Nunca Sabras Si No Lo Intentas
El sol de Cancún se ponía como un fuego naranja sobre el mar Caribe, tiñendo la playa de tonos rosados y dorados que invitaban a soltarse. Tú caminabas por la arena tibia, con el vestido ligero ondeando contra tus piernas, sintiendo la brisa salada acariciar tu piel morena. Habías venido de la Ciudad de México para desconectarte, para dejar atrás el pinche estrés del trabajo y esa relación que te había dejado hecha pedazos. Neta, ¿cuánto tiempo más vas a vivir como monja? te decías mientras el ritmo de la música reggaetón retumbaba desde el beach club cercano.
Entraste al lugar, un paraíso de luces neón y cuerpos bailando al compás del dembow. El olor a coco y tequila flotaba en el aire, mezclado con el sudor fresco de la gente que se divertía sin pudor. Te pediste un paloma bien fría, el limón picante explotando en tu lengua, y te apoyaste en la barra observando. Ahí lo viste: Diego, un morro alto, de ojos cafés intensos y sonrisa pícara que gritaba trouble. Llevaba una camisa guayabera abierta, mostrando un pecho tatuado con un águila mexicana estilizada. Te guiñó el ojo y se acercó, su colonia amaderada invadiendo tu espacio personal de la mejor manera.
—Órale, güerita, ¿vienes a conquistar la playa o nomás a verte rica? —dijo con esa voz grave que te erizó la piel.
Reíste, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
¿Y si lo mandas a la verga? ¿O nunca sabrás si no lo intentas?La frase te vino como un rayo, recordando esas palabras que tu mejor amiga te repetía en las chelas. Hablabas con él, coqueteando, sus dedos rozando tu brazo accidentalmente —o no tan accidental—. Contó anécdotas de surf en la playa del Carmen, su risa contagiosa haciendo que tus hombros se relajaran. Bailaron pegaditos, su cadera presionando contra la tuya, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina. Sentías su aliento en tu cuello, oliendo a mentas y deseo puro.
La noche avanzaba, y el alcohol te soltaba las riendas. Salieron a caminar por la orilla, las olas lamiendo sus pies descalzos, la arena fresca adhiriéndose a sus tobillos. Se besaron bajo la luna, sus labios suaves pero firmes, saboreando a tequila y sal. Tus manos exploraban su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensarse bajo tus uñas. Puta madre, esto se siente tan bien, pensabas, mientras él te levantaba contra un coco, tus piernas envolviéndolo por instinto.
—Ven a mi casa, está cerquita. No muerdo... mucho —susurró, su voz ronca enviando ondas de calor directo a tu entrepierna.
Tu mente gritaba precauciones, pero tu cuerpo ya había decidido.
Nunca sabrás si no lo intentas, repetiste en silencio, y subiste a su camioneta, el motor rugiendo como tu pulso acelerado.
La casa de Diego era un chalet modesto pero chulo, con vistas al mar y velas aromáticas de vainilla encendidas en la terraza. Te sirvió un shot de mezcal ahumado, el líquido quemando tu garganta mientras él te besaba el hombro, desatando el nudo de tu vestido. Caíste en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra tu piel desnuda. Él se quitó la ropa despacio, revelando un cuerpo esculpido por el sol y el gym: abdominales marcados, una verga gruesa y erecta que te hizo tragar saliva.
—¿Estás segura, reina? No hay prisa —preguntó, sus ojos buscando los tuyos con genuina ternura.
—Sí, wey. Quiero esto. Contigo —respondiste, tu voz temblando de anticipación.
Empezó lento, besando cada centímetro de tu cuerpo. Sus labios en tus pezones, chupando con succiones que te arquearon la espalda, el placer punzante irradiando como electricidad. Bajó por tu vientre, oliendo tu aroma almizclado de excitación, y sepultó la cara entre tus muslos. Su lengua experta lamió tu clítoris hinchado, círculos lentos que te hicieron gemir alto, tus caderas moviéndose solas contra su boca. ¡Carajo, qué rico! Nunca me habían comido así, pensabas, tus dedos enredados en su pelo negro ondulado, tirando suave para guiarlo.
El cuarto se llenaba de sonidos: tus jadeos entrecortados, el slurp húmedo de su lengua devorándote, el crujir de la cama bajo vuestros movimientos. Introdujo dos dedos gruesos en tu panocha empapada, curvándolos contra ese punto que te hacía ver estrellas, el jugo resbalando por tus nalgas. Te corrías por primera vez esa noche, un orgasmo que te sacudió entera, olas de placer apretando sus dedos mientras gritabas su nombre.
Pero no paró. Te volteó boca abajo, besando la curva de tu espalda, sus manos amasando tus nalgas firmes. ¿Anal? Ni madres, no hoy, pensaste, pero él solo rozó su verga contra tu entrada vaginal, lubricada por tus fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote con una plenitud deliciosa que te arrancó un quejido. —Estás tan chingona, tan apretada —gruñó, su aliento caliente en tu oreja.
Empezó a bombear, primero suave, luego más fuerte, el plaf plaf de piel contra piel resonando como un tambor primal. Tú empujabas hacia atrás, queriendo más, tus tetas rebotando contra el colchón, el sudor perlando vuestros cuerpos. Cambiaron posiciones: tú encima, cabalgándolo como una diosa, sintiendo su verga golpear profundo, sus manos en tus caderas guiándote. El olor a sexo impregnaba el aire, mezcla de almizcle, sudor y vainilla. Sus ojos clavados en los tuyos, conexión más allá de lo físico.
Esto es lo que necesitaba. Soltarme, probar. Nunca sabrás si no lo intentas, reflexionabas entre embestidas, el clímax construyéndose de nuevo como una tormenta.
Él se sentó, envolviéndote en un abrazo sudoroso, besándote mientras follaban sentados. Tus uñas arañando su espalda, su lengua enredada con la tuya, saboreando el salado de vuestros besos. —Vente conmigo, mi amor —pidió, y explotaron juntos: tu coño contrayéndose en espasmos alrededor de su verga palpitante, chorros calientes llenándote mientras gemías en su cuello. El mundo se disolvió en blanco puro, pulsos latiendo al unísono.
Después, yacían enredados, el ventilador zumbando sobre ellos, secando el sudor de sus pieles. Diego te acariciaba el pelo, trazando círculos perezosos en tu espalda. —¿Ves? Valió la pena intentarlo —murmuró, besando tu frente.
Tú sonreíste, el corazón lleno, el cuerpo saciado. Neta, tenía razón. Nunca sabrás si no lo intentas. La luna se colaba por la ventana, prometiendo más aventuras. Mañana volverías a la playa, pero ahora, en sus brazos, todo era perfecto. El mar susurraba afuera, un eco de la paz que habías encontrado al fin.