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Tríos Cogiendo Rico en la Villa del Deseo

5879 palabras

Tríos Cogiendo Rico en la Villa del Deseo

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines salvajes, ese aroma que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa de mi carnala Lupe, una peda épica con amigos de la uni y unos weyes que no conocía pero que pintaban para chidos. La música ranchera moderna retumbaba desde los bocinas, reggaetón mezclado con cumbia rebajada, y el tequila Corralejo corría como río. Llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como diosa, mis curvas al aire libre bajo la luna llena.

¿Qué pedo con estos dos? pensé mientras veía a Marco y Diego charlando en la terraza. Marco, alto, moreno, con tatuajes que asomaban por su camisa guayabera desabotonada, y ojos que te desnudaban con una mirada. Diego, más delgado, rubio teñido, con esa sonrisa pícara de chilango que vive en la playa, oliendo a protector solar y aventura. Lupe me los presentó: "

Estos son mis compas de la surf, neta que son lo máximo
", dijo guiñándome. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.

La tensión empezó con un shot de tequila. Marco me pasó el limón rozando mis labios, su aliento cálido con sabor a cítricos. "Salud por las noches que no se olvidan", murmuró. Diego se acercó por detrás, su mano en mi cintura, fuerte pero suave, como si ya supiera mis curvas de memoria. Bailamos los tres pegaditos, sus cuerpos contra el mío, el sudor mezclándose, el ritmo de la música acelerando mi pulso. Olía a ellos: Marco a arena y macho, Diego a coco y deseo fresco. Mi piel ardía, la panocha ya húmeda solo de imaginar.


Subimos a la habitación principal de la villa, con vista al mar Pacífico rugiendo bajito. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. "¿Quieren jugar?", pregunté con voz ronca, el corazón latiéndome en la garganta. Marco me besó primero, sus labios carnosos devorándome, lengua explorando mi boca con hambre. Diego observaba, mordiéndose el labio, hasta que se unió, besando mi cuello, mordisqueando la oreja. Neta, esto es un sueño, pensé, mientras sus manos me quitaban el vestido, deslizándolo por mis tetas llenas, pezones duros como piedras.

Caí en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel caliente. Marco se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, su barba raspando delicioso. "Estás rica, Ana", gruñó, inhalando mi aroma de mujer excitada. Diego se quitó la camisa, mostrando su pecho definido por el surf, y me besó las tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el oleaje afuera. Sus dedos bajaron, Marco lamiendo mi clítoris con maestría, lengua girando como olas, Diego metiendo dos dedos en mi boca para que los chupara, saboreando su piel salada.

La intensidad subía como fiebre. Me voltearon, ahora a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Diego se puso frente a mí, su verga dura y venosa en mi cara, oliendo a limpio y excitación. La tragué entera, garganta relajada por el tequila, mientras Marco me penetraba despacio desde atrás, su pija gruesa estirándome, llenándome hasta el fondo.

"¡Ay, cabrón, qué rico coges!"
, grité alrededor de la verga de Diego. El slap-slap de piel contra piel, gemidos roncos, el olor a sexo puro invadiendo la habitación. Sudor goteando, tetas rebotando, mi clítoris palpitando con cada embestida.


Pero queríamos más, tríos cogiendo rico como en esas fantasías que te mojan de solo pensar. Cambiamos posiciones: yo encima de Marco, cabalgándolo como jinete en rodeo, su verga golpeando mi G directo, mientras Diego se paraba en la cama y me la metía por el ano, lubricado con saliva y crema que olía a vainilla. ¡Doble penetración, wey! El estirón inicial dolió rico, placer quemando, sus vergas rozándose dentro de mí separadas solo por una pared delgada. Grité, arañando la espalda de Marco, mordiendo el hombro de Diego. El ritmo sincronizado: entra uno, sale el otro, luego ambos adentro, follándome como diosa del placer.

Sentía todo: el calor de sus cuerpos pegados al mío, pulsos acelerados latiendo contra mi piel, el sabor salado de sus besos entre gemidos. Marco gruñía "¡Chíngame más duro, pinche rica!", Diego jadeaba "Tu culo es de ensueño". Mi orgasmo se acercaba como tsunami, vientre contrayéndose, jugos chorreando por las bolas de Marco.

"¡Ya vengo, no paren!"
, supliqué. Explosé, el mundo blanco, espasmos sacudiéndome, gritando sucios tacos mexicanos que ni sabía que conocía.

Ellos no pararon, follándome a través de mi clímax hasta que Marco se corrió dentro, semen caliente inundándome, y Diego sacó su verga para pintarme las tetas, chorros espesos y blancos que lamí con deleite. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose, el mar susurrando bendición afuera.


Después, en el afterglow, nos bañamos en la regadera al aire libre, agua tibia cayendo como lluvia tropical, jabón de coco espumando entre nosotros. Marco me lavó el pelo, masajeando mi cuero cabelludo, Diego frotando mi espalda con ternura. "Neta que esto fue lo máximo", dije riendo, besándolos a ambos. No hubo celos, solo conexión pura, empoderamiento en cada caricia compartida.

Desayunamos tacos de carnitas en la terraza al amanecer, el sol dorado besando el Pacífico. Tríos cogiendo rico no era solo sexo, era libertad, era sentirte viva hasta los huesos. Marco y Diego prometieron volver, y yo supe que esta villa del deseo guardaría nuestro secreto picante para siempre. Mi cuerpo aún zumbaba, recordándome que el placer compartido es el que más sabe.

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