A Mi Mujer Le Gustan Los Tríos
Todo empezó una noche de esas que el calor de Guadalajara te pega como una cachetada húmeda, con el ventilador zumbando como loco en el techo de nuestro depa en la colonia Providencia. Yo, neta, siempre he sido el tipo celoso, pero con Ana, mi morra, las cosas son diferentes. Ella es una chava de esas que te voltean la cabeza: curvas que no acaban, piel morena como el chocolate de Oaxaca y unos ojos negros que te chupan el alma. Llevábamos cinco años casados y la química entre nosotros era explosiva. Pero esa noche, mientras nos echábamos unos tequilas en la terraza, con el olor a jacarandas flotando en el aire, Ana se soltó con una confesión que me dejó con la verga tiesa de pura sorpresa.
—Órale, carnal, ¿y si probamos algo nuevo? —dijo ella, recargada en mi hombro, su aliento caliente con sabor a limón y tequila—. A mí me gustan los tríos, ¿sabes? Siempre he fantaseado con eso.
Me quedé pasmado, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. ¿Mi Ana, la reina de mi cama, queriendo un trío? Neta, la idea me prendió como yesca. Imaginé sus labios carnosos en dos vergas a la vez, sus gemidos multiplicados. Pero no era solo deseo; había un pellizco de celos, de miedo a perderla. Le di un trago al tequila y le contesté:
—No mames, güey, ¿en serio? ¿Con otro carnal o con una morra?
Ella se rió, esa risa ronca que me eriza la piel, y me mordió el lóbulo de la oreja. —Con un vato, como tú, guapo y fuerte. Pero todo chido, consensual, ¿va?
Ahí empezó la tensión. Pasaron días donde el aire entre nosotros vibraba. Cada vez que la besaba, sentía su cuerpo respondiendo más salvaje, como si ya estuviera imaginando al tercero. Yo me la pasaba pensando en eso mientras manejaba mi troca por el periférico, oliendo su perfume que se le pegaba a la ropa: vainilla y algo picante, como chile en nogada.
Escogimos a Marco, un cuate del gym, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara de regio que te hace pensar en travesuras. Era confiable, neta, y Ana lo había visto sudando en las pesas, con el torso brillando bajo las luces fluorescentes. Le mandamos un mensajito discreto y el cabrón aceptó sin chistar. La noche del encuentro llegó como tormenta de verano: el cielo nublado sobre la ciudad, el zumbido de los grillos en el jardín.
Acto dos: la escalada. Ana se arregló como diosa azteca: un vestido negro ceñido que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, el cabello suelto cayendo como cascada de obsidiana. Marco llegó puntual, con una botella de Don Julio en la mano y una mirada que ya lamía el cuerpo de mi mujer. Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujía bajo nuestro peso, el aire cargado de anticipación y el aroma mezclado de colonia masculina y el jazmín de Ana.
Empezamos con pláticas pendejas, tragos que aflojaban la lengua. Ana se sentó entre nosotros, su muslo rozando el mío, caliente como brasa. Sentí su mano subir por mi pierna, deslizándose hasta mi entrepierna, donde ya estaba duro como piedra. Marco la miró, y ella le guiñó un ojo.
—A mí me gustan los tríos —susurró ella, repitiendo su confesión como un mantra sexy—, y ustedes dos me van a volver loca.
El beso empezó entre Ana y yo, profundo, con lenguas enredadas que sabían a tequila y deseo. Marco observaba, su respiración pesada. Luego, Ana giró la cabeza y lo jaló por la nuca, besándolo con hambre. Yo vi sus labios succionando los de él, el sonido húmedo de la saliva, y un calor me subió por el pecho. Mis manos exploraban su espalda, bajando hasta apretar ese culo que tanto amaba, sintiendo la tela delgada del vestido contra mis palmas sudorosas.
Nos fuimos al cuarto, la cama king size esperándonos como altar. Ana se quitó el vestido en un movimiento fluido, quedando en tanga roja y nada más. Sus pezones oscuros duros, apuntando al techo. Olía a su excitación, ese almizcle dulce que me volvía loco. Marco y yo nos desvestimos rápido, vergas palpitantes al aire. Ella se arrodilló entre nosotros, como reina en su trono.
Su boca... carajo. Primero me la chupó a mí, labios suaves envolviéndome, lengua girando en la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Gemí, el sonido gutural rebotando en las paredes. Luego pasó a Marco, mamándosela con la misma devoción, sus manos en nuestras bolas, apretando suave. Yo la miré, su cabeza moviéndose, el cabello danzando, y sentí celos mezclados con placer puro.
Esto es lo que querías, pendejo, verla gozar como nunca, pensé.
La tensión subía. La tumbamos en la cama, sábanas frescas contra su piel ardiente. Yo le comí el coño primero, esa panocha jugosa, depilada, con labios hinchados. Sabía a miel y sal, mi lengua hundiéndose, lamiendo su clítoris que palpitaba. Ana arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, cabrón!", sus uñas clavándose en mi cabeza. Marco le chupaba las chichis, mordisqueando pezones, el sonido de succión húmeda llenando el cuarto.
Cambiamos posiciones, el sudor nos pegaba la piel, oliendo a sexo crudo. Marco se la metió primero, despacio, su verga gruesa abriéndola. Ana gritó de placer, "¡Más duro, pinche Marco!". Yo la besaba, tragándome sus jadeos, mientras mi mano masajeaba sus bolas contra mi muslo. Luego me tocó a mí: la penetré desde atrás, doggy style, sintiendo cómo su coño apretaba, resbaloso de jugos. Marco se puso enfrente, y ella lo mamó mientras yo la taladraba, el slap-slap de carne contra carne como ritmo de cumbia prohibida.
La intensidad crecía, corazones latiendo al unísono, el cuarto un horno de gemidos y resuellos. Ana temblaba, al borde del orgasmo, sus paredes contrayéndose alrededor de mi verga.
Es mía, pero esta noche es de todos.
Acto tres: la liberación. El clímax llegó como relámpago. Ana se corrió primero, un grito agudo que erizó mi piel, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas. Eso nos llevó al límite. Marco se vino en su boca, ella tragando con avidez, el semen goteando por su barbilla. Yo la llené adentro, pulsando, el placer cegador, olas de éxtasis recorriéndome desde las bolas hasta la nuca.
Nos derrumbamos, un enredo de cuerpos sudorosos, el olor a semen y sudor impregnando todo. Ana en medio, besándonos alternadamente, su piel pegajosa contra la nuestra. Marco se quedó un rato, platicando bajito, pero se fue discreto, dejándonos el afterglow.
Desnudos bajo las sábanas revueltas, Ana me miró con ojos brillantes. —Gracias, amor. A mí me gustan los tríos, pero contigo es perfecto.
Yo la abracé, sintiendo su corazón calmarse contra mi pecho. No hubo celos después, solo una conexión más profunda, como si hubiéramos cruzado un umbral. Afuera, la ciudad dormía, pero nosotros nos quedamos despiertos, planeando la próxima aventura, con el sabor de la noche en la boca y el eco de gemidos en los oídos.