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Antonio Mallorca Trios Ardientes

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Antonio Mallorca Trios Ardientes

El sol de Mallorca me quemaba la piel como un beso interminable mientras caminaba por la playa de Alcúdia con Sofia, mi carnala de toda la vida. Habíamos llegado de México hace dos días, huyendo del pinche estrés de la CDMX, buscando sol, mar y quién sabe qué más. Neta, el agua era tan cristalina que parecía un sueño, y el aire traía ese olor salado mezclado con pinos y crema de coco de las turistas. Sofia, con su bikini rojo que le marcaba las curvas perfectas, me dio un codazo.

—Oye, Ana, ¿viste ese tipo allá? El moreno con el torso tatuado. Parece sacado de una peli porno.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Era alto, con pelo negro revuelto por la brisa marina, y unos ojos verdes que brillaban como el Mediterráneo al atardecer. Llevaba un short ajustado que no dejaba mucho a la imaginación. Recordé de repente lo que había buscado en el hotel anoche, aburrida con un vino tinto: antonio mallorca trios. Habían salido un chorro de foros y blogs eróticos hablando de un tal Antonio, un local legendario que organizaba noches de placer compartido en villas privadas. ¿Sería él?

Nos acercamos a la barra del chiringuito, pidiendo dos caipiriñas heladas que sabían a lima fresca y ron dulce. Él se giró, sonriendo con esa confianza de quien sabe lo que provoca. Hola, guapas, dijo en un español con acento mallorquín suave, como miel caliente. Se presentó: Antonio. Neta, mi corazón latió más fuerte, y sentí mis pezones endurecerse bajo el top del bikini solo con su mirada recorriéndome de arriba abajo.

Platicamos un rato, riéndonos de tonterías. Sofia era la extrovertida, contándole sobre nuestras aventuras en Cancún, pero yo no podía dejar de oler su colonia, un aroma masculino a sándalo y mar que me mareaba. Me tocó el brazo casualmente, y su piel era cálida, áspera por el sol, enviando chispas directas a mi entrepierna. Me late este wey, pensé, imaginando ya sus manos explorando más abajo.

La tensión creció cuando nos invitó a su villa esa noche. Fiesta privada, solo nosotros tres, guiñó. Sofia y yo nos miramos, cómplices. Habíamos hablado de tríos antes, en esas charlas de copas donde todo parece posible. ¡Claro, carnal! le dije, con la voz ronca de anticipación.

La villa de Antonio era un paraíso: piscina infinita con vista al mar, luces tenues que bailaban en el agua, y jazz suave sonando desde unos bocinas escondidas. Llegamos al oscurecer, con el cielo tiñéndose de naranja y púrpura. Nos recibió con mojitos de hierbabuena fresca, el hielo crujiendo en los vasos. Vestía una camisa blanca abierta, dejando ver su pecho definido, y unos boxers que prometían mucho.

Antonio Mallorca trios, ¿eh? —le solté juguetona, recordando mi búsqueda—. Leí sobre ti en la red. Dicen que eres el rey de las noches compartidas.

Se carcajeó, atrayéndome por la cintura. Su aliento olía a menta y deseo. Solo si las chicas son como ustedes, ricuras mexicanas. Sofia se acercó por detrás, besándome el cuello con labios suaves y húmedos. Ya empecemos el juego, murmuró ella, y sentí su mano deslizándose por mi espalda, bajando hasta mi nalga, apretándola con ternura.

Nos besamos primero ella y yo, para romper el hielo. Nuestras lenguas se enredaron, saboreando el dulzor de los tragos, mientras Antonio nos miraba, su verga ya endureciéndose visiblemente bajo la tela. El aire se llenó de nuestros gemidos suaves, y el olor de nuestras pieles calientes mezclándose con el cloro de la piscina. Me quité el vestido, quedando en tanga negra, mis tetas liberadas al aire fresco de la noche. Antonio se acercó, lamiendo mis pezones con una lengua experta, áspera y caliente, haciendo que mis rodillas flaquearan.

Sofia se arrodilló, bajándole los boxers a Antonio. ¡Mira qué pedazo de verga, Ana! Tan gruesa y venosa. La tomó en su boca, chupándola con avidez, el sonido húmedo de succión resonando como música prohibida. Yo me uní, lamiendo sus bolas pesadas, sintiendo el pulso acelerado contra mi lengua. Él gemía, pinches diosas, agarrándonos el pelo con fuerza juguetona. Mi panocha ya chorreaba, empapando la tanga, un calor líquido que pedía ser tocado.

La intensidad subió cuando nos llevó a la cama king size, sábanas de satén fresco contra mi piel ardiente. Antonio me penetró primero, despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rico! grité, mientras Sofia se sentaba en mi cara, su coñito depilado rozando mis labios. La lamí con hambre, saboreando su jugo salado y dulce, su clítoris hinchado palpitando bajo mi lengua. Ella se mecía, gimiendo más, Ana, no pares, sus jugos corriéndome por la barbilla.

El sudor nos cubría, brillando bajo las luces ámbar. Oía el chapoteo de los cuerpos chocando, el plaf plaf de Antonio embistiéndome más fuerte, sus bolas golpeando mi culo. Cambiamos posiciones: yo encima de él, cabalgándolo como una loca, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes internas. Sofia lo montaba en la cara, él lamiéndola con gruñidos animales. Mis tetas rebotaban, y ella las pellizcaba, enviando descargas de placer doloroso. Neta, esto es el cielo, pensé, el orgasmo construyéndose como una ola gigante en mi vientre.

El clímax llegó en una explosión compartida. Antonio se tensó debajo de mí, me vengo, putas ricas, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, mientras yo explotaba alrededor de su verga, contrayéndome en espasmos que me dejaban sin aliento. Sofia se corrió segundos después, temblando sobre su boca, gritando ¡Sí, sí, joder!. Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas llenando el cuarto.

Después, en el afterglow, nos bañamos en la piscina bajo las estrellas. El agua fresca lamía nuestras pieles sensibles, lavando el sudor y los fluidos. Antonio nos abrazaba a ambas, besándonos alternadamente con labios hinchados. Han sido las mejores mexicanas que he tenido, susurró, su voz ronca de satisfacción.

Sofia y yo nos miramos, sonriendo exhaustas pero empoderadas.

Antonio Mallorca trios superados con creces, wey —le dije, riendo.
Sentí una conexión profunda, no solo carnal, sino de libertad compartida. Regresamos al hotel al amanecer, con el cuerpo adolorido en los mejores sitios, oliendo aún a sexo y mar. Esa noche cambió algo en nosotras: el deseo ya no era tabú, sino una fiesta que repetiríamos. Mallorca, con sus secretos ardientes, se grabó en mi alma para siempre.

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