Relatos Eroticos
Inicio Trío La Ciencia Se Enamoró Así Que Intenté Probarlo Con Mi Cuerpo La Ciencia Se Enamoró Así Que Intenté Probarlo Con Mi Cuerpo

La Ciencia Se Enamoró Así Que Intenté Probarlo Con Mi Cuerpo

6785 palabras

La Ciencia Se Enamoró Así Que Intenté Probarlo Con Mi Cuerpo

Estaba en el laboratorio de la UNAM, rodeada de tubos de ensayo y computadoras parpadeando con gráficos de ondas cerebrales. El aire olía a desinfectante mezclado con el café quemado que siempre preparaba el doc. Yo, Ana, investigadora de neurociencia, con mi bata blanca ceñida que marcaba mis curvas sin querer. Y ahí estaba él, Carlos, el físico guapísimo con ojos cafés intensos y una sonrisa que me hacía latear el corazón como tamborazo en fiesta.

—Órale, Ana, ¿y si la ciencia se enamoró así que intenté probarlo? —me dijo un día, riendo mientras ajustaba el electroencefalógrafo. Era su chiste recurrente, sacado de ese anime que tanto le gustaba. Neta, cada vez que lo oía, sentía un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente negaba: atracción pura, química innegable.

Yo lo miré, mordiéndome el labio. —Science fell in love so I tried to prove it, contesté en inglés, guiñándole el ojo. Él se acercó, su aliento cálido con olor a menta rozando mi oreja. —Pues probémoslo de una vez, mamacita. Midamos variables reales.

El deseo empezó así, sutil, como una hipótesis que se arma en la cabeza. Nuestras manos se rozaron al pasar un beaker, y sentí su piel áspera, callosa de tanto teclear ecuaciones. El laboratorio se vació esa tarde, solo quedamos nosotros dos, con el zumbido de los ventiladores y el tic-tac de los relojes atómicos marcando el pulso acelerado.

Neta, ¿qué pedo con este wey? Mi pulso sube a 120, piel erizada, y entre las piernas ya siento esa humedad traicionera. ¿Es feromonas? ¿Dopamina? O nomás quiero que me bese hasta ahogarme.

Acto uno de nuestro experimento: lo invité a mi depa en Coyoacán, con sus calles empedradas y olor a churros fritos flotando en el aire. Preparamos el setup científico: electrodos en el pecho para medir latidos, un termómetro infrarrojo para fiebre de deseo, y un frasco para saliva —para hormonas, claro. Reíamos nerviosos, pero el aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta en el DF.

—Hipótesis cero: el amor es solo ilusión química —declaró él, quitándose la playera. Su pecho moreno, musculoso de tanto correr en el Bosque de Chapultepec, brillaba bajo la luz tenue de mi lámpara. Yo tragué saliva, probando el sabor salado de mi propia anticipación.

Me acerqué, mis dedos temblorosos pegando los parches en su piel. Tocarlo era eléctrico: cálido, firme, con vello suave que raspaba mis yemas. Él hizo lo mismo conmigo, deslizando la bata por mis hombros. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedritas, y él jadeó. —¡Mira nomás, Ana! Tu temperatura subió dos grados. Qué chingón.

Nos besamos por primera vez. Sus labios carnosos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila reposado que habíamos compartido. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello negro revuelto. El beso escaló: chupetones en el cuello que olían a su colonia cítrica, manos explorando. Él apretó mi culo redondo, amasándolo como masa de tamal, y yo arañé su espalda, sintiendo músculos contraerse bajo mis uñas.

En el colchón king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, pasamos al acto dos. La escalada fue gradual, deliciosa tortura. Primero, caricias científicas: yo tracé su pecho con pluma, midiendo escalofríos. —Gráfico muestra picos de placer —murmuró él, voz ronca. Luego, besos descendentes. Lamí su ombligo, probando sal de su sudor fresco, mientras él gemía órale, carnala.

Mi concha palpitaba, mojada como pozole hirviendo. Él se arrodilló, separando mis muslos con manos expertas. El primer roce de su lengua fue fuego: plana, caliente, lamiendo mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación almizclada, dulce como mango maduro. —¡Carlos, pendejo, no pares! —supliqué, caderas arqueándose. Él sorbió, chupó, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos ahogados mezclados con su gruñido de placer.

¡La chingada ciencia! Esto no es ecuación, es explosión nuclear. Mi mente grita datos: endorfinas al tope, oxitocina fluyendo. Pero mi cuerpo solo quiere su verga dentro, rompiéndome en pedazos.

Lo volteé, queriendo control. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, cabeza morada reluciente de pre-semen. La olí, almizcle masculino puro, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salobre. Él se tensó, manos en mi pelo. —¡Ana, ricura, me vas a matar! — Tronó su voz, caderas empujando suave. La chupé hondo, garganta relajada, sintiendo latir en mi boca. Babas corrían por mi barbilla, pero no paré, hasta que él me jaló arriba.

Posición misionera primero, clásica para datos precisos. Me penetró lento, centímetro a centímetro. Su grosor me estiró delicioso, llenándome hasta el fondo. Grité, uñas clavadas en sus hombros. —¡Sí, wey, así! — El roce era perfecto: cada embestida frotaba mi clítoris interno, su pubis peludo raspando el mío. Sudábamos, pieles pegajosas chocando con palmadas rítmicas, olor a sexo crudo impregnando el cuarto.

Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en charrería. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Reboté fuerte, concha apretándolo como puño, sintiendo bolas contra mi culo. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordisqueando areolas. El clímax se acercaba: mi vientre contraído, visión borrosa, oídos zumbando con nuestros gemidos sincronizados.

Acto tres: la liberación. —¡Me vengo, Carlos! —grité, mientras ondas de placer me sacudían. Mi concha se contrajo en espasmos, ordeñándolo, jugos calientes empapando sus bolas. Él rugió, ¡Ana, chula!, y se corrió dentro, chorros calientes pintando mis paredes internas. Colapsamos, jadeantes, su verga aún palpitando semi-dura en mí. El afterglow fue puro: pieles pegadas, sudor enfriándose, besos lánguidos con sabor a nosotros mismos.

Después, recostados, revisamos datos ficticios en mi mente. —Hipótesis confirmada —dijo él, acariciando mi pelo–. La ciencia se enamoró, y lo probamos con el cuerpo. Neta, no hay fórmula que mida esto.

Al final, no era solo ciencia. Era amor, carnal, mexicano, con todo y su desmadre. Y yo, lista para más experimentos eternos con este pendejo que me roba el aliento.

Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con el aroma persistente de nuestro clímax flotando como promesa de noches futuras. La ciencia había caído, y nosotros con ella.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.