Pasión Prohibida en Triara Com SA de CV
Entré a las oficinas de Triara Com SA de CV esa mañana con el sol de la Ciudad de México colándose por las ventanas altas del edificio en Polanco. El aire acondicionado zumbaba suave, mezclándose con el aroma a café recién molido de la máquina en la cocina compartida. Yo, Ana, llevaba tres años en el departamento de marketing, pero hoy todo se sentía diferente. Mi falda plisada rozaba mis muslos con cada paso, y el escote de mi blusa blanca dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera con ojos curiosos.
Luis era el nuevo gerente de ventas, transferido de Guadalajara. Alto, con esa piel morena que brilla bajo las luces fluorescentes, y una sonrisa que prometía travesuras. Lo vi por primera vez en la junta matutina, sentado al frente de la sala de juntas, con su camisa azul ajustada marcando los músculos del pecho. ¿Qué carajos?, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Sus ojos se cruzaron con los míos un segundo de más, y juraría que olió a su colonia, un olor terroso y masculino que me llegó directo al pulso acelerado.
Este güey me va a complicar la vida, pero qué chido se ve con esa barba de tres días. No, Ana, compórtate, es tu jefe ahora.
El día transcurrió con reuniones eternas sobre metas trimestrales de Triara Com SA de CV. Cada vez que hablaba, su voz grave retumbaba en mi cabeza como un tambor. Al final del día, quedamos solos en la oficina revisando reportes. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja, y el tráfico de Reforma se oía lejano como un murmullo.
—Ana, tus ideas para la campaña son oro puro —dijo él, acercándose a mi escritorio. Su mano rozó la mía al pasar una carpeta, y sentí la electricidad subir por mi brazo. Calor en las mejillas, pezones endureciéndose bajo la blusa. Pura química, carnal, me dije.
—Gracias, Luis. Tú tampoco estás tan pendejo en ventas —respondí con una risita, usando ese tono juguetón que en México siempre rompe el hielo.
Nos quedamos charlando, el aire cargado de algo más que números. Él se recargó en mi escritorio, tan cerca que podía oler su sudor limpio mezclado con la colonia. Mis piernas se cruzaron instintivamente, apretando los muslos para calmar el pulso entre ellos.
La semana siguiente fue un juego de miradas y roces casuales. En el elevador, su cadera contra la mía. En la cafetera, su aliento en mi oreja al decir con permiso. Cada noche en mi depa en la Condesa, me tocaba pensando en él, imaginando sus manos grandes explorando mi cuerpo. Ya valió, tengo que hacer algo o me voy a volver loca.
El viernes, después de una junta exitosa donde cerramos un contrato gordo para Triara Com SA de CV, propuse celebrar. —Vamos por unas cheves al roof top de enfrente, ¿no? —le dije, con el corazón latiéndome en la garganta.
—Sale, preciosa —respondió, guiñándome el ojo.
En el bar, con mariachi de fondo tocando Cielito Lindo versión lounge, las cervezas frías bajaban suaves. Hablamos de todo: de la pinche burocracia en México, de tacos al pastor que extrañaba de DF, de sueños locos. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, y no la quité. El roce era fuego lento, enviando ondas de calor directo a mi centro.
Si no me besa ya, yo lo beso. Sus labios se ven tan carnosos, perfectos para morder.
Volvimos a la oficina porque "olvidé mi chamarra", pero sabíamos que era pretexto. Las luces de emergencia daban un brillo tenue, el silencio roto solo por nuestras respiraciones. Cerré la puerta del salón de juntas, y ahí fue.
—No aguanto más, Ana —murmuró, tomándome de la cintura. Sus manos eran cálidas, firmes, deslizándose por mi espalda baja hasta apretar mis nalgas. Gemí bajito, el sonido amplificado en el espacio vacío.
Lo besé con hambre, lenguas enredándose, saboreando la cerveza y su esencia salada. Mordí su labio inferior, tirando suave, y él gruñó, un sonido animal que me mojó al instante. Sus dedos desabrocharon mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Las miró con deseo puro, lamiendo los pezones duros como piedras. Qué rico su lengua áspera, circling lento, chupando fuerte.
—Estás chingona, Ana —jadeó, mientras yo bajaba su cremallera. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La piel suave sobre lo duro, el olor almizclado de su excitación llenando mis fosas nasales. La apreté, masturbándolo despacio, sintiendo el precum lubricante.
Me levantó sobre la mesa de juntas, papeles volando al suelo con ruido sordo. Levantó mi falda, arrancó mis tangas con un tirón que me hizo arquear la espalda. Sus dedos exploraron mi coño empapado, resbaladizos, frotando el clítoris en círculos perfectos. Ay, cabrón, justo ahí, no pares. Gemí alto, uñas clavándose en sus hombros.
—Te quiero adentro, Luis, métemela ya —supliqué, voz ronca de necesidad.
Se colocó entre mis piernas, la punta rozando mi entrada húmeda. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. Gruñimos juntos, piel contra piel sudada. Empezó a moverse, embestidas profundas, el slap slap de cuerpos chocando ecoando en la sala.
El olor a sexo crudo, sudor y fluidos mezclados, me volvía loca. Mis tetas rebotaban con cada thrust, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Bajé una mano, frotándome el clítoris mientras él me cogía fuerte. Vamos, más rápido, dame todo.
Esto es lo que necesitaba, su verga partiéndome en dos, el mundo desapareciendo en puro placer.
Cambié de posición, queriendo más control. Lo empujé al sillón del jefe, montándolo a horcajadas. Bajé sobre él, sintiendo cómo me empalaba. Reboté, caderas girando, clítoris rozando su pubis. Sus manos en mis nalgas, guiándome, azotando suave. ¡Sí, pégame así, cabrón!
Sudor corría por su pecho, lo lamí, salado y adictivo. Aceleré, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él jadeaba mi nombre, Ana, Ana, te voy a llenar. El orgasmo me golpeó como tsunami, espasmos violentos, coño contrayéndose alrededor de su polla. Grité, cabeza echada atrás, estrellas explotando detrás de mis párpados.
Él se vino segundos después, caliente chorros pintando mis adentros, gruñendo como bestia. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos.
Nos quedamos así un rato, él acariciándome el cabello, yo trazando círculos en su pecho. El aire olía a nosotros, a satisfacción cruda. —Esto no fue planeado, pero qué chido salió —dijo con risa baja.
—Ni me lo digas, carnal. Pero en Triara Com SA de CV, las mejores cosas pasan de sorpresa —respondí, besándolo suave.
Nos vestimos entre risas y besos robados, prometiendo discreción pero anhelando la próxima vez. Salimos al pasillo, la noche mexicana envolviéndonos con luces de neón y promesa de más. En mi mente, el eco de su toque perduraba, un fuego que no se apagaría fácil.