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El Trío de Costa a Costa

7433 palabras

El Trío de Costa a Costa

El sol de Mazatlán me quemaba la piel como un beso ardiente mientras caminaba por la playa, el arena caliente colándose entre mis dedos de los pies. Llevaba un bikini rojo que apenas contenía mis curvas, y el viento salado me erizaba los vellos de los brazos. Marco, mi novio, iba a mi lado, su mano rozando mi cintura con esa posesión juguetona que me ponía cachonda al instante. Habíamos llegado de la Ciudad de México para este viaje loco: de costa a costa, del Pacífico al Golfo, en su camioneta vieja pero chida. Queríamos aventura, libertad, y quién sabe, un poco de picante en nuestra relación de tres años.

Entonces la vi. Carla. Estaba sentada en una cabaña de palapa, con una cerveza en la mano, su piel morena brillando bajo el sol, el pelo negro revuelto como olas salvajes. Llevaba un pareo transparente que dejaba ver sus pechos firmes y el triángulo oscuro entre sus piernas. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el mar me lamiera por dentro. Marco lo notó, el pendejo siempre atento. Órale, güey, ¿quién es esa diosa? murmuró, apretando mi mano.

Nos acercamos, pretextando pedir direcciones para la carretera. Ella sonrió con dientes blancos y perfectos. Soy Carla, de aquí de Sinaloa. ¿Van pa'l otro lado? Su voz era ronca, como humo de fogata. Charla va, charla viene, nos invitó a unas chelas. Sentados en la arena, el olor a mariscos fritos y su perfume dulce –mezcla de coco y algo más salvaje– me invadió los sentidos. Marco coqueteaba descarado, pero yo también. Le toqué la rodilla sin querer, y ella no se apartó. Sentí su calor subir por mi muslo, y mi concha se humedeció al instante. Neta, nunca había sentido esa electricidad con una chava.

¿Qué carajos estoy haciendo? Marco y yo siempre hemos jugado con la idea de un trío, pero ¿así de fácil? Su piel sabe a sal y miel, y Marco me mira como si ya estuviéramos en ello.

Al atardecer, con el cielo pintado de naranja y rosa, propuso unirse a nuestro viaje. El Tri de costa a costa, ¿no? Yo pongo la música, ustedes la aventura. Reímos, pero en sus ojos había fuego. Esa noche, en el motel barato con vista al mar, el aire olía a humedad y deseo. Dormimos los tres en la cama king size –por falta de cuartos, dijo ella guiñando. Sus cuerpos a ambos lados del mío, el calor de Marco atrás, duro contra mi culo, y Carla adelante, su aliento en mi cuello.

La tensión creció como marea alta. Al amanecer, el sonido de las olas rompiendo me despertó. Marco ya estaba despierto, su mano deslizándose por mi vientre, bajando lento hasta mi monte de Venus. ¿Quieres esto, mi amor? susurró. Asentí, el pulso latiéndome en las sienes. Carla abrió los ojos, sonriendo pícara. ¿Ya arrancamos el Tri? Se inclinó y me besó, suave al principio, sus labios carnosos probando los míos como fruta madura. Sabían a tequila y mar.

El beso se volvió hambre. Sus lenguas bailaban, Marco gimiendo mientras nos veía. Le quité el pareo, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos. Los chupé, sintiendo su sabor salado, mientras ella gemía bajito, ¡Ay, pinche rica! Marco se unió, su boca en mi cuello, mordisqueando, sus dedos abriendo mis labios inferiores, resbalosos de jugos. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el olor a sexo crudo –sudor, lechita preeyaculatoria, mi excitación almizclada.

Nos movimos al ritmo del mar. Carla se montó en mi cara, su concha depilada rozándome la nariz, huelo su esencia dulce y salada. La lamí despacio, saboreando cada pliegue, su clítoris hinchado como perla. ¡Qué delicia, neta! Nunca imaginé lamer a una chava así de chula. Marco se posicionó atrás de mí, su verga gruesa empujando contra mi entrada. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, el estirón delicioso. Me cogía fuerte, sus bolas golpeando mi culo, mientras yo devoraba a Carla.

El viaje siguió así, de playa en playa. En Puerto Vallarta, paramos en una cala escondida. El sol del mediodía nos abrasaba, arena pegada a la piel sudada. Ahí escaló todo. Carla me untó aceite de coco, sus manos masajeando mis tetas, pellizcando pezones hasta que grité de placer. Eres una mamacita traviesa, me dijo, lamiendo el aceite de mi ombligo. Marco nos filmaba con el celular –para recuerdos, dijo–, su polla tiesa asomando del short.

Nos tendimos en una manta. Yo en el medio, como reina. Carla besaba mi interior de muslos, mordisqueando suave, mientras Marco me penetraba lento, profundo. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el roce eléctrico. Más rápido, cabrón, le rogué, y él obedeció, embistiéndome como bestia. Carla subió a mi cara otra vez, moliéndose contra mi lengua, sus jugos chorreándome la barbilla. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, gemidos roncos. Olía a coco, mar y corrida inminente.

Esto es el paraíso, güey. Dos cuerpos perfectos adorándome, mi orgasmo construyéndose como tormenta. ¿Por qué no lo hicimos antes?

En la noche de Manzanillo, la lluvia tropical azotaba la ventana del hotel. El trueno retumbaba como nuestros corazones. Nos duchamos juntos, jabón resbaloso entre curvas y músculos. Marco me levantó contra la pared, piernas enredadas en su cintura, follándome con agua cayendo. Carla se arrodilló, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mis bolas –no, en mi clítoris y las bolas de él. ¡Joder, qué rico! grité, el vapor llenando pulmones, gusto a jabón y sexo.

La intensidad subió en el camino a Veracruz. Paramos en moteles cutres, pero el lujo era nosotros. Una noche, atamos a Marco a la cama con mi pareo. Carla y yo lo torturamos lento: plumas en su verga hinchada, besos en el glande, lamiendo pre-semen salado. Él suplicaba, Pinches diosas, déjenme correr. Lo montamos alternadas, yo primero, sintiendo su grosor palpitar, luego Carla, sus nalgas rebotando. Yo la besaba, tetas contra tetas, pezones rozando como chispas.

El clímax llegó cerca de Alvarado, última playa antes del Golfo. Sol poniente tiñendo el agua de oro. Nos metimos al mar desnudos, olas lambiendo piernas. Marco me cargó, penetrándome de pie, el agua fría contrastando su calor. Carla se pegó atrás, dedos en mi culo, abriéndome suave. ¿Quieres doble, reina? Asentí, perdida en éxtasis. Entraron juntos, verga en concha, dedos en ano –luego su strap-on que compramos en un sex shop de Acapulco. Llenos, estirados, el placer rayando en dolor dulce. Grité, olas ahogando sonido, sal en boca, cuerpos chocando en ritmo frenético.

El orgasmo nos barrió como tsunami. Sentí contracciones brutales, chorros calientes de Marco llenándome, Carla temblando contra mí. Colapsamos en arena, exhaustos, risas mezcladas con jadeos. El aire nocturno fresco secaba sudor, olor a mar y semen flotando. Nos abrazamos, piel pegajosa, pulsos calmándose.

Al día siguiente, en el Golfo, el viaje acabó. Carla nos besó lento. El Tri de costa a costa fue épico, carnales. No lo olviden. Se fue con su mochila, pero nos dejó fuego eterno. Marco y yo manejamos de vuelta, manos entrelazadas, recuerdos ardiendo. Ya planeamos el siguiente viaje. Neta, la vida es para vivirse así: salvaje, consentida, inolvidable.

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