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Soy Numero Uno Pa Que Try Harder

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Soy Numero Uno Pa Que Try Harder

El rugido de la multitud aún me retumbaba en los oídos mientras salía del ring, empapado en sudor, con el cinturón de campeón colgando de mi hombro. Soy Alejandro "El Rey" Vargas, el número uno en el boxeo mexicano, invicto en treinta peleas. Mi cuerpo, esculpido por años de golpes y entrenamientos brutales, brillaba bajo las luces del arena en Polanco. Olía a adrenalina, a cuero de guantes y a victoria. Me sentía invencible, como siempre.

En el after party de un antro chido en la Zona Rosa, las morras se amontonaban a mi alrededor, coqueteando con miradas hambrientas. Pero mis ojos se clavaron en ella: Sofía, una chava de curvas que quitaban el hipo, con piel morena como el chocolate mexicano y labios carnosos pintados de rojo fuego. Llevaba un vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación, y caminaba con esa seguridad de quien sabe que volteas dos veces. Me acerqué, con mi sonrisa de conquistador.

—Órale, güey, eres el mero mero, ¿verdad? —me dijo, su voz ronca como tequila reposado, mientras me recorría con la mirada desde los pies hasta mi pecho tatuado.

Le guiñé el ojo y flexioné los brazos, dejando que viera los músculos hinchados.
—Soy numero uno, nena. ¿Pa' qué esforzarme más? —respondí, señalando el tatuaje en mi pectoral derecho: "I m number 1 so why try harder", grabado en letras bold después de mi última defensa del título. Era mi lema, mi armadura.

Sofía se rio, un sonido gutural que me erizó la piel. Se acercó tanto que sentí el calor de su cuerpo, el perfume dulce de jazmín mezclado con su aroma natural, ese que promete noches largas. Sus dedos rozaron mi tatuaje, trazando las letras con uñas largas y rojas.

—Ajá, campeón. Pero en la cama, ¿también eres así de confiado? ¿O nomás sales con eso pa' impresionar?

El desafío en sus ojos oscuros me prendió como una chispa en gasolina. No era la primera que intentaba ponerme a prueba, pero algo en ella me picó el orgullo. La invité a mi penthouse en Reforma, con vista al Ángel y al caos luminoso de la ciudad. En el elevador, ya nos devorábamos con besos fieros, sus tetas presionadas contra mi torso, mis manos amasando su culo redondo y firme. Sabía a menta y a deseo crudo.

Adentro, las luces tenues del lugar iluminaban el gym privado donde entreno, con sacos de boxeo y pesas relucientes. La tiré en la cama king size, con sábanas de seda negra que olían a mi colonia cara. Me quité la camisa, dejando al aire mi torso marcado por cicatrices de guerra y ese tatuaje provocador. Sofía se incorporó, quitándose el vestido con lentitud felina, revelando lencería de encaje rojo que apenas contenía sus pechos voluptuosos y su panocha depilada, lista para mí.

Me subí encima, besándola con hambre, mi verga ya dura como fierro presionando contra su muslo. Lamí su cuello, saboreando el salado de su sudor fresco, mientras ella gemía bajito, arqueando la espalda. Mis manos exploraban cada curva: los pezones duros como piedras bajo mis dedos, la suavidad de su vientre plano, el calor húmedo entre sus piernas.

¿Será que esta chava me va a hacer sudar de verdad? Nah, soy el rey, siempre gano fácil.

La penetré de un solo empujón, sintiendo cómo su concha me apretaba como un guante caliente y mojado. Empecé a bombear con ritmo seguro, mis caderas chocando contra las suyas en un slap slap rítmico que llenaba la habitación. Ella jadeaba, clavándome las uñas en la espalda, pero de pronto, entre gemidos, murmuró contra mi oído:

—"I m number 1 so why try harder", ¿eh? Pues muéstrame, cabrón. ¡Try harder!

Su aliento caliente me quemó la piel, y esas palabras en inglés, copiadas de mi tatuaje, me encendieron como un knockout. ¿Quién se creía esta morra pa' retarme así? Pero su coño palpitaba alrededor de mi verga, succionándome, y sus ojos me desafiaban con fuego puro. El orgullo me ardió en el pecho. No mames, aquí mando yo, pensé, pero aceleré, clavándome más profundo, girando las caderas para rozar ese punto que la hacía gritar.

La volteé boca abajo, levantándole el culo alto, admirando cómo sus nalgas se abrían invitadoras, brillando con nuestros jugos. Le di una nalgada juguetona, el sonido ecoando como un latigazo, y ella soltó un "¡Ay, pendejo, sí!" que me puso más cachondo. Me hincé detrás, oliendo su excitación almizclada, ese olor a sexo puro que embriaga. Lamí su raja desde el clítoris hasta el ano, saboreando su miel salada y dulce, mientras ella se retorcía, mojando las sábanas.

Volví a entrar, esta vez más salvaje, mis bolas golpeando su clítoris con cada embestida. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, nuestros cuerpos chocando en un frenesí húmedo. Sofía empujaba hacia atrás, cogiéndome con furia, sus gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Más duro, Rey! ¡Chíngame como campeón!" Sentí su concha contrayéndose, ordeñándome, y mis músculos ardían con el esfuerzo. El aire olía a piel sudada, a panocha abierta y verga palpitante.

¡Mierda, esta chava me está haciendo try harder de verdad! Y chingado, qué rico se siente.

La puse de lado, una pierna sobre mi hombro, penetrándola en ángulo perfecto para frotar su pared interna. Mis dedos jugaban con su clítoris hinchado, resbaloso de crema, mientras la besaba, tragándome sus alaridos. El corazón me latía como en el round final, el pulso retumbando en mis oídos, en mi verga hinchada al límite. Ella temblaba, sus tetas rebotando con cada thrust, pezones rozando mi pecho velludo.

La tensión crecía como una ola imparable. Sofía se arqueó, sus uñas rasguñándome el brazo, y explotó en un orgasmo que la sacudió entera: "¡Me vengo, cabrón! ¡Sííí!" Su concha se apretó como un puño, chorros calientes empapándonos, y eso me lanzó al borde. Me vine con un rugido gutural, bombeando semen espeso dentro de ella, oleada tras oleada, hasta que colapsamos, jadeantes, pegajosos y satisfechos.

Nos quedamos ahí, envueltos en el olor almizclado de nuestro clímax, el corazón de ella latiendo contra el mío. Sofía trazó mi tatuaje otra vez, riendo suave.

—Ves, campeón. A veces hay que try harder pa' ganar de verdad.

La abracé, besando su frente húmeda. Por primera vez, ser número uno no se sintió tan fácil. Me sentía vivo, renovado, con el cuerpo zumbando de placer residual. Afuera, la ciudad pulsaba con luces neón, pero adentro, en esa cama revuelta, habíamos boxeado el round más chingón de mi vida. Y ganas, lo había ganado... esforzándome como nunca.

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