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No Culpes a la Chava por Intentar Acordes de Ukulele

7174 palabras

No Culpes a la Chava por Intentar Acordes de Ukulele

La noche en Sayulita olía a sal marina y a humo de fogata, con el rumor de las olas rompiendo a lo lejos como un susurro constante que te erizaba la piel. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México buscando un poco de ese vibe playero que tanto extrañaba. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas con la brisa húmeda, y mis sandalias crujían sobre la arena tibia. Ahí estaba él, el wey con el ukulele colgado al hombro, tocando alrededor del fuego. Se llamaba Diego, un moreno alto con tatuajes que asomaban por su camiseta ajustada, ojos cafés que brillaban con la luz de las llamas y una sonrisa pícara que me hacía apretar los muslos sin querer.

Desde que lo vi rasgueando esas cuerdas, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el mar me estuviera llamando a través de su música. ¿Y qué? No culpes a la chava por intentar acordes de ukulele, me dije mientras me acercaba, fingiendo que solo quería pedir un trago. "Órale, carnal, ¿me enseñas a tocar eso?", le solté con mi mejor tono juguetón, sentándome a su lado en una esterilla raída. Él rio, una carcajada grave que vibró en mi pecho, y me pasó el instrumento. Sus dedos rozaron los míos, ásperos por las cuerdas, y un calor se subió por mi brazo directo al centro de mi cuerpo.

"Can't blame a girl for trying chords ukulele", murmuró él en inglés, guiñándome el ojo mientras buscaba en su cel la tablatura de esa rola que tanto me gustaba. Era como si leyera mi mente. Yo intenté seguirle el paso, mis uñas pintadas de rojo rozando las cuerdas, produciendo un sonido chirriante que nos hizo reír a los dos. El aire estaba cargado de ese olor a coco de su protector solar mezclado con sudor fresco, y cada vez que él corregía mi posición, su mano se demoraba en mi muñeca, enviando chispas por mi espina.

¡Pinche Diego, con esa forma de mirarme como si ya supiera lo que quiero! Mi corazón late como tambor en carnaval, y entre mis piernas ya siento esa humedad traicionera.

La fogata crepitaba, lanzando chispas al cielo estrellado, y la gente alrededor bailaba al ritmo de reggaetón lejano. Pero nosotros estábamos en nuestro mundo. "Mira, así se hace el acorde de Do", dijo él, cubriendo mi mano con la suya, presionando fuerte. Sentí el calor de su palma contra la mía, el pulso acelerado latiendo en sincronía. Mi aliento se entrecortó cuando su aliento cálido rozó mi oreja. "No está tan mal para una principiante, chula". Su voz era ronca, como grava bajo las olas, y yo giré la cara, nuestros labios a centímetros. El deseo era un nudo apretado en mi vientre, pidiendo ser desatado.

Acto seguido, dejamos el ukulele a un lado. Él me jaló hacia él con gentileza, sus manos grandes en mi cintura, atrayéndome hasta que quedé sentada a horcajadas sobre sus piernas. El vestido se subió por mis muslos, exponiendo piel besada por el sol. "Quieres aprender más, ¿verdad?", susurró, y yo asentí, mordiéndome el labio. Nuestros besos empezaron suaves, exploratorios, saboreando la sal en su boca y el dulzor de la cerveza en la mía. Sus manos subieron por mi espalda, desatando el nudo del vestido con maestría, mientras yo enredaba mis dedos en su pelo revuelto, oliendo a mar y a hombre.

Nos levantamos, tambaleantes de deseo, y caminamos hacia su cabaña de playa, un cuartito de madera con hamaca y velas titilantes. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Adentro, el aire era más denso, cargado de nuestro aroma mezclado: sudor, excitación, un toque de arena pegajosa. Él me empujó contra la pared con cuidado, sus labios devorando mi cuello, chupando justo donde late la vida. Gemí bajito, "ay, wey, qué rico", mientras mis uñas se clavaban en sus hombros musculosos. Sentía su erección dura contra mi cadera, palpitante, y eso me volvió loca.

Me quitó el vestido de un tirón, dejándome en tanga de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron de hambre al verme, recorriendo mis pechos llenos, mis pezones endurecidos por el fresco de la noche. "Eres una chulada, Ana", gruñó, arrodillándose para besar mi ombligo, bajando lento, torturándome con su lengua húmeda. Yo arqueé la espalda, el tacto de su barba incipiente raspando deliciosamente mi piel sensible. El olor de mi propia excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce, invitándolo.

¡Madre santa, este pendejo sabe lo que hace! Cada lamida es fuego líquido, y yo solo quiero que me coma entera.

Le bajé los shorts con impaciencia, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso fuerte bajo mi palma. Él jadeó, un sonido animal que me empapó más. Lo masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos, la cabeza echada atrás. Luego me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama deshecha con sábanas blancas arrugadas. Caímos juntos, riendo entre besos fieros.

La escalada fue gradual, deliciosa. Yo me puse encima, frotándome contra él, mi tanga empapada deslizándose sobre su longitud. "Entra ya, carnal", le rogué, y él obedeció, guiándome con manos firmes en mis caderas. Cuando me hundí en él, fue como volver al mar: cálido, envolvente, perfecto. Gemí alto, el estirón exquisito llenándome hasta el fondo. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena, cada roce contra mis paredes internas. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el crujir de la cama... todo era sinfonía erótica.

Él me volteó, poniéndome de rodillas, y entró por atrás con un thrust profundo que me hizo gritar de placer. Sus manos amasaban mis nalgas, azotando suave, enviando ondas de calor. "¡Más fuerte, Diego!", exigí, empoderada en mi lujuria. Sudábamos juntos, el olor salado pegándose a la piel, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Alcancé mi primer orgasmo así, olas convulsivas que me dejaron temblando, apretándolo como vicio.

Pero no paramos. Él se recostó y yo lo monté de nuevo, esta vez salvaje, mis pechos rebotando, su boca capturando un pezón para succionarlo con hambre. Sentía su verga hincharse más, lista para explotar. "Ven conmigo, mi amor", le dije, y él gruñó, sus caderas subiendo para encontrarse con las mías. El clímax nos golpeó juntos: yo chillando, él rugiendo, chorros calientes llenándome mientras mi cuerpo se contraía en éxtasis puro. El mundo se disolvió en pulsos, en sudor mezclado, en el sabor de su beso post-orgasmo.

Después, yacimos enredados, el ukulele olvidado en el piso como testigo mudo. La brisa entraba por la ventana abierta, refrescando nuestra piel febril. Él me acariciaba el pelo, yo trazaba sus tatuajes con el dedo. "Can't blame a girl for trying", susurré riendo, y él me besó la frente. "Fue lo mejor que has intentado, chava". El mar seguía cantando afuera, y en mi pecho, un calor nuevo, no solo físico, sino algo que prometía más noches como esta. Sayulita nos había regalado esto: deseo cumplido, cuerpos saciados, almas tocadas por cuerdas invisibles.

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