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A Que Hora Juega El Tri En La Cancha Del Placer

7231 palabras

A Que Hora Juega El Tri En La Cancha Del Placer

El bar estaba a reventar de pura adrenalina mexicana. Era uno de esos viernes en el DF donde todos los ojos estaban pegados a las pantallas gigantes, esperando el pinche partido de El Tri. El aire olía a cerveza fría, tacos de suadero chisporroteando en la plancha y ese sudor colectivo de la emoción que te eriza la piel. Yo, sentado en la barra con una Pacífico helada en la mano, sentía el pulso acelerado no solo por el fútbol, sino porque mis ojos no se despegaban de ella.

Se llamaba Ana, o al menos eso me dijo cuando se acercó pidiendo un trago. Morena, con curvas que gritaban ven y descubre, el cabello negro suelto cayéndole por la espalda como una cascada salvaje. Llevaba una camiseta ajustada de la Selección, con el águila bien marcada sobre sus chichis firmes, y unos shorts que dejaban ver piernas interminables.

¿Qué carajos hace una diosa así sola en este antro de borrachos?
pensé, mientras mi verga empezaba a despertar bajo los jeans.

—Oye, güey, a qué hora juega El Tri? —le solté, rompiendo el hielo con lo primero que se me ocurrió. Ella giró, sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara, y sus ojos cafés me clavaron como un tiro al ángulo.

—En media hora, carnal. Pero yo creo que ya empezó el verdadero juego aquí —me contestó con voz ronca, rozando mi brazo con sus dedos. El roce fue eléctrico, como un chispazo que me subió por la espina. Olía a vainilla y algo más, un aroma femenino que me hacía saliva.

Empezamos a platicar entre gritos de la multitud y el ruido de las chelas chocando. Hablamos de Maradona, de Hugo Sánchez, de cómo El Tri siempre nos pone la piel chinita. Pero entre líneas, el coqueteo ardía. Su risa era como música, grave y juguetona, y cada vez que se inclinaba, veía el escote perfecto, los pezones endureciéndose bajo la tela. Yo sentía mi corazón latiendo como tamborazo zacatecano, y abajo, mi pija ya estaba dura como palo de escoba.

El bar se llenó más, la gente coreaba el himno, pero nosotros estábamos en nuestro mundo. Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacio, y yo no pude más. La besé ahí mismo, con sabor a tequila y limón en su boca suave, húmeda. Sus labios se abrieron ansiosos, lenguas danzando como en un baile de cumbia prohibida. El mundo se desvaneció: solo existían sus gemidos bajitos, el calor de su aliento en mi cuello, el roce de sus tetas contra mi pecho.

—Vámonos de aquí —me susurró al oído, mordisqueándome el lóbulo. Su voz era pura miel caliente.

Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que nos consumía. Mi depa estaba a dos cuadras, en Polanco, un lugar chido con vista a la Reforma. En el elevador, ya no aguantamos: la pegué a la pared, mis manos explorando su culo redondo, apretándolo mientras ella gemía ¡sí, así!. Sentí su coñito mojado a través de los shorts, caliente como lava.

Entramos tambaleándonos, prendiendo la tele justo para ver el arranque del partido. Pero ¿quién chingados veía goles? La tiré en la cama king size, suave como nubes, y le arranqué la camiseta. Sus chichis saltaron libres, perfectos, con pezones oscuros duros como piedras. Me lancé a mamarlos, chupando fuerte, lamiendo el sudor salado de su piel. Ella arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando marcas que dolían rico.

Esto es mejor que cualquier Mundial
, pensé, mientras bajaba mis labios por su vientre plano, besando cada centímetro. Olía a deseo puro, a mujer en celo, ese musk que te vuelve loco. Le quité los shorts y la tanguita empapada, revelando su panocha depilada, hinchada y brillante. La abrí con los dedos, rosada y jugosa, y metí la lengua directo al clítoris. Ana gritó, agarrándome el pelo: —¡Ay, cabrón, no pares! Mámamela toda...

La comí como si fuera mi última cena, sorbiendo sus jugos dulces y salados, sintiendo sus muslos temblar alrededor de mi cabeza. El sonido de su coño chorreando, los lametones húmedos, se mezclaba con los gritos del estadio en la TV. Ella se retorcía, sus caderas empujando contra mi boca, hasta que explotó en un orgasmo que la hizo convulsionar, gritando mi nombre como goleadora.

Pero el juego apenas empezaba. Se volteó como tigresa, me desabrochó el cinturón y sacó mi verga tiesa, venosa, goteando pre-semen. —Qué vergota, papi. Te la voy a chupar hasta que ruegues —dijo con ojos de diabla. Su boca caliente la envolvió, lengua girando en la cabeza sensible, mamando profundo hasta la garganta. Sentí el vacío succionando, sus labios estirados, saliva chorreando por mis huevos. Gemí como loco, el placer subiendo como ola, oliendo su cabello mientras la tele narraba un tiro libre.

No la dejé terminar ahí. La puse a cuatro patas, admirando su culo alzado, la panocha abierta invitándome. Escupí en mi mano, lubriqué mi pija y la embestí despacio. ¡Qué delicia! Estrecha, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus paredes. Ella empujaba hacia atrás: —¡Más fuerte, pendejo! Fóllame como si fuera el Azteca!

Aceleré, mis huevos chocando contra su clítoris, piel contra piel en palmadas resonantes. Sudábamos a chorros, el cuarto oliendo a sexo crudo, a testosterona y estrógeno mezclado. La agarras de las caderas, tirando su pelo, ella volteaba a verme con cara de éxtasis. En la tele, El Tri metía gol, la multitud rugía, pero nuestros gritos eran más fuertes. Sentía su coño apretándome, ordeñándome, el orgasmo construyéndose en mis bolas hinchadas.

Cambié posiciones: la puse encima, cabalgándome como jinete en rodeo. Sus tetas rebotando, pezones rozando mi pecho, sus uñas en mis hombros. Yo la pellizcaba el clítoris, frotándolo mientras ella subía y bajaba, su jugo empapando mis huevos.

Esto es el verdadero triunfo
, rugí en mi mente, viendo sus ojos vidriosos de placer.

El clímax llegó como tsunami. Ella primero, chillando ¡me vengo, chingado!, su panocha convulsionando, chorros calientes mojándome todo. Eso me volteó: embestí una última vez profundo, gritando mientras descargaba chorros de leche espesa en su interior, pulsando una y otra vez. Colapsamos jadeando, cuerpos pegajosos, el corazón latiéndonos como post-partido.

Nos quedamos así, enredados, viendo el resto del juego con la piel erizada por el roce constante. Ella trazaba círculos en mi pecho, besándome el cuello. —La próxima, , avísame. Repetimos en la cancha del placer —me dijo riendo bajito.

El afterglow era perfecto: su aroma pegado a mis sábanas, el sabor de ella en mi boca, la calidez de su cuerpo acurrucado. México había ganado, pero yo sentía que el verdadero campeón era esta noche, esta conexión salvaje y consentida que nos dejó temblando de puro gozo. Y mientras los fuegos artificiales estallaban afuera, supe que esto no acababa aquí.

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