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Pruébame Traducida al Español

6267 palabras

Pruébame Traducida al Español

La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio que solo la Ciudad de México sabe armar. Luces neón parpadeando en las fachadas de los bares, el aroma a tacos al pastor flotando desde la esquina y el eco de risas y música reggaetón saliendo de cada antro. Yo, un wey de treinta y tantos, traje ajustado y una cerveza fría en la mano, andaba de vaga por ahí buscando algo que me sacara del tedio de la chamba. Entonces la vi. Sentada en la barra del rooftop, con las piernas cruzadas y un vestido negro que se pegaba a sus curvas como segunda piel. Su piel morena brillaba bajo las luces, y cuando se movió un poco, un tatuaje asomó por el borde de su escote: try me en letras cursivas, provocadoras.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en desfile. ¿Qué pedo con ese tatuaje? le pregunté, sentándome a su lado. Ella volteó, ojos cafés intensos, labios carnosos pintados de rojo fuego. Sonrió con picardía.

Pruébame traducida al español, guapo
, dijo con voz ronca, como si me estuviera retando desde el primer segundo. Su aliento olía a tequila reposado con un toque de limón. Se llamaba Ana, chilanga de pura cepa, modelo freelance que andaba en esa onda de vivir el momento. Charlamos de pendejadas: el tráfico infernal, lo chido de la noche, cómo odiaba a los moralinos. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía. Sus dedos rozaban mi brazo al reírse, enviando chispas por mi piel.

La invité a bailar. Abajo, la pista estaba a reventar. La tomé de la cintura, su cuerpo pegándose al mío al ritmo de Bad Bunny. Sentía el calor de su piel a través del vestido, el sudor empezando a perlar su cuello, ese olor almizclado que me volvía loco. ¿Y si la pruebo de verdad?, pensé, mientras mis manos bajaban un poco más, explorando la curva de sus caderas. Ella se arqueaba contra mí, sus pechos presionando mi torso, el roce de sus muslos contra los míos. Estás cañón, wey, murmuró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Mi verga ya se endurecía, palpitando con cada movimiento. La química era pura gasolina.

Subimos de nuevo al rooftop, pero ya no había vuelta atrás. Pedí otra ronda, pero mis ojos devoraban su boca, imaginando cómo sabría. Pruébame traducida al español, repetí en mi mente, como un mantra. Ella lo notó. ¿Listo para el reto? preguntó, su mano deslizándose por mi muslo bajo la barra. El tacto era eléctrico, uñas arañando suavemente la tela de mis jeans. Asentí, la voz ronca. Salimos de ahí, tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche golpeándonos la cara. Su departamento estaba cerca, en una torre con vista al skyline. Subimos en el elevador, solos, y ahí explotó la primera chispa: la besé contra la pared metálica. Sus labios suaves, calientes, sabían a tequila y deseo. Lenguas enredándose, manos por todos lados. Gemí contra su boca cuando sentí sus tetas presionadas contra mí, duras de anticipación.

Entramos tambaleándonos a su depa. Luz tenue, velas aromáticas con olor a vainilla y jazmín flotando en el aire. Me quitó la camisa de un jalón, sus uñas recorriendo mi pecho, bajando hasta el botón de mis jeans. Qué rico se siente su piel, pensé, oliendo su perfume mezclado con el sudor de la noche. La desvestí despacio, revelando el tatuaje completo en su cadera: try me, justo encima de su tanga de encaje negro. Besé ahí, lamiendo la piel salada. Ella jadeó, arqueándose. ¡Sí, cabrón, pruébame! exclamó, tirándome al sofá.

Nos devoramos mutuamente. Mi boca en sus tetas, chupando pezones oscuros y erectos, el sabor dulce de su piel. Ella gemía bajito, ay wey, qué rico, mientras sus manos liberaban mi verga, dura como piedra. La acarició, masturbándome lento, el precum lubricando su palma. Olía a sexo puro, ese aroma almizclado de su coño mojado cuando le quité la tanga. Estaba empapada, labios hinchados brillando. La probé con la lengua, lamiendo despacio, saboreando su jugo salado y dulce. ¡No pares, pendejo! gritó, jalándome el pelo, caderas moviéndose contra mi cara. Su clítoris pulsaba bajo mi lengua, hinchándose más con cada vuelta.

La tensión subía como fiebre. Quería entrar en ella, pero jugamos. Ella se montó encima, frotando su coño contra mi verga, lubricándonos mutuamente. Sentía cada pliegue caliente, resbaloso. Esto es el paraíso, pensé, oliendo su cabello revuelto. Finalmente, se hundió en mí, centímetro a centímetro. ¡Qué estrecha, qué caliente! Gemí fuerte, sus paredes apretándome. Cabalgó despacio al principio, tetas rebotando, sudor goteando entre sus pechos. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, llenaba la habitación. Aceleró, clavándome las uñas en el pecho. ¡Dame más, fóllame duro! exigió, y obedecí, embistiéndola desde abajo, mis manos en su culo redondo, azotándolo suave.

Cambié posiciones, la puse a cuatro patas en el sofá. Vista perfecta: su tatuaje brillando con sudor, coño abierto y reluciente invitándome. Entré de golpe, profundo. Ella chilló de placer, ¡Sí, así, wey! Empujaba fuerte, bolas golpeando su clítoris, el olor a sexo intenso invadiendo todo. Sudábamos como locos, piel resbalosa. La volteé, misionero, mirándola a los ojos. Esos ojos cafés, llenos de lujuria y algo más, conexión real. Besos salvajes mientras la penetraba, lento y profundo ahora, sintiendo cada contracción. Me vengo, cabrón, avisó, temblando. Su orgasmo me apretó como vicio, leche caliente salpicando mi verga. No aguanté: exploté dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal.

Colapsamos, jadeando, cuerpos enredados. El aire pesado con olor a semen y sudor, su cabeza en mi pecho. Besé su frente, sintiendo su pulso calmarse contra el mío. Pruébame traducida al español, susurró riendo bajito, trazando círculos en mi piel. Nos quedamos así, en afterglow, hablando pendejadas sobre la vida, cómo esa noche había sido chida de verdad. No fue solo sexo; fue esa chispa que enciende algo más. Salí al amanecer, con su sabor en la boca y la promesa de repetir. La CDMX siempre guarda sorpresas para los que se atreven.

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