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Barry White Baby We Better Try To Get It Together

6581 palabras

Barry White Baby We Better Try To Get It Together

La noche en mi depa de la Roma se sentía pesada, como si el aire trajera promesas de lluvia y algo más intenso. Yo, Ana, acababa de salir de la regadera, con el cuerpo todavía tibio y oliendo a jabón de lavanda mezclado con mi perfume favorito, ese que siempre hace que los weyes vuelvan la cabeza. Me puse un vestido negro ajustado, sin bra, solo unas tanguitas de encaje que rozaban justo donde dolía la falta de compañía. Hacía semanas que Marco y yo andábamos en esa de ni contigo ni sin ti, discusiones tontas por celos o por el pinche trabajo que nos chingaba el tiempo. Pero esta noche, neta, lo extrañaba. Su voz grave, sus manos grandes que me apretaban la cintura como si yo fuera lo único que importaba.

El timbre sonó y mi pulso se aceleró. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que me volvía loca. Olía a colonia cara y a cigarro, ese aroma que me hacía mojarme sin remedio. Órale, carnal, qué chulo te ves, le dije con una sonrisa pícara, pero él no contestó con palabras. Me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a tequila reposado y deseo acumulado. Sus labios eran firmes, su lengua explorando la mía con esa lentitud que me deshacía.

¡Puta madre, Ana, no lo dejes ir esta vez! Su cuerpo contra el tuyo es puro fuego, siente cómo late su corazón contra tus tetas.

Me cargó como si no pesara nada y me llevó al sillón de la sala. La ciudad brillaba por la ventana, luces de neón y cláxones lejanos, pero todo se desvanecía. Puso música en el estéreo, y de repente, la voz profunda de Barry White llenó el aire: Barry White baby we better try to get it together. Reí bajito, porque era perfecto, como si el universo nos estuviera diciendo que ya valiera madres las broncas. Él se arrodilló frente a mí, sus ojos cafés clavados en los míos, y empezó a cantar en voz baja, imitando esa ronquera sensual: Barry White baby we better try to get it together. Su aliento cálido en mi piel erizada, sus dedos subiendo por mis muslos, abriéndolos despacio.

Acto uno apenas empezaba, pero el deseo ya ardía. Le quité la camisa, sintiendo la dureza de sus pectorales bajo mis palmas, el sudor salado en mi lengua cuando lo besé ahí. Él gimió, un sonido grave que vibró en mi clítoris. Me late tanto cuando haces eso, mi reina, murmuró, y yo solo pude asentir, perdida en el olor de su piel masculina, ese almizcle que me ponía cachonda de inmediato.

Nos movíamos al ritmo de la canción, lentos, como en un baile prohibido. Sus manos expertas bajaron el vestido hasta mi cintura, exponiendo mis pechos al aire fresco. Los chupó con hambre, su lengua girando alrededor de los pezones duros como piedras, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda y solté un ¡ay, wey!. El placer era eléctrico, rayos que bajaban directo a mi entrepierna. Yo lo toqué por encima del pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa, palpitando bajo la tela. Estás listo para mí, ¿verdad, papacito? le susurré al oído, y él gruñó, empujándome contra el sillón.

La tensión crecía como una tormenta. Me levantó el vestido del todo, quitándome las tangas con los dientes, su aliento caliente en mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, y él inhaló profundo, como si fuera oxígeno. Qué rico hueles, nena, neta me vuelves loco. Su lengua tocó mi clítoris primero suave, luego con presión, lamiendo mis labios hinchados, metiéndose adentro como si quisiera devorarme. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca, el sonido húmedo de su chupada mezclándose con la música. Barry White seguía cantando en loop, esa letra que nos unía: we better try to get it together.

El medio tiempo se ponía intenso. Lo jalé del pelo, obligándolo a subir. Me puse de rodillas, desabroché su jeans y saqué su polla, venosa y dura, goteando precum que lamí como miel. Sabía salado, adictivo. La chupé despacio al principio, mi lengua rodeando la cabeza, luego más profundo, hasta la garganta. Él jadeaba, ¡Chingada madre, Ana, eres la mejor!, sus manos en mi cabeza guiándome. Lo miré a los ojos mientras lo mamaba, viendo el placer en su cara contraída, sus bolas pesadas en mi mano. El cuarto olía a sexo, a sudor y fluidos, el aire espeso.

Pero no quería acabar así. Lo empujé al sillón y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su verga. Siente lo chorreante que estoy por ti, le dije, y él sonrió, ese smile pendejo que me enamoraba. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico, cabrón! grité, el estiramiento delicioso, sus caderas chocando contra las mías. Cabalgaba lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes, mi clítoris contra su pubis. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano, prometiendo más.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él de pie, yo contra la pared, mis piernas alrededor de su cintura. Me cogía fuerte, el slap slap de piel contra piel, mis tetas rebotando. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos.

Piensa en cómo te estira, cómo te roza ese punto que te hace ver estrellas. No pares, déjate llevar.
Me volteó, de espaldas, su pecho contra mi espalda, una mano en mi clítoris mientras me embestía. ¡Voy a venirme, Marco! chillé, y él aceleró, su aliento en mi cuello: Vente conmigo, baby.

El clímax nos golpeó como un rayo. Mi coño se contrajo alrededor de él, oleadas de placer que me hicieron temblar, gritar su nombre. Él se corrió adentro, chorros calientes llenándome, su gemido gutural en mi oído. Nos quedamos pegados, jadeando, el semen goteando por mis muslos, mezclado con mis jugos.

En el afterglow, nos desplomamos en la cama. Él me acurrucó, su mano acariciando mi pelo húmedo. Barry White seguía sonando bajito, esa letra ahora como un mantra: Barry White baby we better try to get it together. Reímos, exhaustos, besándonos suaves. Neta, mi amor, esto es lo que necesitaba, le dije, y él respondió: Siempre, mi chula. Somos imparables.

La noche terminó con promesas susurradas, cuerpos entrelazados, el sabor de nosotros en la boca. Mañana sería otro día, pero esta unión, carnal y del alma, nos tenía listos para todo. El corazón latiendo calmado, la piel tibia, el sueño llegando como bendición.

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