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Noche de Trío con Dos Venezolanas

6081 palabras

Noche de Trío con Dos Venezolanas

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el infierno, con el aire cargado de sal marina y el ritmo de la salsa retumbando en el beach club. Yo, un wey de la CDMX que andaba de vacaciones, tomaba una chela fría en la barra cuando las vi entrar. Dos venezolanas, mamacitas de campeonato, con curvas que desafiaban la gravedad y sonrisas que prometían pecados. Una era morena de ojos negros como la noche, con el pelo suelto cayéndole por la espalda; la otra, rubia teñida con tetas que pedían ser tocadas. Se llamaban Carla y Sofía, venidas de Caracas para desconectar.

—¡Ey, guapo! ¿Nos invitas unas cubas libres? —dijo Carla, la morena, con ese acento caribeño que me erizó la piel.

Les serví las bebidas y platicamos. Venían de fiesta en fiesta, solas pero empoderadas, buscando diversión sin compromisos. Yo les conté de mis aventuras en México, y neta, la química saltó chispas. Sofía rozó mi brazo con sus dedos manicureados, y sentí un cosquilleo que bajó directo a mi verga.

¿Qué chingados estoy pensando? Dos ricuras así, ¿un trío con dos venezolanas? Suena a sueño húmedo.

La tensión creció con cada trago. Bailamos pegaditos, sus cuerpos sudados presionándose contra el mío. Olía a coco en su piel, mezclado con el sudor salado que hacía brillar sus escotes. Carla susurró al oído:

—Oye, papacito, ¿te late subir a mi suite? Sofía y yo queremos probar algo... especial.

Mi corazón latió como tambor. Sí, cabrón, esto va en serio.

Subimos al hotel, un lugar chido con vista al mar. La suite era amplia, con una cama king size que gritaba invitación. Apenas cerramos la puerta, Sofía me besó con hambre, su lengua dulce de ron invadiendo mi boca. Carla se pegó por detrás, mordisqueándome el cuello mientras sus manos bajaban a mi pantalón.

—Desnúdate, wey —ordenó Carla, con voz ronca que me puso la piel de gallina.

Me quité la camisa, y ellas dos se desvistieron lentito, como en un striptease privado. Sofía tenía unas chichis firmes, pezones oscuros endurecidos; Carla, un culo redondo que pedía nalgadas. Su piel brillaba bajo la luz tenue, oliendo a vainilla y deseo. Me tumbaron en la cama, y empezaron a besarme el pecho, lamiendo mis tetillas con lenguas expertas. Sentí sus alientos calientes, el roce suave de sus cabellos en mi piel.

¡Puta madre, esto es el paraíso! Un trío con dos venezolanas, y todo consensual, puro fuego mutuo.

Yo las toqué, mis manos explorando sus curvas. Sofía gimió cuando apreté su clítoris hinchado, ya mojado como río. Carla montó mi cara, su concha depilada rozando mis labios. La probé: salada, dulce, con un sabor que me volvió loco. Lamí su botón mientras Sofía chupaba mi verga, engulléndola hasta la garganta con slurps húmedos que llenaban la habitación.

—¡Ay, papi, qué rica tu lengua! —gritó Carla, moviendo las caderas, su jugo empapándome la barba.

La tensión subía. Cambiamos posiciones. Sofía se sentó en mi polla, cabalgándome despacio al principio, sus paredes apretándome como guante caliente. Carla se unió, besando a Sofía mientras yo las penetraba. Oía sus jadeos entrecortados, el slap-slap de piel contra piel, el olor almizclado de sus arousals mezclándose con el mío. Sudábamos a chorros, el aire espeso de sexo.

Internalmente luchaba:

No quiero acabar ya, carnal. Disfruta cada segundo, hazlas volar.
Les di nalgadas suaves, jugué con sus anoquillos sin entrar, solo rozando para volverlas locas. Sofía aceleró, sus tetas rebotando, gritando en español caribeño mezclado con mexicano:

—¡Cógeme más duro, pendejo caliente! ¡Sí, así!

El clímax se acercaba como tormenta. Pusimos a Carla a cuatro patas, yo embistiéndola por detrás mientras Sofía lamía sus chichis y mi huevos. Carla temblaba, su concha contrayéndose alrededor de mi verga gruesa. Sofía metió dedos en sí misma, masturbándose al ritmo.

—¡Me vengo, cabrones! —chilló Carla, su cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando las sábanas.

La volteamos. Ahora Sofía quería su turno profundo. La penetré misionero, mirándola a los ojos verdes llenos de lujuria. Carla se sentó en su cara, y las tres lenguas —no, los tres cuerpos— se unieron en un torbellino. Gemidos, gruñidos, el crujir de la cama. Mi pulso tronaba en oídos, el sabor de sus jugos en mi boca, el tacto resbaloso de pieles entrelazadas.

Internal:

Esto es épico, wey. Un trío con dos venezolanas que me marca de por vida.

Sofía explotó primero, arañándome la espalda con uñas pintadas, su orgasmo apretándome tan fuerte que casi me corro. Resistí, saqué la verga y las puse de rodillas. Ellas lamieron mi tronco, lenguas danzando en la punta hinchada, mamando bolas con succiones que me nublaron la vista.

—¡Danos tu leche, papi! —suplicó Carla.

No aguanté. Exploto en chorros espesos, pintando sus caras sonrientes, lenguas catando cada gota. Ellas se besaron, compartiendo mi semen con risas roncas, empoderadas en su placer compartido.

Caímos exhaustos en la cama revuelta, cuerpos pegajosos entrelazados. El mar rugía afuera, una brisa fresca entrando por la ventana. Las abracé, besando sus frentes sudadas. Carla susurró:

—Gracias, amor. Fue chingón.

Sofía asintió, trazando círculos en mi pecho.

—Neta, el mejor trío con dos venezolanas que hemos tenido.

¿El mejor? Para mí, el único. Me siento rey, completo, con el corazón latiendo aún fuerte.

Nos quedamos así hasta el amanecer, platicando de sueños y risas. No hubo promesas, solo recuerdos tatuados en piel y alma. Salí de ahí renovado, oliendo aún a ellas, saboreando la noche que cambió mi idea de placer. Un trío consensual, puro éxtasis mexicano-venezolano.

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