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Triada Oscura del Deseo

6182 palabras

Triada Oscura del Deseo

Estaba en ese bar chido de Polanco, con luces tenues que bailaban sobre el mármol y un aire cargado de jazmín y tequila reposado. Yo, Valeria, acababa de terminar una semana de puro estrés en la oficina, y neta, necesitaba algo que me sacara del pedo. Pedí un margarita con sal gruesa, sintiendo el frío del vaso contra mis dedos, cuando él apareció. Alto, con ojos negros que te clavaban como alfileres, sonrisa de medio lado y un traje que le quedaba como guante. Se llamaba Alex, y desde el primer órale, supe que era de esos que te le meten el dedo en la llaga sin piedad.

¿Qué hace una chava como tú sola en un lugar así, wey?
me dijo, su voz ronca rozándome el oído como terciopelo áspero.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Hablamos de todo y nada: de la ciudad que no duerme, de sueños rotos y ambiciones que queman. Pero entre líneas, soltó algo que me dejó pensando. Dark triad, dijo, como si fuera un secreto compartido. Narcisismo, maquiavelismo, psicopatía. Traits que lo hacían irresistible, según él. Neta, me sonaba a pendejada de psicología pop, pero en sus ojos vi el fuego. Ese hombre exudaba control, carisma que te envuelve y un toque de peligro que acelera el pulso. Yo, que siempre caía por los buenos chicos, sentí el deseo trepándome por las piernas como hiedra salvaje.

Salimos de ahí con el eco de la música en los oídos, el olor a su colonia amaderada pegado a mi piel. Su departamento en Lomas era puro lujo: ventanales que miraban las luces de la Reforma, piel de cuero en los sillones y una botella de mezcal esperando. Me sirvió un trago, sus dedos rozando los míos, eléctricos. Dark triad, repetí en mi mente, recordando un artículo que leí una vez. Él era eso: narcisista en cómo se movía, como si el mundo girara a su ritmo; maquiavelli en cada palabra que me hacía sentir única; y ese filo psicopático que prometía placer sin ataduras.

Ven, siéntate aquí
, murmuró, jalándome a su regazo. Su aliento cálido en mi cuello olía a humo y deseo. Mis manos exploraron su pecho firme bajo la camisa, sintiendo los latidos fuertes, como tambores de guerra. Lo besé primero, suave, probando el salado de sus labios. Él respondió con hambre, lengua invadiendo mi boca, manos grandes apretándome las caderas. Neta, esto es lo que necesitaba, pensé, mientras el calor subía por mi vientre.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Se levantó conmigo en brazos, fuerte, sin esfuerzo, y me llevó al cuarto. La cama king size con sábanas de hilo egipcio nos esperaba, iluminada por la luna que se colaba por las cortinas. Me desvistió despacio, ojos devorándome. Qué chingona se ve, imaginé que pensaba, por cómo me miraba, narcisista en su conquista. Mi blusa cayó, revelando mis tetas llenas, pezones duros por el aire fresco y su mirada. Él se quitó la camisa, mostrando abdominales marcados, vello oscuro bajando al ombligo. Olía a sudor limpio, masculino, que me mareaba.

Quiero probarte toda, Valeria
, gruñó, voz grave vibrando en mi piel. Me recostó, besos bajando por mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas a mi coño que ya palpitaba húmedo. Sus manos masajeaban mis muslos, abriéndolos con permiso implícito. Asentí, sí, cabrón, hazlo. Lengua experta lamió mis labios mayores, saboreando mi jugo salado-dulce. Gemí alto, arqueando la espalda, uñas clavándose en sus hombros. Dark triad en acción, flash en mi cabeza: él manipulando mi placer como un maestro, psicópata en el control total pero dándome lo que rogaba.

El cuarto se llenó de sonidos: mis jadeos roncos, su resuello animal, el slap húmedo de su boca en mi clítoris hinchado. Sudor perló su frente, goteando en mi vientre, cálido. Lo jalé del pelo, guiándolo más profundo. Me vengo, pendejo, pensé, y exploté, olas de éxtasis sacudiéndome, piernas temblando, grito ahogado en la almohada que olía a lavanda fresca.

Pero no paró. Se incorporó, verga dura como fierro saliendo de sus calzones, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, probándola con lengua: salada, musgosa, deliciosa. Él gimió, joder, cabeza echada atrás, narcisismo puro en su placer exhibido. Lo chupé hondo, garganta acomodándose, saliva escurriendo. Sus caderas empujaban gentil, respetando mi ritmo. Esto es empoderador, sentí, yo al mando de su gemido gutural.

La intensidad subió. Me volteó boca abajo, nalgas al aire, besando mi espalda curva. Entró lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué madre! grité internamente, estirada, placer punzante. Embestidas rítmicas, piel chocando piel con palmadas sonoras, sudor resbalando entre nosotros. Olía a sexo crudo: almizcle, fluidos mezclados. Sus manos en mis caderas, tirando pelo suave, yo empujando contra él, mutuo frenesí.

¡Más fuerte, Alex, rómpeme!
supliqué, y él obedeció, psicopatía canalizada en puro fuego consensual.

Cambié posiciones, cabalgándolo ahora. Sus ojos fijos en mis tetas rebotando, manos pellizcando pezones. Montándolo salvaje, clítoris frotando su pubis, venas de su verga pulsando dentro. Dark triad del deseo, pensé, él el catalizador de mi liberación. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, coño apretándolo como vicio; él rugiendo, chorros calientes inundándome, semen espeso goteando al salir. Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

Después, en la penumbra, su brazo alrededor de mi cintura, dedo trazando círculos en mi ombligo. El aire olía a nosotros, satisfechos. Neta, qué pedo tan chingón, reflexioné. No era amor, pero esa triada oscura me había despertado algo primal, empoderador. Él besó mi sien, murmurando

eres adictiva, wey
. Sonreí en la oscuridad, sabiendo que mañana sería otro día, pero esta noche, el deseo había ganado. Lingering el pulso acelerado, el sabor de él en mis labios, prometiendo más.

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