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La Budd Chiari Triada Desatada

8571 palabras

La Budd Chiari Triada Desatada

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la villa privada en la playa, esa donde el mar Caribe lamía la arena blanca con un susurro constante, como si supiera los secretos que se cocían adentro. Chiari, con su piel morena brillando bajo el aceite de coco, se recargaba en la terraza de madera pulida, sintiendo el calor subirle por las piernas hasta el vientre. Llevaba un bikini diminuto, rojo como la sangre que le hervía en las venas cada vez que pensaba en ellos. Budd y Triada. Su Budd Chiari Triada, el trío que había cambiado su vida para siempre.

Neta, ¿cómo carajos llegué aquí? Hace unos meses era una chava normalita en Guadalajara, trabajando en una galería de arte, soñando con algo más grande que los pinches cafés con amigas. Y ahora... esto. Ellos. Nosotros.

Todo empezó en una fiesta en la playa, una de esas exclusivas donde la crema y nata de México se reunía para soltar prenda. Budd fue el primero que vio. Alto, güero, con ojos verdes que te desnudaban con una mirada. Traía una camisa de lino abierta hasta la mitad, mostrando ese pecho tatuado con un dragón que parecía vivo. Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a sal marina y colonia cara, esa que huele a madera y deseo.

—Órale, preciosa, ¿vienes sola? —me dijo, con esa voz ronca que me erizó la piel.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en la nuca. —Por ahora, carnal. Pero quién sabe.

Charlamos toda la noche. Sus manos rozaban las mías al pasar el tequilita, y cada roce era como electricidad. Hablaba de viajes por el mundo, de fiestas en yates, pero lo que me atrapó fue su risa, profunda, que vibraba en mi pecho. Al amanecer, me besó. Sus labios sabían a ron y limón, calientes, exigentes. Me apretó contra él, y sentí su verga dura presionando mi muslo. Chingado, qué rico, pensé, mientras mi panocha se humedecía al instante.

Pero Budd no estaba solo. Al día siguiente, en la misma villa que rentaba con amigos, apareció Triada. Alta, curvilínea, con cabello negro azabache cayendo en cascada hasta su culazo perfecto. Sus ojos cafés eran pozos de miel oscura, y su boca, carnosa, prometía pecados. Traía un pareo transparente que dejaba ver sus pezones oscuros endurecidos por la brisa.

—Él me habló de ti —me dijo Triada, acercándose con un contoneo que me dejó sin aliento. Su perfume era jazmín y vainilla, dulce, embriagador.

Budd nos miró desde la alberca, sonriendo como el diablo. —Chavas, ¿por qué no formamos nuestra Budd Chiari Triada? Algo especial, ¿neta?

Ahí empezó la tensión. Esa noche cenamos mariscos frescos en la terraza: camarones cocidos en ajo y mantequilla, olor a mar y especias llenando el aire. La risa fluía con el vino tinto, pero bajo la mesa, los pies se rozaban. El de Budd subía por mi pantorrilla, áspero, cálido. El de Triada jugueteaba con mis dedos, suave como seda. Mi corazón latía fuerte, el pulso retumbando en mis oídos como tambores.

Después de la cena, nos metimos a la alberca infinita. El agua estaba tibia, lamiendo nuestras pieles desnudas. Nos quitamos todo sin palabras, solo miradas cargadas de promesas. Budd nadó hacia mí primero, sus manos grandes acunando mis tetas, los pulgares rozando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí bajito, el sonido ahogado por el chapoteo del agua.

Triada se pegó por detrás, su cuerpo resbaloso presionando mi espalda. Sentí sus tetas firmes contra mí, sus caderas moviéndose lento, frotando su monte de Venus contra mi nalga. —Mamacita, susurró en mi oído, su aliento caliente oliendo a vino dulce. Mordisqueó mi lóbulo, y un escalofrío me recorrió la espina.

Esto es una locura, pero qué chido. Nunca sentí tanto fuego. Sus cuerpos, el agua, todo se mezcla en un remolino de placer.

La tensión crecía como una tormenta. Budd me besó el cuello, chupando la piel salada, mientras sus dedos bajaban por mi vientre plano hasta mi panocha empapada. Metió dos dedos adentro, despacio, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Jadeé, aferrándome a sus hombros anchos, las uñas clavándose en su carne.

