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Nice Try Guapa

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Nice Try Guapa

El aroma del mole poblano flotaba en el aire de nuestro departamento en la Roma, ese olor picantito y chocolateado que siempre me ponía de buenas. Era viernes por la noche, y yo acababa de llegar del gym, sudado pero con toda la pila recargada. Ahí estabas tú, guapa, removiendo la olla con esa chingonería que te caracteriza, el culo marcado en esos jeans ajustados que te quedaban como pintados. Órale, carnal, esta noche la armamos, pensé mientras me acercaba por detrás.

Te abracé por la cintura, mis manos bajando despacito hasta tus caderas. Sentí tu calor a través de la tela, ese calor que siempre me enciende como yesca. Te volteaste un poquito, con esa sonrisa pícara que me deshace. “Nice try, wey”, dijiste riéndote bajito, tu voz ronca como miel quemada. “La cena no está lista todavía, no seas ansioso”. Tu aliento olía a cilantro fresco y a esa cerveza Bohemia que te estabas echando.

Me quedé ahí, pegado a ti, mi verga ya semi-dura rozando tu nalga. El sonido de la olla burbujeando era como fondo perfecto para el pulso que me latía en las venas. “¿Nice try? ¿En serio, guapa?”, te susurré al oído, mordisqueando el lóbulo suave. Tu piel sabía a sal y a perfume de vainilla, ese que te pones después del baño. Te estremeciste, pero no te apartaste. Ya valió, ya te la gané, me dije, oliendo tu cabello negro que olía a shampoo de coco.

La cena transcurrió con ese juego de miradas. Tú sentada enfrente, con las tetas apretadas en esa blusa escotada, el escote dejando ver el borde de tu bra negro. Cada bocado de mole en tu boca roja era una provocación: lamías el tenedor despacio, tus labios brillando con salsa. “¿Qué tanto me ves, pendejito?”, preguntaste con los ojos entrecerrados, cruzando las piernas bajo la mesa. Sentí tu pie descalzo rozándome la pantorrilla, subiendo juguetona hasta mi muslo.

Esta mujer me va a matar, neta. Cada roce es como fuego en la sangre.

Después de comer, pusimos cumbia rebajada en el Spotify, ese ritmo lento que nos encanta para movernos pegaditos en la sala. Tus caderas ondulando contra las mías, el sudor empezando a perlar tu cuello. Te giré de frente, mis manos en tu cintura, bajando a apretar esas nalgas firmes. “¿Ahora sí?”, te pregunté, mi boca rozando tu clavícula. Olías a mole y a mujer en celo, ese olor almizclado que sale de entre tus piernas cuando estás mojada.

“Todavía nice try, mi amor”, murmuraste, pero tus manos ya estaban en mi pecho, desabotonando la camisa con dedos temblorosos. El tacto de tus uñas en mi piel era eléctrico, como chispas. Te besé el cuello, chupando suave, saboreando el salado de tu sudor. Gemiste bajito, un sonido gutural que me puso la verga como piedra. Nuestras lenguas se enredaron en un beso húmedo, saboreando la cerveza y el picor del mole.

Te cargué hasta el sillón, tus piernas envolviéndome la cintura. El sofá crujió bajo nuestro peso, el aire cargado de nuestro jadeo. Te quité la blusa despacio, revelando tus tetas perfectas, pezones duros como caramelos. Los lamí, succioné, mordí suave mientras tú arqueabas la espalda. “Ay, wey... sí, así”, susurraste, tus manos enredadas en mi pelo. Sentía tu corazón latiendo fuerte contra mi pecho, el calor de tu piel quemándome.

Quiero comérmela entera, que grite mi nombre hasta quedarse ronca.

Te bajé los jeans, besando cada centímetro de tus muslos morenos. Tus calzones negros estaban empapados, el olor a tu excitación invadiendo mis sentidos: dulce, salado, puro vicio. Te los arranqué con los dientes, oyendo tu risa entrecortada. “¡Eres un animal!”, dijiste, pero abriste las piernas invitándome. Mi lengua encontró tu clítoris hinchado, lamiendo despacio, saboreando tu jugo que sabía a mar y a deseo. Gemías fuerte ahora, tus caderas moviéndose contra mi boca, el sonido húmedo de mi lengua en tu concha resonando en la sala.

Me incorporé, mi verga libre de los boxers, palpitando dura y venosa. Tú la tomaste en tu mano suave, masturbándome lento mientras me mirabas con ojos de fuego. “Ven, métemela ya”, pediste, tu voz quebrada. Me hundí en ti de un solo empujón, sintiendo tu calor apretado envolviéndome. Chingado, qué rica estás, pensé, el olor de sexo llenando el aire. Empecé a bombear despacio, cada embestida profunda haciendo que tus tetas rebotaran, tus uñas clavándose en mi espalda.

El ritmo subió, sudor goteando de mi frente a tu pecho. Tus gemidos eran música: “¡Más duro, pendejo! ¡Sí, así!”. El sofá se movía con nosotros, crujiendo al compás de mis caderas chocando contra las tuyas. Sentía tu concha contrayéndose, ordeñándome, el calor subiendo por mi columna. Te volteé a cuatro patas, admirando tu culo redondo, y volví a entrar, azotando suave tus nalgas. El sonido de carne contra carne, chap chap chap, mezclado con tus gritos: “¡Me vengo, cabrón!”.

Tu orgasmo me apretó como puño, tus paredes pulsando, jugos chorreando por mis bolas. No aguanté más: “Me vengo, guapa”, gruñí, explotando dentro de ti, chorros calientes llenándote mientras temblaba. Colapsamos juntos, jadeando, el aire espeso con olor a semen y sudor.

Nos quedamos así un rato, mi cabeza en tu pecho, oyendo tu corazón calmarse. Tus dedos acariciando mi pelo, suaves. “Buen intento al principio, ¿eh?”, dijiste riendo bajito. Te besé el ombligo, saboreando el salado de nuestra mezcla. “Nice try resistiéndote, guapa. Pero al final siempre caes”, respondí, oliendo tu piel satisfecha.

Nos levantamos despacio, el piso fresco bajo nuestros pies. En la ducha, el agua caliente nos lavó, pero no las sonrisas. Tus manos jabonosas en mi verga, la mía en tu concha sensible. “Otra ronda?”, preguntaste juguetona. “Simón, pero ahora en la cama”. El vapor olía a jabón y a promesas.

En la recámara, con las sábanas frescas de algodón egipcio, te tendí boca arriba. Besé cada curva: tobillos, rodillas, muslos temblorosos. Tu clítoris aún hinchado, lo chupé suave hasta que gemiste de nuevo. “Eres insaciable, wey”. Mi verga revivió, dura otra vez. Te penetré lento esta vez, mirándote a los ojos, sintiendo cada centímetro. Nuestros cuerpos se movían en sincronía, como baile lento de salsa.

Siento que te amo más en estos momentos, cuando somos puro instinto.

El clímax llegó suave, olas de placer recorriéndonos. Tú primero, mordiendo mi hombro, tu concha apretándome. Yo después, derramándome en ti con un gemido largo. Nos abrazamos, piel contra piel, el ventilador zumbando arriba, enfriando nuestro ardor.

Despertamos enredados al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas. “Buenos días, mi nice try”, susurraste, besándome. Reí, sabiendo que esto era solo el principio de un fin de semana chido. El deseo siempre volvía, más fuerte, más nuestro.

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