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La Triada de Gregg

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La Triada de Gregg

Entraste a esa fiesta en Polanco con el corazón latiéndote a mil, el aire cargado de risas y el olor dulce del mezcal que flotaba por todos lados. Órale, qué chido lugar, pensaste mientras tus ojos recorrían las luces tenues y los cuerpos moviéndose al ritmo de la música electrónica. Vestías ese vestido negro ajustado que te hacía sentir como una diosa, la tela rozando tu piel con cada paso, erizándote los vellos.

Allí estaba él, Gregg, rodeado de un aura que gritaba confianza. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te clavó desde el primer vistazo. A su lado, una morena despampanante llamada Luna, con curvas que hipnotizaban y ojos que prometían travesuras. Te miraron al mismo tiempo, como si te hubieran estado esperando. "Ven, wey, únete a la triada Gregg", te dijo él con voz grave, extendiendo la mano. Su palma cálida envolvió la tuya, un toque eléctrico que te subió un cosquilleo directo al vientre.

La triada Gregg era legendaria en esos círculos, un secreto susurrado entre amigos liberados: Gregg y Luna, más una tercera que variaba, pero siempre con esa química explosiva.

"¿Estás lista para sentirlo todo?"
murmuró Luna en tu oído, su aliento caliente con sabor a tequila rozando tu cuello. Dijiste que sí con la cabeza, el pulso acelerado, el deseo ya humedeciendo tus bragas.

Se fueron de la fiesta en su coche, el cuero de los asientos pegándose a tus muslos sudorosos. Gregg manejaba con una mano en tu rodilla, subiendo despacio, mientras Luna se recargaba en el asiento trasero contigo, sus dedos jugueteando con el borde de tu vestido. Neta, esto va en serio, pensaste, el corazón retumbando como tambores. Llegaron a su depa en Lomas, un penthouse con vistas a la ciudad que brillaba como diamantes. El ascensor subía lento, y ahí, entre espejos, Luna te besó por primera vez: labios suaves, lengua juguetona con gusto a frutas tropicales. Gregg observaba, su mirada ardiendo, la erección ya marcada en sus jeans.

Adentro, el aire olía a incienso y a algo más primitivo, como piel caliente. Te quitaron el vestido con manos expertas, sus dedos trazando tu espalda, tus caderas. "Estás de hijole, qué rica", gruñó Gregg, su boca devorando tu cuello mientras Luna lamía tu ombligo. Sentiste sus alientos mezclados, el roce de pechos contra pechos, vergas duras –no, la de él palpitando contra tu muslo– y pezones endurecidos. Te tumbaron en la cama king size, sábanas de satén fresco contra tu piel ardiente.

La tensión crecía como una tormenta. Gregg se desvistió primero, su cuerpo atlético brillando bajo la luz baja, la verga gruesa y venosa erguida como un desafío. Luna se quitó el top, sus tetas perfectas rebotando libres, pezones oscuros invitándote. ¿Yo? ¿En esto? dudaste un segundo, pero el calor entre tus piernas gritaba . Te arrodillaste entre ellos, el suelo alfombrado suave bajo tus rodillas. Tomaste la verga de Gregg en la mano, piel aterciopelada sobre acero, salada al primer lametón. Luna se acercó, besándote con lengua mientras sus dedos abrían tu panocha, hurgando el clítoris hinchado.

"Más adentro, cariño, déjame probarte"
, susurró ella. Su lengua era fuego líquido, lamiendo tus labios vaginales, chupando el jugo que brotaba como miel. Gregg te follaba la boca despacio, embestidas controladas que te hacían gemir alrededor de su grosor. El sonido era obsceno: slurp slurp de succión, jadeos ahogados, el plop cuando salía. Olías su aroma almizclado, sudor fresco mezclado con colonia cara.

El medio acto se encendió cuando te subieron a la cama. Gregg te abrió las piernas, su lengua uniéndose a la de Luna en tu coño. Dos bocas devorándote: él chupando el clítoris con succión experta, ella metiendo dedos curvos que tocaban ese punto que te hacía arquear. "¡Ay, cabrones, no paren!" gritaste, las uñas clavándose en sus hombros. Tus muslos temblaban, el orgasmo building como ola gigante. Viniste explosiva, chorros calientes salpicando sus caras, el cuerpo convulsionando en espasmos que duraron minutos.

Pero no pararon. Luna se montó en tu cara, su panocha depilada goteando en tu boca. Sabía a mar y deseo, labios hinchados frotándose contra tu nariz. Qué rico, wey, pensaste lamiendo su clítoris, mientras Gregg te penetraba de un solo empujón. Su verga te llenó, estirándote deliciosamente, el roce interno enviando chispas. Él bombardeaba lento al principio, cada embestida un chap chap húmedo, pelotas golpeando tu culo. Luna gemía encima, moliéndose, sus jugos corriendo por tu barbilla.

Intercambiaron posiciones con fluidez, como si lo hubieran ensayado mil veces –la triada Gregg en acción pura. Ahora tú encima de Gregg, su verga clavada profundo mientras rebotabas, tetas saltando. Luna detrás, lamiendo donde se unían, dedo en tu ano para más placer.

"Siente cómo te abrimos, princesa"
, ronroneó ella. El sudor chorreaba, pieles resbalosas chocando, el cuarto lleno de ¡ah! ¡sí! ¡fóllame! en mexicano puro. Tus paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras pellizcabas los pezones de Luna.

La intensidad psicológica te golpeó: Esto es libertad, conexión total. No celos, solo placer compartido. Gregg aceleró, gruñendo "Me vengo, chula", su verga hinchándose antes de explotar dentro, semen caliente inundándote. Eso te llevó al borde otra vez. Luna se corrió en tu mano, chillando, mientras tú colapsabas en éxtasis triple, el mundo blanco de placer puro.

El final fue afterglow perfecto. Se derrumbaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones sincronizadas. Gregg te besó la frente, Luna acarició tu pelo. Olor a sexo y felicidad, pensaste, el semen goteando lento de tu coño, mezclado con tus jugos. "Bienvenida a la triada Gregg, para siempre si quieres", dijo él con voz ronca. Sonreíste, el corazón lleno, sabiendo que esto era solo el principio. La ciudad brillaba afuera, pero adentro, el calor de sus cuerpos era tu nuevo hogar.

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