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Bi Tri Tetra Penta Hexa Hepta Octa Nona Deca Éxtasis

7103 palabras

Bi Tri Tetra Penta Hexa Hepta Octa Nona Deca Éxtasis

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina mezclada con el dulzor de las piñas coladas y el humo leve de los cigarros finos. Llegué a la villa de mi carnala Lupe, una chava que siempre anda en esas fiestas exclusivas donde la neta se suelta sin pedos. Vestida con un vestido negro ceñido que me marcaba las curvas, sentí el aire cálido rozando mi piel como una caricia prometedora. Lupe me había contado del tema de la noche: una progresión de placeres llamada Bi Tri Tetra Penta Hexa Hepta Octa Nona Deca. Salas temáticas en la villa, cada una con más cuerpos entrelazados, todo consensual, puro acuerdo entre adultos que buscan lo mismo: éxtasis multiplicado.

Empecé en la sala Bi, el umbral perfecto. Mi date, un moreno alto llamado Marco, me tomó de la mano. Sus dedos callosos rozaban los míos, enviando chispas por mi espina.

¿Por qué carajos estoy tan nerviosa? Es solo un beso, un toque, pero siento el pulso latiendo en mi concha como tambor de cumbia.
Nos sentamos en un sofá de terciopelo rojo, el sonido de olas rompiendo afuera mezclándose con música reggaetón suave. Marco se acercó, su aliento a tequila y menta invadiendo mi espacio. Nuestros labios se encontraron, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, y yo gemí bajito cuando sus dedos rozaron mi tanga húmeda. Era bi: solo nosotros dos, piel contra piel, el sabor salado de su cuello en mi boca mientras él me chupaba los pezones endurecidos. El clímax llegó rápido, mi cuerpo temblando contra el suyo, sudor perlando nuestras frentes.

Pero la tensión no se fue; creció. Lupe me susurró al oído: "Pasa a la Tri, carnala, verás que chido". El corazón me latía fuerte, el aroma de sexo reciente pegado a mi piel como perfume prohibido. En la sala Tri, tres cuerpos ya danzaban: una morena tetona, un güero musculoso y yo uniéndome.

Neta, ¿tres? Mi mente grita que pare, pero mi cuerpo pide más, como si cada poro gritara "¡sí, wey!".
La morena, Carla, me besó primero, sus labios carnosos saboreando mi gloss de fresa. El güero, Alex, se pegó por detrás, su verga dura presionando mi culo mientras sus manos amasaban mis tetas. Sonidos de jadeos llenaban el aire, húmedos y rítmicos como lluvia en el techo de palma. Me arrodillé, tomando la verga de Alex en mi boca, el gusto salado y almizclado explotando en mi lengua, mientras Carla lamía mi panocha, su lengua danzando en mi clítoris hinchado. Marco se unió de espectador a participante, pero no, esta era tri pura. El orgasmo nos golpeó en cadena: yo gritando contra la carne de Alex, ellos convulsionando conmigo. Toques eléctricos, olores de sudor y fluidos mezclados, todo vibrando en armonía.

La adrenalina me empujó a la siguiente. La villa parecía un laberinto de deseo, luces tenues parpadeando como estrellas en el trópico. En Tetra, cuatro desconocidos me esperaban: dos chavos y dos chavas, cuerpos aceitados brillando bajo neón azul. Cuatro pares de manos, cuatro bocas... Me recosté en una cama king size, el satén fresco contra mi espalda ardiente. Uno me penetró lento, su verga gruesa estirándome deliciosamente, mientras otra chupaba mis tetas, mordisqueando pezones hasta doler placenteramente. Los otros dos se frotaban contra mí, piel resbaladiza por sudor y lubricante con aroma a coco.

Esto es una locura, pero qué tetra chingona, siento cada embestida como olas rompiendo en mi útero.
Gemidos colectivos, el slap-slap de carne contra carne, el olor almizclado de sexos múltiples. El pico fue brutal, mi squirteo mojando sábanas, ellos eyaculando en chorros calientes sobre mi vientre.

El deseo no menguaba; ardía más fuerte. Pasé a Penta, cinco almas en éxtasis. Aquí el aire era espeso, cargado de feromonas. Una chava pecosa me montó la cara, su concha jugosa goteando en mi boca, sabor ácido y dulce como tamarindo. Dos vergas me llenaban alternadamente, una en mi panocha, otra en mi culo, el roce doble enviando fuegos artificiales por mis nervios. Los otros dos lamían y frotaban, dedos en todas partes.

Penta placeres, pendeja yo por no haber venido antes. Mi clítoris palpita, mi ano se contrae en éxtasis.
El sonido era un coro de "¡ay, sí!", "¡más duro!", ecos en las paredes de adobe. Culminamos en un tangle sudoroso, cuerpos colapsando en pila temblorosa.

Ya sudada, con el pelo pegado a la frente y el cuerpo marcado por besos morados, avancé a Hexa. Seis cuerpos, un círculo perfecto en el piso alfombrado. Manos everywhere: masajeando, penetrando, lamiendo. Una verga en mi boca, otra en cada mano, lenguas en mis pliegues. El olor a sexo era embriagador, como incienso pagano. Hexa sensaciones, cada toque un rayo. Me corrí dos veces antes del gran finale, gritando ronca, garganta seca por tanto gemir.

La progresión me tenía adicta. Hepta: siete, un caos ordenado de extremidades. Dos en mi concha al tiempo —¡neta, qué estirón delicioso!—, uno en el culo, bocas chupando pies, orejas, todo.

Siete demonios del placer bailando en mí, no pares, cabrones.
Sudor chorreando como lluvia tropical, sabores salados en cada beso.

Octa fue salvaje: ocho, colmados en hamacas colgantes balanceándose. Yo en el centro, follada en todas direcciones, el vaivén amplificando cada thrust. Olores de arena y mar filtrándose, mezclados con semen fresco.

En Nona, nueve cuerpos sudados formaban una red viva. Lenguas expertas en mi ano, vergas palpitantes en mi boca, dedos vibrando mi clítoris. Nueve para el cielo, mi piel ardiendo como chile habanero.

Finalmente, la sala Deca: diez adultos en plenitud, un mar de carne. Entré temblando, el aire denso de gemidos y slap de pieles. Me tendieron en el medio, vergas y conchas rodeándome. Una en mi panocha, otra en culo, manos y bocas everywhere.

Deca éxtasis, el universo explotando en mi vientre. Soy diosa, soy todo.
El clímax colectivo fue apocalíptico: chorros calientes cubriéndome, mi cuerpo convulsionando en olas interminables, gritos ahogados en besos. Sonidos de respiraciones jadeantes, olores de clímax compartido, toques que perduraban como ecos.

Desperté en afterglow, cuerpos entrelazados en la sala Deca, el sol filtrándose por ventanales. Marco me acariciaba el pelo, Lupe sonreía pícara. De bi a deca, qué viaje, carnales. Mi piel aún hormigueaba, el sabor residual de placer en mis labios. Salí a la playa, arena tibia bajo pies cansados, olas lamiendo como amantes gentiles.

Esto no termina; el deseo se multiplica, como siempre en México, donde la pasión no tiene fin.

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