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Tríos Musicales en Oaxaca que Encienden la Piel

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Tríos Musicales en Oaxaca que Encienden la Piel

El sol se ponía sobre las calles empedradas del centro de Oaxaca, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sentir viva por primera vez en meses. Había llegado esa mañana, huyendo del ruido de la ciudad grande, buscando algo que me sacara del letargo emocional de mi última ruptura. Caminaba por la plaza principal, oliendo el aroma dulce de las tlayudas asándose en los puestos cercanos, mezclado con el humo ligero del copal que ardía en algún altar. La brisa traía risas y murmullos, pero lo que me detuvo fueron las notas de un violín que se enredaban con la guitarra y el requinto, como un susurro seductor en mi oído.

Tríos musicales en Oaxaca, pensé, recordando lo que me había platicado una amiga. Eran famosos por sus serenatas románticas, tocando sones jarochos o huastecos que te ponían la piel chinita. Me acerqué al grupo: tres morenos guapos, de unos treinta años, vestidos con camisas blancas arremangadas y pantalones oscuros que marcaban sus cuerpos atléticos. El violinista, alto y delgado con ojos negros intensos, lideraba con pasión. A su lado, el guitarrista, fornido y sonriente, rasgueaba con fuerza. Y el del requinto, el más juguetón, con barba recortada y una mirada pícara que me clavó en el sitio.

¡Órale, preciosa! ¿Quieres que te dediquemos una? me gritó el del requinto, guiñándome el ojo mientras el violín gemía una melodía ardiente.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

¿Por qué no? Hace tiempo que no me siento deseada así
, me dije. Asentí, y ellos empezaron a tocar "La Bikina", pero con un ritmo más lento, sensual, como si cada nota acariciara mi piel. La gente se arremolinó, pero yo solo los veía a ellos, sus manos expertas en los instrumentos, imaginando esas mismas manos en mi cuerpo. Sudaban un poco bajo las luces de la plaza, y el olor a su loción barata mezclada con macho me llegó directo al pulso acelerado.

Al terminar, aplausos y unas monedas. Se acercaron, sudados y radiantes.

—Soy Javier, él es Miguel y aquél Luis —dijo el violinista, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por las cuerdas—. ¿Cómo te llamas, reina?

—Ana —respondí, notando cómo Miguel me devoraba con los ojos—. Vienen a tocar aquí todas las noches, ¿verdad?

—Sí, pero hoy nos diste suerte —rió Luis—. ¿Quieres que te llevemos a un lugarcito chido? Tocamos privado para ti sola, con mezcal de la buena.

El corazón me latía fuerte.

Neta, ¿estoy loca? Tres carnales guapísimos, música en vivo... ¿y si es lo que necesito para soltarme?
La idea me prendió como yesca. Eran adultos, yo también, y todo se sentía natural, como el destino oaxaqueño.

Acto uno completo, ahora la cosa se pone interesante. Acepté, y me llevaron por callejones iluminados por faroles, hasta una casa colonial con patio interior lleno de buganvilias y macetas de hierbas. El aire olía a jazmín y tierra mojada de la fuente. Sacaron sus instrumentos y una botella de mezcal ahumado. Bebimos en vasos de barro, el líquido quemándome la garganta con su sabor terroso y dulce.

Empezaron a tocar de nuevo, pero ahora para mí sola. Javier en el violín creaba arpegios que vibraban en mi pecho, Miguel en la guitarra ponía bajos profundos que sentía en las caderas, Luis en el requinto improvisaba florituras coquetas. Me senté en una banca de madera, las piernas cruzadas, pero el calor subía. Sus camisas se pegaban al sudor, delineando pectorales firmes, y yo no podía dejar de mirar cómo se movían sus caderas al ritmo.

—Ven, baila con nosotros —me invitó Miguel, dejando la guitarra un segundo.

