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Cien Sorbitos Tentadores

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Cien Sorbitos Tentadores

La noche en el depa de Marco en la Condesa huele a mezcal ahumado y a jazmín del balconcito abierto. Tú, con ese vestido negro ceñido que te hace sentir como una diosa, te recuestas en el sofá de piel suave, el aire cálido de México City rozando tus piernas desnudas. Marco, tu carnal de ojos cafés intensos y sonrisa de pendejo encantador, sirve dos copitas de mezcal artesanal, el líquido ámbar brillando bajo la luz de las velas.

Qué chido estar así, solos, sin prisas, piensas mientras él se acerca, su colonia fresca mezclándose con el olor terroso del mezcal. Han pasado meses desde que empezaron a salir, pero cada cita se siente como la primera, con esa electricidad que te eriza la piel.

—Órale, mi reina —dice él con voz ronca, arrodillándose frente a ti—. ¿Y si jugamos al 100 trying sip? Neta, lo vi en un reel gringo, pero lo vamos a hacer a nuestra mexicana: yo sorbo del mezcal que viertas en tu cuerpo, cien veces, sin derramar ni una gota. Cada sorbo cuenta, y si fallo, me castigas tú.

¿100 trying sip? Suena a reto imposible, pero la idea de sus labios en mi piel, tanteando, probando... ay, güey, ya me estoy mojando nomás de imaginarlo.

Tú ríes, el sonido burbujeando en tu pecho, y asientes, el corazón latiéndote más rápido. Le quitas la copita de la mano, te echas un chorrito en el ombligo, el líquido fresco contrastando con el calor de tu vientre. Él se inclina, su aliento caliente rozando tu piel, y da el primer sorbo. Sus labios suaves, la lengua ágil lamiendo el borde, succionando perfecto sin derramar. Un.

El toque es eléctrico, un cosquilleo que sube por tu espina. Lo miras, sus ojos clavados en los tuyos, desafiantes. Viertes más, ahora en el hueco de tu clavícula, y él sorbe el segundo, tercero... hasta el diez. Cada trying sip es más lento, más deliberado, su barba incipiente raspando delicioso, el sabor salado de tu piel mezclándose con el ahumado del mezcal. El aire se llena de tus suspiros suaves, el sonido húmedo de su boca trabajando.

Te quitas el vestido despacio, el tejido susurrando contra tu piel, quedando en brasier de encaje negro y tanga diminuta. Él gime bajito, pendejo enamorado, y tú viertes en la curva de tus senos. Los sorbos once a veinte son puro fuego: su lengua traza círculos, rozando los pezones endurecidos bajo la tela, el mezcal goteando apenas, pero él lo atrapa todo. Sientes el pulso acelerado en tu clítoris, la humedad creciendo entre tus muslos, el olor almizclado de tu excitación empezando a perfumar la sala.

—No mames, Marco, eso se siente padre —murmuras, arqueando la espalda, tus manos enredándose en su pelo negro revuelto.

Él levanta la vista, labios brillosos. —Aún nos faltan ochenta, mi amor. ¿Sigues en el juego?

Acto uno cerrado, la tensión ya vibra como cuerda de guitarra. Te pones de pie, lo empujas al sofá y te sientas a horcajadas sobre él, quitándole la camisa con urgencia. Su pecho ancho, moreno, huele a sudor limpio y deseo. Viertes mezcal en su boca abierta y sorbes tú el veintiuno, pero no, es su turno. Él te voltea, gentil pero firme, y ahora derrama en la cara interna de tus muslos. Los sorbos veintiuno a treinta te hacen temblar: su nariz rozando tu tanga húmeda, lengua ladeando peligrosamente cerca de tu centro, el calor de su exhalación quemándote.

Si sigue así, voy a explotar antes del cincuenta, piensas, mordiéndote el labio, el sabor metálico de la sangre mezclándose con el dulzor residual del mezcal en tu boca.

El medio tiempo llega con la intensidad subiendo. Te desnudas por completo, tu cuerpo desnudo brillando a la luz de las velas, pechos pesados, caderas anchas listas para él. Él se quita el resto, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de su deseo. Pero el juego sigue: viertes en tu monte de Venus, el mezcal resbalando hacia tu panocha depilada. Sorbo treinta y uno: su lengua roza tus labios mayores, succionando el licor mezclado con tus jugos. Gimes fuerte, el sonido rebotando en las paredes, tus uñas clavándose en sus hombros.

¡Cien trying sip! No pares, cabrón —le exiges, voz quebrada.

Él obedece, sorbo a sorbo, ahora directo en tu clítoris hinchado: cuarenta, cincuenta... cada intento es un latigazo de placer, su lengua plana lamiendo amplio, luego puntiaguda pinchando, chupando con vacuolas que te arquean. El olor es intenso ahora, sexo puro, mezcal y sudor; tocas su verga, dura como fierro, masturbándola lento mientras él cuenta en voz baja, ronca: sesenta y dos, sesenta y tres... Sientes tus paredes internas contrayéndose, el orgasmo acechando, pero lo contienes, queriendo llegar al final.

La psicología del juego te tiene al borde: cada sorbo es una promesa, un reto compartido que los une más. Él lucha por no derramar, tú por no correrte prematuro. Pequeñas resoluciones: en el setenta, él falla uno, una gota cae, y tú lo "castigas" montándolo a medias, frotando tu humedad contra su verga sin penetrar, torturándolo. Él gruñe, animal, manos amasando tus nalgas firmes.

—Eres mi reina, neta —jadea, sorbo ochenta rozando tu ano, nuevo territorio que te hace jadear sorpresas placenteras.

El clímax se acerca con los últimos veinte. Te acuestas en la alfombra mullida, piernas abiertas en V, él entre ellas, vertiendo mezcal directo en tu entrada. Sorbo noventa y uno: lengua profunda, follando tu coño con ella, el sabor ácido-dulce de tus fluidos y el licor volviéndolo loco. Tus caderas buckean solas, pechos rebotando, sudor perlando tu frente. El sonido es obsceno: slap-slap de lengüetazos, tus gemidos agudos, su respiración entrecortada.

No aguanto más, que venga el centésimo.

Noventa y nueve: él chupa todo, vacío tu vientre de placer contenido. Y el cien: perfecto, succiona tu clítoris con maestría, dos dedos curvados dentro golpeando el punto G. Explotas en oleadas, el orgasmo rompiéndote como maremoto, jugos salpicando su cara, cuerpo convulsionando, grito primal escapando: ¡Sí, pendejo, sí! Olas de éxtasis recorren cada nervio, visión borrosa, pulso tronando en oídos.

Pero él no termina: te voltea boca abajo, verga lista, y entra lento, consensual, profundo. —Ahora mi turno, mi amor —susurra al oído, mordisqueando el lóbulo.

Follan con furia contenida, piel contra piel slap-slap, su pecho contra tu espalda, manos entrelazadas. Él embiste fuerte, tú empujas contra él, el olor de sexo saturando todo. Su corrida llega rugiendo, llenándote caliente, pulsos dentro que te llevan a un segundo pico menor, tembloroso.

Caen exhaustos, enredados, el mezcal olvidado. Él te besa la nuca, suave, el afterglow envolviéndolos como manta tibia. El aire huele a ellos, satisfechos, el balcón trayendo brisa nocturna.

El 100 trying sip no fue solo un juego, fue nuestra conexión, carnal y alma. Mañana repetimos, güey.

Duermes en sus brazos, sonrisa pícara, sabiendo que esto es solo el principio de muchas noches locas.

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