Todos Probamos con Frank Ocean
La noche en mi depa de la Roma estaba perfecta, con esa vibra chida que te envuelve como una cobija suave. Las luces tenues del foco de pared pintaban todo de dorado, y el aire traía el olor fresco de las gardenias que compré en el mercado esa mañana. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, con mi pelo negro suelto cayendo por la espalda, me recargaba en el sofá de terciopelo gris, viendo a mi carnal, Alex, trajinar en la cocina. Llevábamos seis meses juntos, y cada día era como descubrir un pedacito nuevo del otro. Él, con su playera ajustada que marcaba los músculos del pecho, ponía la playlist en el Spotify mientras servía los tacos de arrachera que había marinado con chile de árbol y limón.
Órale, qué rico huele todo, pensé, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago que no era solo por la comida. Alex se acercó con los platos, su sonrisa pícara iluminando la habitación. "Prueba esto, mi reina", dijo, rozando mi labio con el tenedor. El sabor explotó en mi boca: jugoso, picante, con ese toque ahumado que me hacía cerrar los ojos. Mastiqué despacio, saboreando no solo la carne, sino la forma en que sus ojos me devoraban.
Después de comer, nos echamos en el sofá, y él conectó el Bluetooth al bocina. La voz de Frank Ocean llenó el aire, suave como caricia de seda. "Nights", empezó a sonar, esa rola que siempre me pone la piel chinita. Alex me jaló hacia él, su mano grande en mi muslo, subiendo lento por el short de mezclilla. "Sabes, Karla, todos probamos cosas nuevas en la vida", murmuró contra mi oreja, su aliento caliente oliendo a tequila reposado. "We all try, como dice Frank Ocean en sus vibes". Reí bajito, sintiendo el calor subir por mi vientre. ¿De dónde sacaba esas frases? Pero me lateaba, porque sí, todos probamos, y esa noche yo quería probarlo todo con él.
El deseo empezó como una chispa: sus labios en mi cuello, mordisqueando suave, haciendo que mi pulso se acelerara. Lo empujé un poquito, juguetona. "Pendejo, no tan rápido", le dije riendo, pero mi cuerpo ya decía otra cosa. Me levanté, lo tomé de la mano y lo llevé al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas blancas crujientes, y el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de nuestro sudor incipiente.
¿Y si esta noche probamos algo diferente? Algo que nos vuele la cabeza.
Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas libres bajo el bra de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron, y se acercó, sus manos ásperas de tanto gym rozando mi piel suave. "Estás de la verga, Karla", gruñó, bajando la cabeza para lamer mi pezón. El toque de su lengua fue eléctrico: húmedo, caliente, haciendo que un gemido se me escapara. Olía a su colonia mezclada con el sudor fresco, ese aroma macho que me enloquece.
Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el tequila y el chile residual. Lo desvestí, mis uñas arañando su espalda mientras bajaba los bóxers. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor irradiar, el pulso rápido bajo mi palma. "Me late probarte así", susurré, arrodillándome. Él jadeó cuando mis labios la rodearon, chupando lento al principio, saboreando la sal de su piel, el gusto almizclado que me hacía mojarme entre las piernas.
Pero no quería que terminara ahí. Lo empujé a la cama, montándome encima. Frank Ocean seguía sonando bajito, ahora "Thinkin Bout You", esa letra que habla de anhelos profundos. Todos probamos, repetí en mi mente, mientras me quitaba el short y las calzas, exponiendo mi panocha depilada, ya brillante de jugos. Alex me miró como si fuera un manjar, sus manos abriendo mis muslos. "Déjame probarte yo", pidió, y su lengua se hundió en mí.
¡Chingado! El placer fue una ola: su boca succionando mi clítoris, lengua girando, dedos entrando y saliendo con ritmo. Sentía cada roce como fuego, mi espalda arqueándose, los sonidos húmedos mezclándose con la música. Olía a sexo puro, a mi arousal dulce y salado. Gemí fuerte, agarrando su pelo. "¡No pares, cabrón!" Mi primer orgasmo me sacudió, piernas temblando, visión borrosa, un grito ahogado escapando.
Pero la tensión no bajaba. Quería más, algo que nos uniera más profundo. "Vamos a probar de otra forma", le dije, volteándome a cuatro patas, ofreciéndole mi culo. Él dudó un segundo, pero vio mi mirada de pura lujuria. Sacó el lubricante del cajón –lo habíamos comprado juntos la semana pasada, riéndonos nerviosos–. Vertió generoso, sus dedos masajeando mi entrada trasera, abriéndome lento. El frío del lube contrastaba con el calor de sus dedos, y yo empujaba contra él, ansiosa.
Esto es nuevo, pero chingón. Todos probamos, ¿no? Frank Ocean nos da la vibe, pensé, mientras su verga presionaba. Entró poquito a poco, el estiramiento ardiente pero delicioso, llenándome como nunca. Gruñí, ajustándome, y él se quedó quieto, acariciando mi clítoris para distraerme del dolor inicial. Pronto, el dolor se volvió placer puro: embestidas lentas, profundas, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas suaves. Sudábamos, piel resbalosa, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el slap-slap rítmico.
La intensidad subía. Él aceleró, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mis tetas. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, sintiendo el orgasmo build-up como una tormenta. "¡Más fuerte, Alex! ¡Dame todo!" rugí, y él obedeció, follando mi culo con pasión animal. La música de Frank Ocean parecía pulsar con nosotros, "Self Control" ahora, voz etérea envidiando nuestro éxtasis. Mi mente era un torbellino: todos probamos, y esto era probar el paraíso.
Exploté primero, un orgasmo anal que me dejó temblando, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos. Él no aguantó: con un rugido gutural, se corrió dentro, caliente, llenándome, su cuerpo colapsando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, respiraciones entrecortadas, pieles brillantes de sudor. El olor era intenso: semen, lubricante, nuestros fluides mezclados, embriagador.
Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas. Alex me besó la frente, su mano trazando círculos en mi espalda. "Eso fue la neta, mi amor. We all try Frank Ocean style", bromeó, y reímos bajito. Frank Ocean seguía sonando, "Ivy" ahora, hablando de amores complicados pero reales. Sentí una paz profunda, empoderada por haber explorado, por haber confiado.
Me giré hacia él, saboreando el beso lento, post-sexo, lleno de ternura. "Siempre probaremos juntos", murmuré, y supe que era verdad. La noche nos mecía, con la promesa de más pruebas, más placeres, en esta vida chida que construíamos. El pulso se calmaba, pero el fuego interior ardía eterno.