Me levanté, y Javier pasó el violín a Luis. Miguel me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas apretando justo lo necesario. Bailamos un son lento, mi espalda contra su pecho, sintiendo su aliento caliente en mi cuello, oliendo su sudor limpio mezclado con mezcal.

Qué chingón se siente esto, su cuerpo duro contra el mío, el ritmo latiendo en mi clítoris
.

Luis se acercó por delante, tocando el requinto con una mano y rozándome el brazo con la otra. Javier nos rodeaba, su violín gimiendo como un amante. El deseo crecía, mis pezones duros contra la blusa ligera, la humedad entre mis piernas traicionándome con cada giro.

—Estás cañona, Ana —susurró Javier al oído—. Nos traes locos con tus curvas.

—Y ustedes con esa música que me calienta toda —confesé, mi voz ronca.

El beso vino natural. Primero Miguel en mi boca, sus labios gruesos saboreando a mezcal y hombre. Luego Luis, juguetón, mordisqueando mi labio inferior. Javier observaba, tocando una melodía suave, hasta que lo jalé hacia mí. Sus tres bocas en mi cuello, manos explorando sin prisa, todo consensual, todo ardiente. Sí, esto es lo que quiero.

Entramos a la habitación, un cuarto amplio con cama king size cubierta de sábanas blancas, velas parpadeando y el eco de sus instrumentos en el piso. Me desvestí despacio, disfrutando sus gemidos de aprobación. Mis senos llenos, mi culo redondo expuestos al aire fresco. Ellos se quitaron la ropa, revelando cuerpos morenos, duros por el trabajo físico, pollas erectas palpitando de ganas.

Me tendí, y Javier empezó lamiendo mis pezones, su lengua experta como en el violín, círculos lentos que me arquearon la espalda. Miguel besaba mi interior de muslos, su barba raspando delicioso, llegando a mi coño húmedo, chupando mi clítoris con hambre. Luis me besaba la boca, su requinto olvidado, dedos enredados en mi pelo.

¡Madre mía, tres lenguas, tres bocas en mí! El placer sube como oleadas del Pacífico
. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de adobe. Javier subió a mi boca, su verga dura rozando mis labios; la chupé ansiosa, saboreando su piel salada, mientras Miguel metía dos dedos en mí, curvándolos en mi punto G, el jugo chorreando.

Cambiaron posiciones fluidas, como su música. Ahora yo encima de Miguel, cabalgándolo lento, su polla gruesa llenándome hasta el fondo, golpes profundos que me hacían jadear. Luis detrás, untando lubricante en mi culo —había aceite de oliva en la mesa—, entrando despacio, el estiramiento ardiente pero placentero. Javier de rodillas, yo mamándolo mientras rebotaba entre los dos. Sus gemidos se mezclaban: "¡Qué rico tu culo, Ana!", "¡Córrele, mami!", "¡Más fuerte!".

El ritmo aceleró, sudores mezclándose, olores a sexo y mezcal llenando el aire. Mis uñas en la espalda de Miguel, mordiendo el hombro de Luis, tragando la verga de Javier hasta la garganta. La tensión crecía, ovillos en mi vientre, hasta que exploté en un orgasmo brutal, contrayéndome alrededor de ellos, gritando "¡Sí, cabrones, así!". Ellos siguieron bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que Javier se corrió en mi boca, sal caliente y espesa; Miguel dentro de mí, llenándome; Luis en mi espalda, chorros calientes.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose. Javier me acarició el pelo, Miguel besó mi frente, Luis trajo agua fresca.

Nunca me había sentido tan poderosa, tan deseada. Estos tríos musicales en Oaxaca no solo tocan notas, tocan almas y cuerpos
.

Nos quedamos platicando bajo las estrellas del patio, desnudos y risueños. Prometieron más serenatas privadas si volvía. Me fui al amanecer, piernas flojas pero alma plena, el sabor de ellos en mi piel, la música resonando en mi memoria. Oaxaca me había regalado no solo trios musicales, sino una noche de liberación total.

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