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Los Tri O Boleros en la Piel

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Los Tri O Boleros en la Piel

La noche en el bar de la colonia Roma olía a mezcal ahumado y a jazmín de los manteles. Yo, Ana, acababa de mandarlo todo al carajo con mi ex, ese pendejo que no sabía ni cómo hacerme vibrar. Me senté en la barra con un tequila reposado, dejando que el hielo tintineara contra el cristal mientras las luces tenues bailaban en mis ojos. De pronto, el escenario se iluminó y empezaron ellos: Los Tri O Boleros. Tres weyes con camisas de lino abierto hasta el pecho, guitarras en mano y voces que parecían caricias roncas.

Su primer bolero fue "Sabor a Mí", pero lo cantaron con un twist que me erizó la piel. Javier, el del centro, con ojos negros como el obsidiana y barba recortada, lideraba con esa voz grave que te cala hasta los huesos. Miguel, a la izquierda, más delgado y con sonrisa pícara, rasgueaba la guitarra como si estuviera acariciando un cuerpo. Y Raúl, el moreno fornido de la derecha, con tatuajes asomando por las mangas, armaba el bajo con dedos gruesos que imaginaba en mi cintura. Neta, qué chingones, pensé, mientras el humo del cigarro vecino se mezclaba con su colonia varonil, un aroma a madera y cuero que me hacía apretar los muslos.

¿Y si me acerco? ¿Y si dejo que esta noche me cambie el juego? Hace meses que no siento un cosquilleo así, como si mi concha se despertara de un letargo.

El set terminó con aplausos y yo no pude más. Me paré, mi vestido negro ceñido rozando mis curvas, y caminé hacia ellos con el corazón latiéndome en la garganta. "Órale, carnales, qué pedo con esas voces. Me dejaron mojadita el alma", les dije riendo, con ese tono juguetón que uso cuando quiero algo. Javier me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios. "Ven, preciosa, platiquemos atrás. ¿Te late un trago con nosotros?"

Acto uno del fuego: la invitación. Nos fuimos a una mesita reservada, rodeados de velas que parpadeaban sombras en sus rostros. El tequila fluía, las risas se soltaban como promesas. Hablamos de boleros, de amores pasados, de cómo esas canciones son puro sexo disfrazado de nostalgia. Miguel me tomó la mano, rozando mi palma con el pulgar. "Tú tienes fuego, Ana. Se nota en cómo mueves las caderas al ritmo". Raúl se acercó por el otro lado, su aliento cálido en mi cuello. "Y nosotros somos Los Tri O Boleros, pero esta noche podemos ser solo tres hombres para ti". Mi pulso se aceleró, el calor subiendo por mi vientre. Consiento, carajo, lo quiero todo.

Salimos del bar, el aire fresco de la noche mexicana golpeándonos la cara, con olor a tacos callejeros y lluvia lejana. Subimos a su camioneta, Javier al volante, yo en medio con Miguel y Raúl flanqueándome. Sus manos ya exploraban: una en mi muslo, la otra en mi nuca, masajeando. "Vamos a mi depa en Polanco, ahí seguimos la fiesta", murmuró Javier. El camino fue un preludio, besos robados, lenguas danzando al ritmo de un bolero que pusieron en la radio. Sentí sus erecciones presionando contra mí, duras como promesas.

En el departamento, luces bajas y un tocadiscos con vinilos de boleros clásicos. "Bésame Mucho" empezó a sonar mientras Javier me quitaba el vestido, sus labios trazando mi clavícula. Olía a su sudor limpio, a deseo crudo. Miguel se arrodilló, besando mis pechos, chupando mis pezones hasta que gemí alto. "Qué rico, wey, no pares". Raúl me cargó al sofá, su cuerpo pesado y fuerte encima mío, frotándose contra mi humedad. Esto es mío, lo elijo yo, lo deseo con todo.

La tensión crecía como una ola. Javier sacó lubricante y condones del cajón, todo listo, todo consensuado. "Dinos qué quieres, reina", dijo, y yo, empoderada, respondí: "Los tres, cabrones. Fóllenme como en un bolero: lento, profundo, eterno". Empezaron despacio, Javier penetrándome primero mientras yo chupaba a Miguel, su verga gruesa y venosa llenándome la boca con sabor salado. Raúl lamía mi clítoris, su lengua experta haciendo círculos que me hacían arquear la espalda. Sonidos: mis jadeos, sus gruñidos, el slap de piel contra piel, el bolero de fondo como banda sonora erótica.

El calor era intenso, sus cuerpos sudorosos pegándose al mío, olores mezclados de sexo y colonia. Cambiamos posiciones: yo cabalgando a Raúl, su polla enorme estirándome deliciosamente, mientras Javier me tomaba por atrás, anal lento y lubricado, doble penetración que me hacía gritar de placer. Miguel en mi boca, tres ritmos sincronizados como su música.

¡Pinche paraíso! Cada embestida es un verso, cada gemido un acorde. Soy la reina de Los Tri O Boleros.
Sentía sus pulsos acelerados contra mi piel, mis paredes contrayéndose, el clímax building como tormenta.

La intensidad subía: Javier aceleró, "Me vengo, Ana, ¡órale!". Su semen caliente en el condón, vibrando dentro. Raúl gruñó, explotando conmigo, mi orgasmo explotando en oleadas que me dejaban temblando, jugos chorreando. Miguel último, eyaculando en mi boca mientras yo tragaba ansiosa, sabor amargo y dulce. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas, risas roncas.

El afterglow fue puro terciopelo. Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, besos suaves bajo el agua caliente. Secos, en la cama king size, pusieron otro bolero: "Contigo Aprendí". Javier me acunó, Miguel trazó patrones en mi espalda, Raúl besó mi frente. "Eres increíble, Ana. Vuelve cuando quieras", susurró Javier. Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo aún hormigueando.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me vestí. Ellos dormían, exhaustos y guapos. Salí al balcón, café en mano, oliendo a ciudad despertando: panaderías, cláxones lejanos. Los Tri O Boleros no solo cantan pasión, la viven. Y yo, carajo, la bailé entera. Bajé las escaleras con piernas flojas pero alma llena, sabiendo que esta noche había sido mi bolero personal: ardiente, consensual, inolvidable.

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