, corriéndose dentro de su culo con un chorro caliente que sientes vibrar. Tú explotas segundos después, llenándola de leche espesa, pulsos interminables. Ella chilla, el placer multiplicado, uñas arañando sábanas.
Caen exhaustos, un enredo de piernas y brazos. El cuarto apesta a semen, sudor y satisfacción. Sofia besa a ambos, lengua perezosa. Pedro se ríe bajito:
—No es tan malo hacer un trío, ¿verdad?
Tú asientes, acariciando su cabello revuelto. El afterglow es puro éxtasis: pulsos calmándose, pieles enfriándose, el zumbido del aire acondicionado como arrullo. Sofia se acurruca entre ustedes, susurrando:
—Fue chido, amor. Pero la próxima, yo elijo al tercero.
Te duermes así, con el sabor de ella en la boca y el eco de gemidos en los oídos, sabiendo que cruzaron una línea deliciosa y no hay vuelta atrás. La ciudad duerme afuera, pero en tu depa, el fuego apenas empieza.