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La Tríada de Reiter

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La Tríada de Reiter

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besan las fachadas de cristal y el aroma a tacos al pastor se mezcla con perfumes caros, Reiter caminaba con esa seguridad que volvía locas a las mujeres. Alto, moreno, con ojos negros que prometían pecados sin confesión, era el rey de las noches mexicanas. Esa velada, en el bar del rooftop del hotel más chido de la colonia, sus miradas se cruzaron con las de ellas: Sofia y Lena, dos amigas inseparables, curvas perfectas envueltas en vestidos ceñidos que dejaban poco a la imaginación.

Reiter las vio primero. Sofia, con su piel morena brillando bajo las luces, cabello negro suelto como cascada de medianoche, y Lena, rubia teñida con raíces oscuras, labios rojos hinchados por el deseo de ser besados. Órale, qué mamadas, pensó él, sintiendo un cosquilleo en la verga que ya empezaba a despertar. Se acercó con una cerveza en la mano, su colonia fuerte invadiendo el espacio como un depredador.

—Wey, ¿vienen solas o qué? —dijo con voz grave, sonriendo de lado.

Sofia lo miró de arriba abajo, lamiéndose los labios sutilmente. —Por ahora, guapo. Pero la noche está joven. ¿Tú quién eres, el chulo que nos va a hacer sudar?

Lena rio, su risa como campanitas picantes, tocando el brazo de Reiter. El contacto fue eléctrico: piel cálida contra piel, un roce que prometía más. Hablaron de todo y nada, shots de tequila bajando como fuego líquido por sus gargantas, el ritmo de la música salsa envolviéndolos. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Reiter sentía el calor de sus cuerpos cerca, oliendo a vainilla y jazmín mezclado con sudor fresco.

Estas dos me van a volver loco, neta. La tríada de Reiter empieza esta noche, carajo.

La primera act del deseo se armó cuando Sofia lo jaló a la pista. Sus caderas se movían al son del cumbia rebajada, frotándose contra él sin pudor. Lena se pegó por detrás, sus tetas suaves presionando su espalda. Reiter jadeaba, manos en las cinturas, sintiendo la humedad que ya empapaba las tangas de ellas. El aire estaba cargado de feromonas, el olor a sexo inminente flotando como niebla.

—Vamos a mi suite —susurró Reiter al oído de Sofia, mordisqueando su lóbulo. Ella asintió, ojos vidriosos de lujuria, y Lena solo sonrió, pinche ansiosa.

En el elevador, no aguantaron. Sofia lo besó primero, lengua invasora saboreando a tequila y menta, manos bajando a su paquete duro como piedra. Lena observaba, tocándose los pezones endurecidos bajo el vestido, gimiendo bajito. El ding del elevador los separó, pero el fuego ardía.

La suite era un paraíso: cama king size con sábanas de seda negra, jacuzzi burbujeante, ciudad brillando por las ventanas. Se desvistieron lento, como ritual. Reiter admiraba los cuerpos: Sofia con pechos firmes, nalgas redondas que pedían palmadas; Lena delgada pero con curvas en los lugares precisos, coñito depilado reluciendo de jugos. Él se quitó la camisa, revelando torso tatuado con águilas y serpientes, verga gruesa saltando libre, venosa y lista.

Qué verga tan chingona —murmuró Lena, arrodillándose primero.

El medio acto explotó en caricias. Reiter las tumbó en la cama, besando cuellos salados, lamiendo axilas sudadas. Sofia gemía cuando chupó sus tetas, pezones duros como caramelos, mientras Lena le mamaba la verga, lengua girando en la cabeza sensible, saliva chorreando. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, jadeos roncos, piel contra piel. Olía a coños abiertos, almizcle femenino mezclado con su sudor masculino.

Neta, esta tríada de Reiter es lo máximo. Sus cuerpos se funden conmigo, como si estuviéramos hechos para esto.

Sofia se montó en su cara, panocha rosada frotándose en su boca. Reiter lamía voraz, lengua hurgando clítoris hinchado, saboreando miel salada y dulce. Ella gritaba ¡Ay, cabrón, no pares!, caderas temblando. Lena cabalgaba su verga, despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándola. El slap slap de carne contra carne llenaba la habitación, pulsos acelerados latiendo en oídos.

Cambiaron posiciones, tensión subiendo como volcán. Reiter penetró a Lena por atrás, doggy style, nalgueándola rojo mientras Sofia le comía el coño desde abajo. Gritos ahogados, ¡Más duro, wey!, dedos clavándose en espaldas. El aire vibraba con orgasmos parciales: Lena primero, convulsionando, chorro caliente salpicando sábanas; Sofia después, masturbándose furiosa al verlos.

Reiter luchaba por no venirse, bolas pesadas, próstata palpitando. Estas pinches ricas me tienen al borde, pensó, sudando ríos, músculos tensos brillando. Las puso a las dos de rodillas, verga entre tetas de Sofia mientras Lena lamía huevos. La vista era puro porno vivo: labios rojos succionando, ojos suplicantes.

La culminación llegó en cadena. Sofia se recostó, piernas abiertas, y Reiter la embistió profundo, polla rozando punto G. Lena se sentó en la cara de su amiga, tribbing suave mientras Reiter follaba. El ritmo era frenético: ¡Sí, sí, chingenme! Sonidos de squelch húmedo, alientos entrecortados, pieles resbalosas por sudor y fluidos. Olía a sexo puro, ese hedor almizclado que enloquece.

Reiter sintió el orgasmo subir, imparable. —¡Me vengo, putas! —gruñó, sacando la verga y eyaculando chorros calientes sobre tetas y vientres. Ellas se corrieron con él, Sofia arqueándose, Lena frotando clítoris hasta squirtear. El pico fue eterno: pulsos en la verga, contracciones en coños, gritos fundidos en éxtasis.

El afterglow fue tierno, cuerpos entrelazados en sábanas empapadas. Reiter las abrazaba, besos suaves en frentes perladas de sudor. Sofia ronroneaba: —La tríada de Reiter, neta lo mejor que me ha pasado. Lena asentía, dedo trazando tatuajes. Afuera, la ciudad dormía, pero ellos flotaban en nubes de placer residual.

Se bañaron juntos en el jacuzzi, burbujas masajeando músculos cansados, risas compartidas. —Volveremos, ¿verdad? —preguntó Lena, ojos brillantes.

—Pinche sí —respondió Reiter, sabiendo que esta tríada era solo el principio. El deseo no se apaga; se reinventa.

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