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Trío Ardiente con Mi Cuñada

6633 palabras

Trío Ardiente con Mi Cuñada

Era una noche de esas que en CDMX se sienten eternas, con el calor pegajoso del verano colándose por las ventanas del depa en Polanco. Yo, Javier, acababa de llegar del jale, sudado y con ganas de una chela fría. Mi vieja, Laura, ya estaba en la cocina preparando unos tacos de arrachera que olían a gloria, ese aroma ahumado del carbón que me ponía el hambre como loco. Pero lo que no esperaba era que su carnala, Ana, estuviera ahí de visita, sentada en la barra con una copa de vino tinto en la mano, riéndose a carcajadas.

Ana era la cuñada que todo mundo envidia: curvas de infarto, tetas firmes que se marcaban bajo la blusa escotada, y un culo redondo que se movía como hipnosis cuando caminaba. Tenía veintiocho pirulos, dos menos que Laura y yo, y siempre andaba con esa vibra coqueta, de las que te miran fijo a los ojos mientras se muerde el labio.

¿Qué chingados hace esta mamacita aquí tan vestida de provocación?
pensé, mientras la saludaba con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales.

—Órale, carnal, ¡qué gusto verte! —dijo Ana, con esa voz ronca que me erizaba la piel—. Laura me invitó a cenar, neta que extrañaba estos tacos de mi hermana.

Laura, mi reina de ojos café y sonrisa pícara, se acercó y me plantó un beso en la boca, de esos que saben a tequila y promesas. —Siéntate, amor, que hoy nos ponemos bien locos. Ana trae chisme bueno.

La cena fluyó entre risas y anécdotas. Hablamos de todo: del tráfico culero de Insurgentes, de las series que veíamos en Netflix, y de pronto, el tema se puso caliente. Ana confesó que andaba soltera hace meses, y que sus fantasías estaban a todo lo que daba.

—Neta, cuñada, ¿qué fantasía? Cuéntanos —preguntó Laura, con los ojos brillando de curiosidad, mientras su mano rozaba mi muslo por debajo de la mesa. Ese toque eléctrico me puso la verga en alerta.

—Pos... un trío con mi cuñada no, jaja, pero algo así de prohibido. Imagínense, dos cuerpos enredados, sudando, gimiendo... —Ana se sonrojó, pero su mirada se clavó en mí, desafiante.

El aire se cargó de tensión. Sentí el pulso acelerado, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo.

¿Esto va en serio? Mi mente volaba a imágenes sucias: las dos chupándome, sus lenguas juntas en mi pija dura.

Después de cenar, nos pasamos al sillón con más vino. La música de Spotify sonaba bajito, un reggaetón suave que invitaba a mover las caderas. Laura se acurrucó contra mí, su mano subiendo por mi camisa, desabotonándola lento. Ana nos miraba, mordiéndose el labio inferior.

—Sabes, Javi —dijo Laura, su aliento cálido en mi oreja—, siempre he fantaseado con compartirte... con alguien de confianza. ¿Qué dices, Ana? ¿Te animas a un jueguito?

Ana no respondió con palabras. Se levantó, se quitó los tacones con un movimiento felino, y se acercó gateando por la alfombra. Su blusa se abrió un poco, dejando ver el encaje negro de su bra. El olor de su excitación empezó a mezclarse con el vino y el sudor nuestro. Me besó el cuello, suave al principio, luego con hambre, mientras Laura me devoraba la boca.

Acto dos: la escalada. Todo se volvió un torbellino de manos y bocas. Quité la blusa de Ana, revelando esas tetazas perfectas, pezones duros como piedras. Los chupé con ganas, saboreando su piel salada, mientras ella gemía bajito: —Ay, cuñado, qué rico... Laura se desnudó rápido, su concha ya mojada brillando bajo la luz tenue. Se sentó en mi cara, y yo la lamí como loco, su jugo dulce inundándome la lengua, ese sabor ácido y adictivo que me volvía pendejo.

Ana se arrodilló entre mis piernas, desabrochándome el pantalón. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. —Mira qué chingona, carnala —dijo Ana, lamiendo la punta con la lengua plana, caliente y húmeda. El sonido de su succión era obsceno, slurp slurp, mezclado con los jadeos de Laura montándome la jeta.

Esto es el paraíso, neta. Dos mujeres mexicanas calientes, mis mujeres, peleando por mi pija. El calor de sus cuerpos, el sudor resbalando por sus espaldas, el aroma almizclado de sus coños excitados... no aguanto.

Cambiaron posiciones. Laura se puso a cuatro, su culo empinado invitándome. La penetré de un solo empujón, sintiendo su interior apretado, caliente como horno, envolviéndome entero. Ana se acostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y el clítoris de su hermana. Los gemidos se volvieron gritos: —¡Más duro, Javi! ¡Fóllame como puta! —gritaba Laura, mientras Ana se tocaba la concha, dedos hundiéndose con chapoteos húmedos.

La tensión crecía con cada embestida. Sudábamos a chorros, el sillón crujiendo bajo nosotros. Cambié a Ana, la puse boca arriba, piernas abiertas como alas. Entré en ella despacio al principio, sintiendo su estrechez, sus paredes pulsando. —Es tuya, cuñado, hazme venir —suplicó, uñas clavándose en mi espalda, dejando marcas ardientes. Laura nos besaba a los dos, tetas rebotando, lengua enredándose con la de Ana en un beso lesbiano que me puso al borde.

El clímax se acercaba como tormenta. Aceleré, follando a Ana con todo, bolas golpeando su culo en ritmo frenético. Laura se masturbaba viéndonos, sus dedos volando. —¡Vámonos juntos! —ordenó. Ana se arqueó primero, convulsionando, su concha ordeñándome la verga con espasmos. Laura gritó al correrse, chorro caliente salpicando. Yo no pude más: saqué la pija y exploté sobre sus tetas, semen espeso y blanco cubriéndolas, mientras ellas se lamían mutuamente, saboreando mi leche salada.

Acto tres: el afterglow. Nos derrumbamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo puro: sudor, semen, coños satisfechos. Besos suaves ahora, caricias perezosas. Laura me susurró al oído: —Te amo, pendejo. Esto fue chido.

Ana, acurrucada contra mi pecho, su corazón latiendo fuerte contra el mío, sonrió. —Neta, el mejor trío con mi cuñada que pude imaginar. ¿Repetimos?

Me quedé pensando en lo jodidamente perfecto que era mi mundo. El calor de sus cuerpos, el sabor residual en mi boca, el eco de gemidos en mis oídos. En México, las noches calientes como esta se graban en el alma. Y yo, Javier, acababa de vivir la fantasía de mi vida.

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