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Trio Ardiente con Mi Madrastra

6520 palabras

Trio Ardiente con Mi Madrastra

El calor de la tarde en la casa de Polanco me tenía sudando como pendejo. Yo, Alex, de veinticinco pirulos, acababa de llegar del gym, con la playera pegada al pecho por el sudor. Mi papá andaba de viaje de negocios en Monterrey, como siempre, dejando la casa sola con ella: Laura, mi madrastra. Cuarenta y dos años, pero se veía como de treinta y pico, con ese culazo que se meneaba al caminar y unas chichis firmes que desafiaban la gravedad. Pelo negro largo, ojos café que te taladraban, y una boca que prometía pecados.

Entré a la cocina por un agua fresca, y ahí estaba ella, inclinada en el refri, con un shortcito de yoga que apenas cubría sus nalgas redondas. El olor a su perfume mezclado con el sudor de su piel me pegó directo en la verga.

¿Qué chingados pasa conmigo? Es mi madrastra, carnal, pero desde que mi viejo se casó con ella hace tres años, no dejo de imaginarme cogiéndomela.
Ella se enderezó y me sonrió, con esa dentadura perfecta.

—Órale, Alex, ¿ya regresaste? Te ves todo sudado, ve a bañar antes de que te dé un infarto.

Le contesté con una risa, pero mis ojos se clavaron en el escote de su blusa holgada. Esa noche, mi novia Sofía iba a venir a cenar. Sofía era una morra de veinticuatro, culera y con tetas que cabían perfectas en mis manos. Las dos se llevaban chido, como cuñadas que no eran.

La cena transcurrió normal, tacos de carnitas que Laura preparó con maestría, el olor a cebolla asada y cilantro fresco llenando el aire. Pero el vino tinto que sacamos de la bodega de mi viejo empezó a soltar las lenguas. Sofía, con sus mejillas sonrojadas, soltó la bomba.

—Oigan, ¿han pensado en un trío alguna vez? Yo sí, y pues... con gente que ya conocemos, estaría cañón.

Laura se rió, pero vi el brillo en sus ojos. Yo casi escupo el vino.

¿Qué pedo? ¿Sofía sabe de mis fantasías con Laura? ¿O es pura casualidad?
El corazón me latía a mil, el pulso retumbando en mis sienes como tambores de cumbia.

La plática escaló. Laura confesó que mi papá era un fresco en la cama, puro misionero aburrido. Sofía contó de sus aventuras pasadas, y yo, ya con la verga tiesa bajo la mesa, admití que un trío con mi madrastra era mi sueño húmedo más recurrente. Las dos me miraron, Sofía con picardía y Laura mordiéndose el labio inferior, ese gesto que me volvía loco.

—Pos si quieren, hagámoslo —dijo Laura, su voz ronca como miel quemada—. Todo entre adultos, consintiéndonos mutuamente. ¿Verdad, Sofía?

Sofía asintió, su mano ya rozando mi muslo. El aire se cargó de electricidad, el olor a excitación empezando a mezclarse con el del vino y las velas aromáticas.

Nos movimos al sofá de la sala, las luces bajas del techo pintando sombras suaves en sus pieles. Sofía me besó primero, su lengua juguetona saboreando a fresa de su gloss. Laura observaba, sus pezones endureciéndose bajo la blusa. La jalé hacia nosotros, y sus labios carnosos se unieron a los de Sofía en un beso que me dejó babeando.

Madre chingada, esto es real. Dos morras besándose por mí.

Las manos volaron. Sofía me quitó la camisa, lamiendo el sudor salado de mi pecho, mientras Laura bajaba mi zipper con dedos temblorosos de deseo. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. Laura jadeó.

¡Qué vergota tienes, hijito! Mucho más que tu papá.

Sofía rió y se arrodilló, su boca caliente envolviéndome la cabeza, chupando con succiones que me hacían gemir. El sonido húmedo de su mamada llenaba la sala, mezclado con los suspiros de Laura, que se quitaba la blusa. Sus chichis cayeron libres, grandes y oscuras las areolas, pezones duros como piedras. Las toqué, pesadas y cálidas, pellizcándolas hasta que ella gimió.

Nos quitamos todo. Sofía se recostó en el sofá, piernas abiertas, su concha rosada y depilada brillando de jugos. El olor almizclado de su arousal me invadió las fosas nasales. Laura se subió encima, en 69, lamiéndole el clítoris con lengua experta mientras yo me posicionaba atrás de mi madrastra. Su culo era un sueño: firme, con un tatuaje discreto de una rosa en la nalga izquierda.

Escupí en mi mano, lubricando mi verga, y la metí despacio en Laura. ¡Puta madre! Estaba tan apretada, caliente como un horno, sus paredes vaginales apretándome como guante. Empujé, sintiendo cada centímetro deslizarse, el slap de mis huevos contra su piel resonando. Ella gritó de placer contra la concha de Sofía, vibraciones que la hacían arquearse.

Esto es el paraíso. Mi madrastra gimiendo en mi verga mientras come a mi novia.
Cambiamos posiciones. Sofía se montó en mi cara, su concha saboreando a sal y miel, mientras Laura cabalgaba mi polla. Sus caderas se movían como en un baile de reggaetón, rebotando, sus chichis saltando hipnóticas. El sudor nos unía, resbaloso y pegajoso, olores de sexo crudo impregnando todo.

Laura se corrió primero, su coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando mis bolas. —¡Sí, cabrón, así! ¡Cógeme más fuerte! gritó, voz quebrada. Sofía se vino en mi boca, temblando, sus jugos inundándome la lengua. Yo aguanté, pero cuando las dos se pusieron a mamarme juntas —lenguas entrelazadas en mi glande, succionando sincronizadas— exploté.

Leyes blancas brotaron, salpicando sus caras, gargantas tragando ávidas. El orgasmo me dejó ciego, pulsos retumbando en oídos, músculos laxos.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos calientes, respiraciones agitadas calmándose. Sofía besó a Laura, compartiendo mi semen en un beso salado. Yo las abracé, piel contra piel, el olor a sexo persistiendo como promesa.

—Eso estuvo de puta madre —murmuró Laura, trazando círculos en mi pecho—. Un trío con mi madrastra que no olvidaremos.

Sofía rio bajito.

¿Y ahora qué? ¿Repetimos cuando vuelva tu papá?
pensé, pero solo sonreí. La noche terminó con regadera compartida, jabón resbalando por curvas, toques juguetones. En la cama, durmiendo entre ellas, supe que esto cambiaba todo: deseo cumplido, lazos más fuertes, un secreto ardiente que nos unía.

Al día siguiente, el sol filtrándose por las cortinas, desperté con sus manos en mí otra vez. Pero esa es harina de otro costal.

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