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Inténtalo de Nuevo Falla de Nuevo Falla Mejor

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Inténtalo de Nuevo Falla de Nuevo Falla Mejor

La brisa cálida de la tarde en la Condesa entraba por la ventana entreabierta, trayendo el aroma a tacos de suadero de la esquina y el lejano bullicio de la avenida. Yo, Ana, me recosté en la cama mullida de nuestro depa, con el corazón latiéndome fuerte mientras veía a Luis quitarse la playera sudada después de su partidazo de fut con los cuates. Sus músculos bronceados brillaban bajo la luz dorada, y esa mirada traviesa que me ponía la piel chinita desde el primer día que nos conocimos en la uni.

Neta, hoy vamos a intentarlo de una vez, pensé, mordiéndome el labio. Habíamos platicado semanas sobre probar algo nuevo, algo que nos sacara de la rutina chida pero predecible de nuestros revolcones. Nada loco, solo edging: aguantar el orgasmo lo más que se pudiera, jugar con el fuego hasta que explotáramos juntos. Luis lo había leído en un libro gringo de tantra que compró en Gandhi, y yo me reí al principio, pero la idea me prendió como yesca. Queremos sincronizarnos, wey, le dije esa mañana mientras desayunábamos chilaquiles.

Él se acercó gateando por la cama, su aliento fresco a menta rozándome el cuello. "¿Lista, morra?" murmuró, su voz ronca como gravel, mientras sus manos grandes y callosas subían por mis muslos desnudos bajo el short de pijama. Sentí el calor de sus palmas, ásperas por el trabajo en la constructora, contrastando con la suavidad de mi piel recién depilada. Olía a él: sudor limpio mezclado con su colonia barata de La Comer, que me volvía loca.

Asentí, jalándolo para un beso profundo. Nuestras lenguas bailaron lento, saboreando el leve dulzor de las gomitas que comió antes. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, pellizcando mis pezones ya duros como piedras. Un gemido se me escapó, vibrando en su boca. Bajó besos por mi clavícula, lamiendo el salado de mi piel, hasta llegar a mi panocha, que ya palpitaba empapada.

"Despacio, carnal", susurré, recordándole el plan. Él sonrió contra mi vientre, sus dientes rozando juguetones. Se quitó el bóxer, liberando su verga tiesa, venosa, con esa gota perlada en la punta que me hacía agua la boca. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La acaricié despacio, de arriba abajo, viendo cómo se ponía más roja, más gruesa.

Acto primero del juego: yo lo pajearía hasta el borde, y él me metería los dedos hasta que rogáramos. Empecé con movimientos firmes, mi pulgar frotando la cabeza sensible. Luis gruñó, sus caderas empujando instintivo. Ya está al borde, vi en sus ojos vidriosos. De repente, su cuerpo se tensó, y ¡pum! chorros calientes salpicaron mi mano y su abdomen. "¡Puta madre, Ana!" jadeó riendo, frustrado pero cachondo. Yo me carcajeé, lamiendo un poco de su leche salada de mis dedos. "Fallaste, pendejo. Pero qué rico sabe."

No nos rendimos. Limpio el desmadre con toallitas húmedas que olían a aloe, volvimos al ataque. Ahora él al mando. Me abrió las piernas como alas de mariposa, su aliento caliente en mi concha hinchada. Su lengua plana lamió desde el clítoris hasta el ano, saboreando mis jugos dulces y cremosos. ¡Chingado, qué chido! Mis caderas se arquearon solas, el sonido húmedo de su chupada llenando la habitación junto a mis jadeos. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, masajeando rítmico. El placer subía como ola, mi vientre contrayéndose, el olor almizclado de mi excitación impregnando el aire.

"¡Para, Luis! ¡Me vengo!" grité, pero él no soltó, y exploté en su boca, chorros calientes mojando las sábanas. Mi cuerpo tembló como hoja, visión borrosa, gusto metálico en la lengua. Él levantó la cara, barbilla brillante, sonriendo triunfante. "Tú también fallaste, mi amor."

Nos miramos, sudados y riendo a carcajadas, abrazados enredados. El sol ya se ponía, tiñendo todo de naranja. "¿Qué pedo? Somos unos mamones", dijo él, besándome la frente. Recordé el libro que leí de Beckett en la carrera de letras.

Try it again fail again fail better
, murmuré en inglés, acariciando su pecho velludo. Luis arqueó la ceja. "¿Qué? " Se lo expliqué entre besos: intentar de nuevo, fallar mejor. "Órale, pues ni modo. Vamos por el segundo round, pero esta vez aguantamos más."

El medio acto escaló el fuego. Nos untamos aceite de coco que compramos en el súper orgánico, sus manos resbalosas masajeando mis tetas, pezones erectos deslizándose entre sus dedos. Yo lo monté despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía rico, paredes vaginales apretándolo como guante. Cabalgamos lento, sintiendo cada vena, cada pulso. Sudor goteaba de su frente a mi escote, salado en mi lengua cuando lo lamí.

No te vengas todavía, me ordené mentalmente, clavando uñas en sus hombros anchos. Él gemía bajito, "¡Qué apretada estás, pinche diosa!", sus manos amasando mis nalgas. Cambiamos a misionero, piernas enredadas, besos fieros con dientes mordiendo labios. El colchón crujía rítmico, mezclándose con palmadas de piel contra piel, húmedas y sonoras. Su verga golpeaba profundo, rozando mi cervix en chispazos eléctricos. El aroma a sexo puro nos envolvía: almizcle, sudor, coco dulce.

Esta vez duramos más. Yo sentía la presión building, coño palpitando alrededor de él, clítoris frotándose en su pubis peludo. "¡Aguanta, wey!" jadeé, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, deteniéndose inmóvil dentro de mí, nuestros corazones tronando al unísono. Reanudamos, más lento, torturándonos. Falla mejor, pensé, recordando la frase. Sus bolas se tensaron contra mi culo, mi orgasmo acechando como tormenta.

Pero fallamos otra vez, aunque mejor. Él se vino primero, llenándome con chorros calientes que desbordaron, resbalando pegajosos por mis muslos. El calor me empujó al borde, y yo lo seguí segundos después, contrayéndome en espasmos que ordeñaron su verga. Gritos ahogados, cuerpos arqueados pegados, temblando en éxtasis compartido casi perfecto.

Acto final: el afterglow nos envolvió como manta suave. Yacimos jadeantes, piernas entrelazadas, su semen goteando lento de mi panocha satisfecha. Besos perezosos, lenguas lánguidas saboreando el sudor mutuo. El cuarto olía a nosotros, a victoria imperfecta. "Neta, fue chingón", murmuró él, trazando círculos en mi espalda. Yo sonreí contra su cuello. Try it again fail again fail better, repetí en voz baja, riendo suave. "La próxima, carnal, lo clavamos perfecto."

Nos quedamos así hasta que la noche cayó, con promesas susurradas y caricias que prometían más intentos. En la oscuridad, su mano en mi cadera, supe que cada falla nos acercaba más, al placer supremo, al amor que no se rinde.

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