Pasión de Trios Huastecos
La noche en la Huasteca potosina vibra con el son huasteco. Tú estás en la fiesta del pueblo, rodeada de luces de bombillas colgadas en los ramales de los mezquites, el aire cargado del olor a carbón de las parrilladas y el dulce aroma del pulque fresco. Los trios huastecos tocan sin parar: la guitarra primera rasguea notas agudas que se clavan en el pecho, la jarana picotea ritmos juguetones y el huapanguero golpea con falsetes que erizan la piel. Tus pies zapatean solos sobre la loza pisada, el polvo se levanta en nubecillas que se pegan a tus piernas bronceadas bajo la falda floreada.
Te sientes viva, carnal. Hace meses que no sales, el trabajo en la ciudad te tiene atada, pero esta noche el son te despierta algo profundo, un calor que sube desde el vientre. Órale, qué chido estar aquí, piensas mientras giras, el sudor perlándote el escote. De pronto, unos brazos fuertes te rodean la cintura en el baile. Es él, Luis, alto y moreno, con sombrero de palma ladeado y camisa blanca abierta que deja ver el vello negro en su pecho. Sus ojos cafés te devoran con una sonrisa pícara.
Este vato me late cañón, con esa mirada que promete travesuras.
—¡Baila conmigo, morra! —grita sobre la música, su aliento cálido oliendo a mezcal.
Detrás de él aparece Rosa, su mujer, una huasteca de curvas generosas, cabello negro suelto y labios rojos que invitan al pecado. Ella ríe, pegándose a tu espalda, sus pechos suaves rozando tu omóplato. ¿Qué onda con esta pareja? Me están calentando sin tocarme apenas.
El trio huasteco acelera el son, los falsetes suben como gemidos. Bailan los tres, tú en medio, Luis delante guiando tus caderas con manos firmes, Rosa detrás moviendo las suyas contra tu trasero. El roce es eléctrico, la tela de sus jeans contra tu falda, el calor de sus cuerpos mezclándose con el tuyo. Sientes el pulso acelerado, el corazón latiéndote en las sienes, un cosquilleo húmedo entre las piernas.
La fiesta sigue, pero ellos te susurran al oído:
—Ven con nosotros a la casa, está cerquita. Seguimos la fiesta privada, con más trios huastecos —dice Rosa, su voz ronca rozándote la oreja.
Tú dudas un segundo, pero el deseo gana. ¿Por qué no? Todo se siente tan bien, tan consensual, tan mío. Asientes, y caminan los tres por el sendero empedrado, la música del trio quedando atrás pero resonando en tu cabeza como un latido.
La casa de ellos es un ranchito acogedor, con patio de lajas y hamacas tejidas. Encienden un equipo viejo que toca trios huastecos grabados, el sonido llena el aire fresco de la noche. Sirven pulque en jícaras, fresco y espumoso, sabe a maíz fermentado con un toque ácido que te sube el calor. Se sientan en las sillas de madera, tú en medio otra vez, las piernas de Luis rozando la tuya, la mano de Rosa en tu muslo.
—¿Te late el son huasteco? —pregunta Luis, sus dedos trazando círculos lentos en tu piel.
—Sí, carnal, me pone la piel chinita —respondes, tu voz temblando un poco.
Rosa se acerca, su perfume a jazmín mezclado con sudor natural. Te besa el cuello suave, un roce de labios que sabe a miel. Tú giras la cabeza, y sus bocas se encuentran: beso hondo, lenguas danzando como el zapateo del son. Luis observa, su respiración pesada, y se une, besándote la boca mientras Rosa lame tu oreja. Qué rico, dos bocas en mí, el mundo se reduce a esto.
La música sigue, un trio huasteco lento ahora, falsetes que suenan como susurros de amantes. Se levantan, bailan desnudos en el patio. Tus manos quitan la camisa de Luis, sientes los músculos duros bajo la piel salada, el olor masculino a tierra y esfuerzo. Rosa desata tu blusa, sus uñas rozando tus pezones que se endurecen al aire. Te quitas la falda, quedas en tanga, ellos ya en boxers que no ocultan su excitación.
El roce de pieles es fuego: el pecho velludo de Luis contra tus tetas, las nalgas redondas de Rosa en tus palmas suaves. Bailan pegados, el sudor lubricando todo, el sonido de jadeos mezclándose con la guitarra. Tus dedos bajan, tocas el bulto de Luis, duro como tronco de ceiba, él gime bajito. Rosa mete mano entre tus piernas, encuentra tu humedad, qué chingón, susurra.
No puedo más, los quiero adentro, los quiero ya.
Caen en la hamaca grande, tejida ancha para tres. Luis te acuesta, besa tu vientre bajando lento, su lengua caliente en tu ombligo, luego más abajo. Rosa se sienta en tu cara, su coño depilado oliendo a deseo puro, jugoso. Tú lames, saboreas su sal, ella gime alto sobre el son huasteco. Luis entra en ti con la lengua primero, chupando tu clítoris hinchado, dedos curvándose adentro tocando ese punto que te hace arquear.
Cambian: tú sobre Luis, su verga gruesa llenándote, estirándote delicioso, el ritmo como el zapateo, arriba-abajo. Rosa detrás, lamiendo donde se unen, sus dedos en tu culo juguetones. El olor a sexo impregna el aire, sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas. Los falsetes del trio suben, tú gritas ¡órale, no pares!, el orgasmo se acerca como tormenta.
Luis te voltea, ahora él atrás, embistiendo hondo mientras tú comes a Rosa, sus jugos en tu barbilla. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, el placer duele rico. Rosa se corre primero, temblando, gritando como huapanguero, su cuerpo convulsionando en tu boca. Tú sigues, el calor explota, olas y olas, aprietas a Luis que gruñe y se vacía dentro, caliente, lleno.
Quedan los tres enredados en la hamaca, respiraciones entrecortadas, el trio huasteco bajando a un son suave. El aire fresco seca el sudor, pieles pegajosas se separan con besos lentos. Luis acaricia tu cabello, Rosa tu espalda.
—Qué noche, morra. Vuelve cuando quieras —dice él, voz ronca de satisfacción.
Tú sonríes, el cuerpo plácido, el alma en paz. Los trios huastecos no solo son música, son esto: pasión compartida, cuerpos en armonía.
La luna alta ilumina el patio, el pulque olvidado sabe mejor ahora. Te vistes despacio, besos de despedida calientes. Caminas de regreso a la fiesta, el son lejano llamándote, pero llevas el tuyo adentro, latiendo eterno.