Triada no se quedó atrás. Se hincó en el agua poco profunda, lamiendo mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro. Su lengua era ágil, caliente, trazando círculos que me volvían loca. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que se mezclaba con el cloro y el salitre. Budd sacó los dedos y me los metió en la boca; saboreé mi propio jugo, salado y dulce, mientras Triada bajaba su cabeza entre mis piernas.

Su lengua en mi clítoris fue el detonante. Lamía con hambre, chupando, mordisqueando suave. Mis piernas temblaban, el agua salpicando alrededor. Budd se paró frente a mí, su verga erecta, gruesa, venosa, apuntando al cielo. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero duro, y la masturbé lento, sintiendo el pulso en la base.

—Chíngame, Chiari —gruñó Budd, su voz quebrada.

Me volteó Triada, poniéndome de espaldas contra el pecho de Budd. Su verga se deslizó entre mis nalgas, frotando sin entrar aún. Triada se sumergió, lamiendo mis labios mayores, introduciendo la lengua profundo. Gemí fuerte, el placer acumulándose como una ola gigante.

Subimos a la terraza, secándonos con toallas suaves que olían a lavanda. Nos tendimos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra nuestra piel ardiente. Budd se acostó primero, y yo me subí encima, empalándome en su verga de un jalón. ¡Ay, cabrón! Llenaba todo, estirándome delicioso. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el roce enviando chispas por mi cuerpo.

Triada se sentó en la cara de Budd, su panocha abierta sobre su boca. Él lamía con ganas, sorbiendo sus jugos, mientras ella y yo nos besábamos. Nuestras lenguas danzaban, saboreando sudor y deseo. Sus manos en mis tetas, amasándolas, pellizcando. Aceleré el ritmo, mis caderas chocando contra las de él, plaf plaf resonando en la habitación ventilada por el viento marino.

No puedo más. El calor en mi vientre, el olor a sexo por todos lados, sus gemidos... voy a explotar.

Cambiámos posiciones como en un baile perfecto. Budd me puso a cuatro patas, clavándosela desde atrás, profundo, golpeando mi culo con cada embestida. El sonido de carne contra carne, húmedo, obsceno. Triada debajo de mí, en 69, lamiendo mi clítoris mientras Budd me chingaba. Yo devoraba su panocha, metiendo la lengua, chupando su botón hinchado. Ella sabía a melocotón maduro, jugosa.

La intensidad subía. Sudor corría por nuestras espaldas, gotas saladas que lamíamos de la piel del otro. Budd gruñía como animal, sus manos apretando mis caderas, dejando marcas rojas. —¡Estás cañón, Chiari! ¡Tu panocha me aprieta rico!

Triada se corrió primero, su cuerpo convulsionando, gritando ¡Sí, wey, sí! contra mi clítoris, lo que me empujó al borde. El orgasmo me golpeó como tsunami, olas de placer sacudiendo cada músculo, mi panocha contrayéndose alrededor de la verga de Budd. Él no aguantó, sacándola y corriéndose sobre mi espalda, chorros calientes, espesos, oliendo a almizcle puro.

Caímos exhaustos, un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire nocturno entraba por las puertas abiertas, trayendo el rumor de las olas y el aroma a jazmín del jardín. Budd me besó la frente, suave. Triada acarició mi mejilla, sonriendo pícara.

—Eso fue solo el principio de nuestra Budd Chiari Triada —dijo Budd, su voz satisfecha.

Me acurruqué entre ellos, sintiendo sus corazones latir al unísono con el mío. El afterglow era perfecto: músculos laxos, piel pegajosa de sudor y semen, un calor residual en el vientre. Esto es lo que siempre quise, pensé, mientras el sueño nos envolvía como una manta suave.

Desde esa noche, la villa se convirtió en nuestro nido. La Budd Chiari Triada no era solo sexo; era conexión, risas compartidas al desayunar huevos rancheros con vistas al mar, masajes con aceites calientes bajo la luna, confidencias susurradas en la oscuridad. Cada encuentro construía más lazos, más deseo, más vida. Y yo, Chiari, en el centro de todo, me sentía invencible, deseada, completa.

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