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Maria Sabina Encendida por El Tri Sinfonico

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Maria Sabina Encendida por El Tri Sinfonico

Yo soy Maria Sabina, una morra de treinta y tantos que vive por la música que te hace vibrar hasta el alma. Esa noche en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, el ambiente estaba cargado de pura energía. El cartel anunciaba El Tri Sinfónico, y neta que no me lo podía perder. Me puse un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, con un escote que dejaba ver lo suficiente para volver loco a cualquiera. El olor a jazmín de mi perfume flotaba en el aire mientras caminaba entre la gente, sintiendo ya el cosquilleo en la piel por la anticipación.

La multitud rugía cuando subieron al escenario. Los violines y trompetas se mezclaban con las guitarras rasposas de El Tri, creando una sinfonía que te erizaba el vello de la nuca. Me acomodé cerca del frente, el bajo retumbando en mi pecho como un corazón acelerado. Ahí lo vi: un carnal alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas bajo las luces. Se llamaba Alex, me enteré después. Nuestras miradas se cruzaron durante "Abuso de Autoridad", y sentí un jalón en el estómago, como si la música ya nos estuviera uniendo.

¿Qué carajos me pasa con este pendejo? Solo lo miro y ya me imagino sus manos en mi cintura.

Al final del primer set, me acerqué a la barra por un trago. Él estaba ahí, pidiendo una cerveza. "Qué chido concierto, ¿no?", le dije con una sonrisa pícara. "Sí, pero tú lo haces más chingón", respondió él, su voz grave como el trueno de la batería. Charlamos de Maria Sabina la chamana original, de cómo su legado inspiraba letras de rock, y de cómo El Tri Sinfónico elevaba todo a otro nivel. Su mano rozó la mía al pasarme la chela, y un calorcillo subió por mi brazo directo al centro de mi cuerpo.

El segundo acto empezó con "Triste Canción de Amor", y bailamos pegaditos en la zona VIP que un carnal suyo nos coló. Su cuerpo duro contra el mío, el sudor mezclándose, el aroma masculino de su piel con toques de colonia. Sentía su aliento en mi cuello mientras las cuerdas gemían en éxtasis. "Estás cañona, Maria Sabina", murmuró, y yo solo atiné a apretarme más contra él, dejando que su dureza me presionara las nalgas.

La música nos llevaba, el ritmo sinfónico acelerando nuestros pulsos. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja, bajando despacio hasta rozar el borde de mi vestido. Yo giré la cara, nuestros labios a milímetros. "Vamos a algún lado", le susurré, mi voz ronca de deseo. Él asintió, y salimos tomados de la mano, el bullicio del concierto quedando atrás como un eco ardiente.

En su depa en Polanco, todo era lujo discreto: luces tenues, una botella de tequila reposado en la mesa. Nos sentamos en el sofá de piel suave, el jazz de fondo reemplazando la sinfonía pero manteniendo el mood. "Cuéntame de ti, Maria Sabina", dijo mientras me servía un shot. Hablé de mis días como diseñadora gráfica, de cómo la música me hacía sentir viva, libre. Él me escuchaba, sus ojos devorándome. El tequila quemaba dulce en la lengua, y con cada trago, la tensión crecía.

Sus manos en mis muslos, subiendo lento, explorando. Yo le quité la camisa, revelando un pecho tatuado con águilas y serpientes mexicanas. Lo besé ahí, saboreando la sal de su piel, el músculo tenso bajo mis labios. "Neta que me traes loco", gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada. Me llevó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda caliente.

Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga olvidar el mundo, que me haga suya con la fuerza de una sinfonía.

Me desvistió con calma, besando cada centímetro que descubría. Sus labios en mis pechos, chupando suave al principio, luego con hambre. Gemí cuando su lengua jugó con mis pezones endurecidos, el placer disparándose como fuegos artificiales. Bajó más, sus dedos abriendo mis piernas, el aire fresco rozando mi humedad. "Estás empapada, preciosa", dijo, y yo solo arqueé la espalda, invitándolo.

Su boca en mí fue puro fuego: lengua danzando en mi clítoris, lamiendo con maestría, succionando hasta que vi estrellas. El olor de mi excitación mezclándose con el suyo, mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave. "¡Ay, cabrón, no pares!", jadeé, las caderas moviéndose solas contra su cara. Él introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía temblar. El orgasmo me golpeó como un solo de guitarra, olas de placer sacudiéndome entera, gritando su nombre mientras él bebía mis jugos.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga gruesa y venosa palpitaba, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en la boca, saboreando su gusto salado y almendrado, chupando profundo hasta la garganta. Él gemía, "¡Qué rica boca, Maria Sabina!", sus caderas empujando gentil. Lo masturbé con la mano mientras lamía sus bolas, oliendo su esencia varonil que me volvía loca.

No aguantamos más. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriéndome como una ola. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Sí, así, métemela toda!", rogué, y él obedeció, embistiéndome con ritmo sinfónico: lento, profundo, luego rápido y fiero. El slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, el sudor chorreando. Agarró mis tetas desde atrás, pellizcando pezones, mordiendo mi hombro sin lastimar.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, yo rebotando, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Nuestros ojos clavados, besos salvajes con lengua enredada. "Te voy a venir adentro si no paras", advirtió, pero yo apreté más, "¡Córrete conmigo, carnal!". El clímax nos atrapó juntos: él hinchándose, chorros calientes inundándome mientras yo convulsionaba, el placer explotando en mil colores, gritos ahogados en su boca.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, el corazón latiendo al unísono. Su semen goteando de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Me acurruqué en su pecho, inhalando su olor post-sexo, esa mezcla embriagadora de sudor y pasión. "Eso fue épico, como El Tri Sinfónico en vivo", murmuró riendo bajito. Yo sonreí, trazando sus músculos con el dedo.

Esta noche cambió algo en mí. No solo fue el sexo, fue la conexión, el ritmo que nos unió como una chamana con su espíritu.

Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de conciertos futuros, de viajes por México. Él me prometió entradas para el próximo show de El Tri, y yo supe que esto no era un polvo de una noche. Salí de ahí con el cuerpo satisfecho, la piel aún sensible, el alma vibrando. Maria Sabina había encontrado su sinfonía personal, y qué chido que empezó con El Tri Sinfónico.

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