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Sé Orgulloso De Lo Duro Que Estás Intentando

7177 palabras

Sé Orgulloso De Lo Duro Que Estás Intentando

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Tú y yo nos habíamos escapado a esa casita rentada justo al borde de la arena, un refugio perfecto para desconectarnos del pinche ajetreo de la ciudad. Yo, con mi piel morena brillando por el sudor y el aceite de coco, me recargaba en la hamaca mientras te veía llegar con las chelas frías en la mano. Órale, qué chulo te ves así, todo mojado del chapuzón, pensé, sintiendo un cosquilleo en el vientre que ya me ponía la piel de gallina.

Te sentaste a mi lado, tus ojos cafés clavados en los míos con esa intensidad que siempre me desarma. "Neta, mi amor, ¿qué traes hoy? Te veo bien prendido", te dije con una sonrisa pícara, rozando mi pie descalzo contra tu pantorrilla. El aire olía a sal, a mar y a ese aroma tuyo que me volvía loca: una mezcla de loción barata y hombre puro. Sentí tu mano subir por mi muslo, suave al principio, como si midieras el terreno. Mi corazón empezó a latir más rápido, un bum-bum que retumbaba en mis oídos por encima del romper de las olas.

Nos besamos ahí mismo, lento, saboreando el sabor salado de tus labios y el dulzor de mi gloss de fresa. Tus manos exploraban mi espalda, desatando el nudo de mi bikini con dedos temblorosos. Ya valió, este wey me va a volver loca, me dije mientras gemía bajito contra tu boca. Te levanté la playera, admirando ese pecho firme que tanto me gustaba morder. La tensión crecía como una ola que se arma en el horizonte, pero aún no rompía. Solo preludio, caricias que prometían más.

Entramos a la casa arrastrándonos, riendo como pendejos porque tropezamos con la puerta. El piso de loseta fresca bajo mis pies era un contraste delicioso con el calor de tu cuerpo pegado al mío. Te empujé contra la cama king size, con sus sábanas blancas revueltas, y me subí encima de ti a horcajadas. "Mírame, cabrón", te susurré al oído, mordisqueando el lóbulo mientras sentía tu verga endurecerse bajo mis nalgas. Olía a sexo inminente, a ese almizcle que se levanta cuando el deseo aprieta.

¿Cuánto aguantarás hoy, mi rey? Quiero verte sudar, esforzarte por mí.

Empecé a moverme despacio, frotándome contra ti a través de la tela de tu short. Tus manos agarraban mis caderas con fuerza, uñas clavándose lo justo para que doliera rico. Gemías mi nombre, "Ana, Ana", con esa voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca. Bajé tu short, liberando esa verga gruesa y venosa que palpitaba como si tuviera vida propia. La tomé en mi mano, sintiendo el calor que irradiaba, la piel suave sobre el acero debajo. Te la mamé lento, saboreando el pre-semen salado en mi lengua, mientras mis ojos no se despegaban de los tuyos. Tú arqueabas la espalda, respirando entrecortado, el sonido de tu pecho subiendo y bajando como un fuelle.

Pero no te dejé venir todavía. Quería más, quería que la tensión nos partiera en dos. Me incorporé, quitándome el bikini de un jalón, dejando mis tetas al aire para que las devoraras con la mirada. Me senté en tu cara, mi chocha mojada rozando tus labios. "Come, wey, come como si fuera tu última cena", te ordené, y obedeciste con ganas. Tu lengua danzaba en mi clítoris, chupando, lamiendo, metiéndose adentro con un ritmo que me hacía temblar. Olía a mí, a excitación pura, y el sonido de tus slurps húmedos se mezclaba con mis jadeos. Pinche lengua del demonio, me vas a matar.

Te volteé, poniéndome en 69 porque quería seguir mamándote mientras tú me hacías ver estrellas. Tus bolas en mi mano, pesadas y calientes, y tu verga golpeando mi garganta. Sudabas, el olor a hombre fuerte llenaba la habitación, y el ventilador del techo zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado. Sentía tu pulso acelerado contra mi piel, tu corazón latiendo como tambor de banda sinaloense. La tensión subía, mis muslos temblaban, pero me aguantaba, queriendo prolongar ese fuego que nos consumía.

"Ana, ya no aguanto, neta", suplicaste con la voz quebrada, y yo me reí bajito, sexy. "Aguanta, mi amor. Sé orgulloso de lo duro que estás intentando. Quiero que me cojas como nunca". Tus ojos se encendieron con eso, un desafío que te prendió más. Te puse boca arriba y me empalé en ti de un solo movimiento, sintiendo cómo me abrías, me llenabas hasta el fondo. El estirón era exquisito, un dolor-placer que me arrancó un grito. Empecé a cabalgarte, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Mis tetas rebotaban con cada embestida, y tú las agarrabas, pellizcando los pezones hasta que dolían rico.

El ritmo aumentó, mis caderas girando como en un baile de cumbia prohibida. El sonido de piel contra piel, plaf-plaf-plaf, se mezclaba con nuestros gemidos y el crujir de la cama. Sudor nos chorreaba a los dos, resbaloso, salado cuando lo lamía de tu cuello. Tu verga dentro de mí palpitaba, hinchándose más, y yo apretaba mis músculos para ordeñarte. Estás tan duro, tan esforzado por mí, mi chulo, pensaba mientras el orgasmo se armaba en mi vientre como tormenta.

Me volteaste de repente, poniéndome en cuatro. Tus manos en mis nalgas, separándolas, y volviste a entrar con fuerza, profundo. Cada embestida era un trueno, tu pelvis chocando contra mi culo, el sonido ecoando en la habitación. Olía a sexo crudo, a fluidos mezclados, a nosotros dos convertidos en animales. "Más, cabrón, dame más", te rogaba, empujando contra ti. Tus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos mientras me taladrabas. La tensión era insoportable, mis piernas temblaban, el mundo se reducía a esa fricción deliciosa.

No pares, no pares, estoy tan cerca...

El clímax me golpeó primero, un estallido que me hizo arquear la espalda y gritar tu nombre al mar. Olas de placer me recorrieron, mi chocha contrayéndose alrededor de tu verga como un puño. Tú seguiste, gruñendo como bestia, hasta que te viniste dentro de mí con un rugido, chorros calientes que me llenaron, desbordándose por mis muslos. Nos derrumbamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón latiéndonos desbocado.

Nos quedamos así un rato, enredados en las sábanas húmedas, el ventilador secando nuestro sudor poco a poco. Te besé el pecho, saboreando la sal, y susurré: "Estoy orgullosa de ti, mi amor. Tan duro, tan persistente". Tú sonreíste, exhausto pero feliz, acariciando mi cabello revuelto. Afuera, el sol se ponía, pintando el cielo de naranja y rosa, como si el universo aprobara nuestro desmadre.

Nos duchamos después, el agua tibia lavando los restos de nuestra pasión, pero el aroma persistía en nuestra piel. Cenamos tacos de mariscos en la terraza, riendo de tonterías, con las manos entrelazadas bajo la mesa. Esa noche, mientras dormíamos abrazados al sonido de las olas, supe que esto era más que sexo: era conexión, esfuerzo mutuo, orgullo compartido. Sé orgulloso de lo duro que estás intentando, porque yo lo estoy de ti.

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