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Bedoyecta Tri Inyecciones Para Que Sirve El Placer Salvaje

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Bedoyecta Tri Inyecciones Para Que Sirve El Placer Salvaje

Ana se sentía como un trapo viejo después de esas semanas eternas en la oficina del centro de la Ciudad de México. El pinche estrés la tenía hecha un asco, con los ojos hundidos y el cuerpo pesado como si cargara un yunque. ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar así? pensaba mientras se miraba en el espejo del baño, con el vapor del agua caliente aún flotando en el aire. Su piel morena brillaba un poco por el sudor, pero no era ese brillo sexy que tanto le gustaba presumir.

Marco, su carnal de años, entró al baño con esa sonrisa pícara que siempre la ponía a mil. Era enfermero en un consultorio chido de Polanco, y andaba obsesionado con esas vitaminas que juraba que eran la neta. —Mija, ya estuvo —le dijo mientras la abrazaba por la espalda, sus manos grandes y callosas rozando sus caderas desnudas—. Bedoyecta Tri inyecciones para que sirve, ¿eh? Para recargarte las pilas, güey. Son vitaminas del complejo B pura vida: B1, B6, B12. Te quitan el cansancio, te suben el ánimo, combaten la anemia y te dejan como nueva. Tres inyecciones y vas a volar.

Ana se giró, sintiendo el calor de su pecho contra el suyo. Olía a jabón fresco y a ese desodorante mentolado que tanto le gustaba. —¿Y me las vas a poner tú, pinche loco? —le preguntó con una risita, mordiéndose el labio. Marco asintió, sus ojos cafés clavados en los de ella con esa intensidad que la hacía derretirse. —Sí, carnala. En la casa, bien relajaditas. Confía en mí.

La noche cayó sobre su departamentito en la Roma, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. Ana se recostó en la cama king size, vestida solo con una camisita de algodón que apenas cubría sus muslos gruesos. El aire olía a velas de vainilla que Marco había encendido, y la música de fondo era un playlist de cumbia rebajada, suave como caricia. Su corazón latía fuerte, no solo por nervios de las agujas —odiaba las jeringas desde chiquita—, sino por la promesa en los ojos de él.

¿Y si esto no solo me da energía, sino que me prende como fogata? Ay, Ana, no seas pendeja, pero qué chido se siente su mano en mi nalga...

Marco preparó las tres jeringuetas en la mesita de noche, el vidrio brillando bajo la luz ámbar. La primera era Bedoyecta Tri clásica, la segunda y tercera con sus dosis exactas. Limpió su nalga derecha con alcohol, el frío del algodón erizándole la piel. —Relájate, mi reina —susurró, besándole la curva de la espalda. Sus labios eran calientes, húmedos, dejando un rastro de saliva que se enfriaba al instante.

La aguja pinchó suave, casi un suspiro. Ana jadeó, no de dolor, sino de la sorpresa del calor que se extendió desde el músculo inyectado. Era como si un río de fuego líquido corriera por sus venas, despertando cada nervio dormido. —¡Ay, cabrón, qué sensación! —gimió, apretando las sábanas blancas. Marco masajeó el sitio, sus dedos fuertes hundidos en la carne suave, amasando con ritmo lento. El olor de su sudor se mezcló con el antiséptico, creando un aroma embriagador, primitivo.

La segunda inyección fue en la otra nalga. Esta vez, Ana arqueó la espalda, empujando contra él involuntariamente. Sintió su verga dura presionando su muslo a través del bóxer. —Ya se nota el efecto, ¿verdad? —dijo él con voz ronca, lamiéndole el lóbulo de la oreja. El pinchazo fue eléctrico, enviando ondas de placer hasta su clítoris, que se hinchó de golpe. Bedoyecta Tri inyecciones para que sirve, pensó ella entre gemidos, para esto, para hacerme sentir viva, cachonda, invencible.

Marco dejó la tercera para el glúteo más profundo, pero antes la volteó boca arriba. Sus tetas rebotaron libres cuando se quitó la camisita, pezones oscuros endurecidos como piedras. Él se arrodilló entre sus piernas, separándolas con gentileza. —Mírate, toda mojada ya —murmuró, pasando un dedo por sus labios vaginales empapados. El sabor salado de su excitación quedó en su lengua cuando la probó. Ana temblaba, el pulso acelerado latiéndole en el cuello, en las sienes, en el bajo vientre.

La tercera inyección entró precisa, mientras él chupaba su pezón izquierdo. El dolor se fusionó con el placer en una explosión sensorial. Gritó su nombre, ¡Marco!, clavándole las uñas en los hombros. El vitaminas corrían por su sangre como afrodisíaco natural, subiendo la temperatura de su cuerpo a fiebre. Sudor perlaba su frente, goteando entre sus pechos. Olía a sexo inminente, a piel caliente y deseo crudo.

Ahora el deseo era un incendio. Ana lo jaló hacia ella, arrancándole el bóxer con impaciencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precum. —Fóllame ya, pendejo —le ordenó, su voz ronca de necesidad. Marco se hundió en ella de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas apretándolo como guante húmedo. Gemían al unísono, el sonido crudo rebotando en las paredes.

Él embestía lento al principio, saboreando cada centímetro. Ana sentía cada vena pulsando dentro, rozando su punto G con maestría. Sus caderas se movían en sincronía, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El olor de sus jugos mezclados con el sudor llenaba la habitación, embriagador como tequila añejo. Mordisqueaba su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras ella lamía su oreja, susurrando guarradas mexicanas: —¡Más duro, cabrón, rómpeme!

Esto es lo que necesitaba, no solo vitaminas, sino su pija enterrada en mí, el mundo desapareciendo en este vaivén. Las Bedoyecta Tri me tienen en llamas, cada embestida como rayo en mi coño.

La intensidad escaló. Marco la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas. Entró más profundo, sus bolas golpeando su clítoris con cada thrust. Ana se arqueaba, tetas balanceándose, pezones rozando las sábanas ásperas. El placer se acumulaba como tormenta, sus músculos internos contrayéndose alrededor de él. —¡Me vengo, Marco, no pares! —gritó, el orgasmo explotando en oleadas. Su coño se apretaba rítmicamente, chorros calientes empapando sus muslos.

Él gruñó como animal, acelerando. Sus manos sudadas resbalaban por su espalda, dejando marcas rojas. El clímax lo alcanzó segundos después, corriéndose dentro con chorros potentes, llenándola de calor espeso. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas.

En el afterglow, Ana yacía con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. Acariciaba su verga semi-flácida, aún sensible, mientras él jugaba con su pelo revuelto. —Ves, mija, Bedoyecta Tri inyecciones para que sirve —dijo él riendo bajito—. Para noches como esta, para que no te apagues nunca.

Ella sonrió, sintiendo la energía bullir aún en sus venas. No era solo vitaminas; era confianza, deseo mutuo, el lazo que los unía. Mañana sería otro día, pero esta noche, eran invencibles. Besó su piel salada, saboreando la victoria dulce del placer compartido.

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